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Bagatelas

“Bagatelas”: Archivo personal


La cena comenzó, como la tormenta, a las nueve y media. A la par que las nubes descargaban sobre la carpa una violenta catarata y los relámpagos componían largas estelas luminosas que centelleaban al compás de los truenos, la Charangueta Fara arrancó con la danza de las espadas mientras algunos comensales, de pie junto a las mesas, ondeaban las pañoletas verdes que ornamentaban los respaldos de las sillas y otros, más dispuestos, remedaban el dance entrechocando los cuchillos de la carne y los del pescado. Aún hubo tres bises antes de que los camareros del catering sirvieran los rollitos de lenguado rellenos de langostinos y jugo de cigalas que precedieron a los sorbetes de limón y a las chuletas de ternera lechal con patatas rotas.

Apenas terminadas las namelakas de chocolate y mandarina y servidos cafés y licores, la música de Ixo Rai! señaló el comienzo del baile.

Cuando, pasadas las cinco de la madrugada, los últimos juerguistas daban cuenta del buffet japonés a base de sushi, makis y nigiris y terminaban con los restos de la mesa de encurtidos, una lluvia fina, a modo de sirimiri, servía de sereno colofón de la fiesta.

“Paso a paso, la vida”: Archivo personal


El día que inhumaron a Marianito de [Casa] Chapullé, sonó, entre el dolor y la rabia, Jello Biafra desde los bafles situados a pie de calle en el Mia-te tú. Nadie, ni las más quisquillosas vecinas, tuvo arrestos para reconvenir a aquella panda de dolientes pirados, capitaneados por Anaïs, la hija del fallecido, que daban el postrer adiós al amigo ausente. Solo el mosén, contrariado porque la familia le hubiera hurtado un funeral al uso, comentó en el Salón Social que aquella manera estridente de homenajear al finado se asemejaba más a un aquelarre que a una sentida despedida, por muy laica que ésta se pretendiera.

Marianito murió dos días antes de cumplir cincuenta y ocho años; en su casa, como había pedido desde el hospital a su mujer y a su hija cuando supo que su estado era ya irreversible.

A principios de junio, con más fuerza de voluntad que energía, dio una charla sobre la Historia de la Objeción de Conciencia y la Insumisión desde finales de los años setenta hasta la supresión definitiva del Servicio Militar Obligatorio el 1 de enero de 2002. A Marianito de Chapullé, licenciado en Clásicas, que no sólo se negó a hacer la mili sino la Prestación Social Sustitutoria fue el primer y único insumiso del Barriosu postura personal le costó, como a tantos otros, ocho meses de cárcel, la inhabilitación para optar por un empleo público y la injusta etiqueta de inadaptado. Fue reponedor en un supermercado, profesor de Latín y Griego en una academia y, en los últimos años, agroganadero, actividad que, según confesaba, le había dado las mayores satisfacciones. Y, a su lado, siempre, Araceli, profesora de instituto, con la que se ennovió cuando ambos tenían dieciséis años y que compartió idénticas inquietudes y filosofía de vida.

En aquella charla de junio, con el rostro demacrado bajo la barba y la melena agrisada enmarcándole las facciones, habló Marianito de Chapullé de un objetor mítico, el entrañable Pepe Beunza, un joven de buena familia que en 1971 fue condenado por acogerse a la objeción por motivos políticos, pasando tres años y dos meses en diez prisiones diferentes, amén de otros quince meses en un batallón disciplinario de la legión en el Sahara. Beunza, católico, fue galardonado en 1970 con el Premio Internacional Juan XXIII de la Paz. En 1972, el compositor Cristóbal Halffter compuso en su honor una cantata titulada Gaudium et Spes (Beunza), que no pudo estrenarse en España hasta 1977 y en la que se incluían algunas de las frases que Pepe Beunza había leído durante los Consejos de Guerra que le instruyeron. La actitud antimilitarista de Beunza fue el germen del Movimiento por la Objeción de Conciencia y el referente de Marianito de Chapullé cuando, consecuente con sus ideas, se negó a cumplir con el Servicio Militar.


