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Criaturas crepusculares

“Sindo”: Archivo personal


Al atardecer, cuando los farolillos solares de los maceteros del jardín devuelven discretamente la claridad absorbida, abandona Sindo, el zapo[1], el fortín de la leñera. Se desplaza con falsa indolencia, con pasos cortos; de vez en cuando se detiene y gorgotea balanceando sus flancos, con los ojuelos anaranjados convertidos en dos líneas oblicuas y la boca ligeramente abierta. Luego, salta con estrafalaria torpeza hacia los rododendros donde el fluir acuoso de la manguera atrae a las babosas que se apelotonan, ajenas a su depredador, en la superficial capa de limo.

Apostado —estático y silencioso— en la encina tricentenaria de la parcela vecina, observa Nicolás, el búho. Llega, como cada noche, al territorio de caza que comparte con Sindo, desde la falsa[2] de Casa Berches, donde lleva viviendo más de un cuarto de siglo.


Cuando retorna Sindo a la leñera, henchido y satisfecho, aún se adivina la silueta de Nicolás oteando la noche  y a sus incautos pequeños transeúntes insomnes—  desde la encina.


[1] En aragonés, sapo.
[2] Id, buhardilla.

Adagio sostenuto

“Brunch”: Archivo personal

 

Domingo…

En el Mia-te tú suena, durante el almuerzo a puerta cerrada, Adolfo Celdrán. “¿Y eso?”, se interesa Iliane, extrañada. “Gentileza de Mam’zelle[*]”, dice Arturo. “Nos trajo unos discos de vinilo por si nos parecía bien ponerlos. No le íbamos a decir que no”, añade Alberto que, al igual que la mayoría de integrantes del pequeño grupo que monopoliza el bar, fue alumno de la señorita Valvanera.

Miguel Hernández, Antonio Machado y León Felipe, exquisitamente vivos en la voz de Celdrán, acompañan la coca de brandada de bacalao con pulpo y peplum y el coulis frío de cangrejo de río; mientras, en la barra, Arturo y Alberto preparan mojitos de mora ayudados por Étienne.

Al otro lado de la persiana metálica que protege la entrada del Mia-te tú, un cartel escrito a mano y colocado junto al hombro derecho de una repintada Betty Boop, reza: “Abrimos a las cinco”.


[*] Apelativo que dan a la vieja maestra sus antiguos pupilos.

El eco de las balas

“La ambulancia 24”: RepúblicaHuesca.org


“[…]Cuando llegamos al cementerio de Huesca, descubrimos que uno de sus muros estaba literalmente acribillado a balazos. Al pie de la pared, la tierra, amasada con sangre, tenía un color parduzco. La cal aparecía salpicada, aquí y allá, de cabellos y de sesos humanos. En aquella tapia, los sublevados habían estado fusilando