ANEXO

La Utopía Insumisa de Pepe Beunza, Perico Oliver Olmo, 2003

“A zequieta”: Archivo personal


Las útimas borrajas, lechugas y verduras tardanas de la temporada, a la derecha. En el centro, henchidos calabacines y níveas cebollas babosas. Detrás, hacia la izquierda, creciendo todavía, patatas, judías, tomates, pimientos, berenjenas, melones, sandías…

Asoman, al fondo, las primeras matas del tradicional plantío de albahaca junto a dos zonas rectangulares y despejadas que pronto acogerán la siguiente tanda de moradores vegetales. Y rodeándolo todo, en jugoso cercado, dos cerezos, tres manzanos, dos albergeros, una higuera y dos olivos más que centenarios recién trasplantados.

Acarician el Sol, el agua y las manos entusiastas la tierra bendecida con la vida.


A medio kilómetro de la pendiente del basón y con la primera sección paralela al azud del río, discurre la acequia de Fontolla  familiarmente llamada A zequieta—  que, “de toda la vida”, en palabras de la gente mayor, ha regado los huertos de la zona baja del Barrio. El primitivo canal de riego aparece ya con ese nombre, a zequieta Fontolla, en la documentación que, sobre una disputa por lindes allá por el siglo XVIII, se conserva en el Ayuntamiento. Modernizada y ensanchada la estructura, A zequieta mantiene la mayor parte de su antiguo curso y sus brazales, con todas las boqueras  salvo las dos que sirven de aliviadero  controladas por un ordenador  que también regula el aforo hídrico para mantener la cota-caudal requerida en cada tramo—  instalado en la denominada Caseta del Agua y alimentado por energía fotovoltaica.

“Aquam”: Archivo personal


Del castillo de Marcuello sólo resta, ruinoso, el lienzo norte de su donjón, precariamente erguido en el elevado espolón que domina una fantástica panorámica que disfrutan los señoriales buitres leonados y los incansables aviones roqueros, bajo cuyas alas extendidas discurre  festoneado de mallos, fils[*], carrascas, bojedales, erizones—  el Gállego, el río que nos lleva.

Y en ese castillo, con su impresionante torre medieval de cuatro pisos y once metros, hoy fenecida, moró y gobernó doña Berta, reina de Aragón y Pamplona al matrimoniar con Pedro I y, una vez viuda, soberana del Reino de los Mallos merced a la generosidad de su cuñado y sucesor de Pedro, Alfonso I el Batallador.

Habíanse casado Berta y Pedro en la recién consagrada catedral de Huesca —antigua mezquita de la musulmana Wasqa— el 16 de agosto de 1097. Como dote para su esposa, el rey Pedro le había concedido los lugares de Agüero, Murillo, Riglos, Marcuello, Ayerbe  todos junto al río Gállego, Sangarrén y Callén  a orillas del Flumen—   y la almunia de Berbegal. En 1105, a la muerte de su marido, con quien no tuvo hijos, y con el Batallador en el trono aragonés, instalose la reina viuda en las posesiones cedidas, deviniendo estas en Reino de los Mallos, en homenaje a las extraordinarias formaciones geológicas verticales que se levantan, espléndidas y retadoras, sobre el río Gállego. Y en ese reino (de los Mallos) dentro de otro reino (Aragón) vivió doña Berta hasta 1111, fecha que unas fuentes señalan como la de su muerte mientras otras creen que regresó a su país, Italia, o que se difuminó discretamente en la Corte aragonesa. En cualquier caso, ni crónicas ni leyendas volvieron a referirse a ella ni al singular reino que las gentes de la Galliguera rescataron de la historia con el río como imponente vertebrador del pasado y el presente.


Y aquí estamos, río. Como siempre. Desbrozando tus orillas; clamando contra la desidia de quienes te envenenaron con lindano; asegurando la longevidad de tus senderos; protegiendo tu hábitat; alzando el pendón de tu dignidad, que es la nuestra; mirándote y amándote y defendiéndote y defendiéndonos de quienes desde hace treinta y dos años pretenden estrellar en el hormigón de su salvajismo tu bravura y nuestro presente.

Ríos vivos. Pueblos vivos.



ACTUALIZACIÓN

El día 7 de julio de 2017, la Sección Primera de la Sala de lo Contencioso de la Audiencia Nacional —presidida por el magistrado Eduardo Menéndez Rexach— estimó dos recursos presentados por los Ayuntamientos y las asociaciones en contra del pantano de Biscarrués, anulando el proyecto al considerar que el Ministerio de Medio Ambiente español incumplía, como habían denunciado las personas afectadas, los requisitos exigidos por el Tribunal de Justicia de la Unión Europea.


[*] Se conoce como Os fils (las hojas) a unas formaciones rocosas cuya erosión, por capas, produce el efecto visual de láminas de hojaldre.

“Expo Más Que Libros”: Olga Berrios

 

La idea de desempolvar a Heinrich Böll durante la Semana del Libro en la biblioteca del Centro de Cultura Popular, se le ocurrió a la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio cuando regresaba, con María Petra e Iliane, de recoger a la última del festival Viña Rock. De noche, y con casi quinientos kilómetros por delante, se sucedían música, anécdotas, confesiones, cansancio, asfalto y jolgorio, cuando María Petra, que acababa de ceder el turno de conducción a la veterinaria, empezó a entonar, en su deslucido francés, una versión cuasi rockera de La mer, que llevó a la veterinaria a evocar a Agnès Hummel, cuyo padre, prisionero de los alemanes, tuvo oportunidad de escuchar al autor, Charles Trenet, en directo, en una de aquellas propagandísticas giras organizadas por los nazis en la Francia ocupada. Fue entonces cuando Iliane recordó la primera vez que estuvo en casa de Agnès Hummel, cerca de Uzès. Agnès, que tenía muchos invitados ese fin de semana, había habilitado para Iliane una cama en el estudio, rodeada de estanterías abarrotadas de libros; de madrugada, Iliane se despertó con la sensación de haber escuchado ruidos y, apenas incorporada del colchón hinchable sobre el que dormía, una de las combadas baldas de una estantería cayó con su voluminoso contenido de papel encima del improvisado lecho, aunque sólo uno de los libros golpeó a la muchacha: El honor perdido de Katharina Blum, de Heinrich Böll.

 

Y así, durante la Semana del Libro que se celebra en el Barrio del 28 de mayo al 4 de junio, la sección «¡Que rule!», dedicada en exclusiva a rescatar del olvido a un autor y su obra, ha tenido como excelso protagonista al puntilloso y genial autor y Nobel alemán, llamado el alma buena de Colonia.

The Great Clown

“Marceline”: DPHuesca. Exposición


Marceline fue el payaso más popular, aplaudido y admirado de la primera década y media del siglo veinte. Divertido y original, sus gags deleitaron a espectadores de París, Londres, México y Nueva York. Su éxito en Estados Unidos tuvo tal magnitud que, además de intervenir en algunas películas  protagonizó, en 1915, el cortometraje The Mishaps of Marceline—  y shows en los mejores teatros de Broadway y ser portada en los más importantes periódicos, inspiró una tira cómica  The Merry Marceline que publicaba el New York World. Contaba entre sus fans a Buster Keaton, que lo consideraba el mejor payaso del mundo, a la bailarina Anna Paulova, con la que había compartido escenario, y a Charles Chaplin, que había actuado de niño, en Londres, en uno de los espectáculos de Marceline. Pero un día los focos que seguían sus evoluciones se apagaron para él; su nombre desapareció de las marquesinas de los grandes teatros y el público olvidó a aquel exitoso payaso de orígenes inciertos ¿era inglés? ¿tal vez francés? que, unos años atrás, concitaba larguísimas colas en las taquillas de las ciudades donde actuaba. El 5 de noviembre de 1927, Marceline, el gran payaso, arruinado por unas malas inversiones  el fracaso de sus dos restaurantes en Greenwich Village y Connecticut habían hecho desaparecer los buenos caudales obtenidos en sus años de bonanza—, condenado a malvivir de pequeñas actuaciones en salas de tercera, solo  se había divorciado años antes de su esposa, Ada Holt—  y deprimido, se suicidó disparándose un tiro en la cabeza en la habitación del modesto hotel donde residía. Su entierro fue costeado por la Asociación de Artistas de Vodevil y, cuentan, que sobre su féretro llevó la más espectacular corona de flores jamás vista. La envió Charles Chaplin. Fue enterrado en el cementerio de artistas de Kensico, en una tumba que continúa, hoy en día, sin lápida.

 

Isidro Marcelino Orbés Casanova nació en la calle Castellar de Jaca (Huesca), en el seno de una humildísima familia, el 15 de mayo de 1873. Se dice que en una función de circo a la que asistió, cuando tenía siete años, en Zaragoza —ciudad de la que procedía su familia paterna; la materna, de la localidad oscense de Bailo— descubrió su afición circense y se preparó concienzudamente para ser acróbata. En Barcelona, donde recaló la familia en busca de una vida mejor, debutó con el Circo Alegría, pero un grave accidente mientras realizaba un difícil ejercicio le apartó de las acrobacias; Marcelino continuó en el circo, integrando la troupe de los payasos en un papel de escasa relevancia. Poco a poco, la habilidad de Marcelino Orbés para hacer reír le hizo subir peldaños y, recorriendo Europa, de circo en circo, su nombre artístico, Marceline, empezó a ser conocido. En 1900, ya famoso, recaló en Londres y, cinco años después, fue contratado en Estados Unidos, donde se convirtió en una de las grandes figuras del espectáculo. El mejor payaso del mundo.

“Impulso”: Archivo personal


Entre retamas amarillas, escobones y codesos, hollan los pies las agrestes rampas volcánicas donde se aglomeran, ante la mirada embelesada, basaltos, fonolitas, ignimbritas, relucientes bajo los rayos solares que las horas fortalecen sobre la piel expuesta de los excursionistas, aligerados de vestimenta, con la voluntad prensada entre los músculos mientras se acercan al primer roque[*], lo admiran, lo calibran y tantean su base las manos, familiarizándose con las rugosidades que parecen palpitar bajo los dedos que se aferran e impulsan brazos y piernas venciendo la gravedad.

Horas después, cuando el avión se desliza por la pista, sigue presente la pulsión en las sienes y cada geoforma de la caldera de Tejeda cincelada ad æternum en la memoria.


[*] En Canarias, monolito natural, a modo de resto erosivo aislado, que destaca sobre una cumbre.

Trivialidades

“Receso”: Archivo personal


Entre semana, se reúnen para comer  apenas una hora en una jornada laboral de horarios dispares. Se acomodan al lado de los ventanales que dan a la transitada rotonda, en la mesa blanca con sillas rojas y negras, bajo el reloj de pared que cela su tiempo y parece gruñirles con su apremiante segundero rojo engullendo los instantes y las palabras. Un descomunal televisor en el muro de pizarra desgrana videos musicales que las comensales no tienen tiempo de apreciar, concentradas en la pitanza  tostadas de jamón y queso brie con tomate horneado y especias—  para arañar unos momentos de conversación con el café, antes de que el reloj enloquezca y las obligue a regresar a sus quehaceres remunerados.

Se despiden en la puerta del establecimiento y marchan, con zancadas casi coordinadas, en distintas direcciones. Sin mirar atrás.

De la ruderalidad

“Radio tower”: Frances 1972


Lunes, diez de abril. Condolíase ante su entrevistado la aplicada periodista  voz nítida a través del antiguo transistor de pilas exhaustas—  por el horrísono atentado contra dos iglesias coptas de Egipto y explayábase sobre la cruenta persecución del cristianismo en Oriente. Que no cesa. Y, he aquí, que devanando la madeja del recrudecimiento de la persecución a las religiones seguidoras de Cristo, peroraba: «Pero parece que cuando el cristianismo es perseguido en nuestra tierra… O amenazado, o simplemente insultado, como hemos tenido muestras en nuestro país, en España, recientemente, pues parece que esto no nos parece tan mal, ¿no? Sin embargo, cuando esto sucede en otros países lejanos, pero que esa imagen queda muy bien en el informativo o en el comentario de turno, pues ahí sí que parece que nos conmovemos. ¿No es un poco contradictorio que estemos asistiendo, no hablo de una persecución religiosa a… pero sí de un señalar con el dedo a determinadas personas, por ejemplo en España, y que esto nos parezca algo normal y que no suceda lo mismo cuando la noticia viene de fuera? […]A un nivel más casero, la persecución de otra manera a la religión católica, a los cristianos, la estamos viviendo aquí. Por ejemplo, es lo que está sucediendo en Zaragoza, con la enseñanza religiosa. Solamente la enseñanza concertada religiosa es la que se va a ver afectada por ese recorte, digamos, del concierto. Solamente esos colegios son los que están siendo perseguidos en Zaragoza[…]».


Pues no, distinguida señora locutora; las barbaridades cometidas contra los cristianos coptos no son comparables, ni por aproximación hiperbólica, con los falseados sucesos patrios que usted denuncia en tono acongojado. En España  la supuestamente aconfesional España—  no existe persecución religiosa ni de una ni de otra manera. Ni en Zaragoza ni en la Venta de Ballerías. Ni en la continuada financiación  pública—  del negocio  privado—  de la enseñanza religiosa concertada   que goza de buenos dividendos—  ni en la titularidad  civil—  de algunos edificios que la Iglesia se ha apresurado a inmatricular  con dudosas certificaciones episcopales—  como propios pese a formar parte de los bienes inmuebles de los municipios donde se hallan o estar bajo tutela del Estado por pertenecer a su Tesoro Artístico.


No manipule. No tergiverse. No engañe.


Aunque, ¿qué se puede esperar de un medio que, a la par que se conmovía por la repentina muerte de Carme Chacón, aprovechaba, a renglón seguido, para hacer publicidad, con doliente desparpajo, de un masajeador cardíaco, insistiendo en la importancia de tenerlo siempre a mano…?

Los olvidados

“Soledad”: Iris Bajú


«Si hay un espécimen que desmienta todos los malos clichés del anarquista como especie, ése es, sin lugar a dudas, Felipe Alaiz, quien sin dejar de ser fiel al movimiento àcrata a todo lo largo de su medio siglo de vida —discretamente— pública, no se sabe que haya arrojado ninguna bomba, se haya tragado ningún cura, se haya subido a ninguna mesa de café a soliviantar desmelenadamente los ánimos del público ni que se haya jamás rasgado las vestiduras como un energúmeno ante un juez venal o ante un senado hipotecado por el procónsul. Porque a Felipe Alaiz le horrorizaban los ruidos —cuanti más los bombazos—[…] ».- Francisco Carrasquer Launed: La eutrapelia de un aragonés irreductible: Felipe Alaiz.

El 8 de abril de 1959 murió  como consecuencia de una esclerosis pulmonar masiva  en el Hospital Broussais de París,  el olvidado escritor anarquista Felipe Alaiz de Pablo. Falleció igual que había vivido en los últimos años: pobre y solo. Pocos recordaban ya a aquel discretísimo hombre bajito, rechoncho y tocado, casi siempre, con boina. Había nacido setenta y dos años antes en Belver de Cinca (Huesca), hijo de un militar amante de los libros y de ideas liberales  que murió cuando Felipe era un niño—  y de un ama de casa de buena cuna para quien el hijo fue el centro de su universo. Tuvo, además, tres hermanas: Pilar, monja; Clara, maestra, y Mariana, costurera.

Su escasa estatura y sus problemas cardíacos impidieron que fuera piloto o marino, como soñaba el padre; en cambio, pronto destacó por su prodigiosa memoria y sus amplios conocimientos en diferentes campos del saber, fruto, como él mismo reconocía, de su pasión lectora. Pese a su buena aptitud intelectual, no cursó ninguna carrera y empezó a ganarse el sustento escribiendo artículos periodísticos en diversos medios. Influenciado por sus amigos, comenzó a interesarse por la filosofía anarquista que, finalmente, interiorizaría y asumiría manteniéndose fiel a ese ideario hasta el fin de sus días.

En Tarragona convivió con una familia gitana con cuya hija, Carmen, se ennovió formalmente; la cárcel, donde fue internado Alaiz por sus escritos antigubernamentales, y las contínuas idas y venidas del escritor de una ciudad a otra, terminarían separando a la pareja.

Hombre educado, frugal y nada fiestero, le horrorizaban los mítines  charlatanismo mitinero, decía—  y, aunque en alguna ocasión se prestó a dar conferencias, prefería la soledad de su habitáculo y la compañía de sus cuartillas, su pluma y sus libros; esta actitud y su negativa, ya en el exilio, a buscar un trabajo fuera de esas cuatro paredes, dada su maltrecha economía, que le obligaba a pedir dinero prestado para poder comer, le dieron, entre sus compañeros libertarios, fama de vago y sablista, aduciendo él en su descargo que su única habilidad eran las letras, aunque no fueran suficientes para su supervivencia.

Amigo de juventud de Joaquín Maurín, Ramón J. Sender  a quien llegó a reprochar sus flirteos con el comunismo—  y, sobre todo, de Ramón Acín  al que adoraba, escribió, tras el asesinato de este último, una conmovedora obra, a modo de semblanza, titulada Vida y muerte de Ramón Acín, donde, en una omnipresente Huesca, Felipe Alaiz describe, con ternura, las vivencias compartidas mientras va trazando la trayectoria vital de Acín hasta su fusilamiento en la misma ciudad que viera nacer y desarrollarse su amistad.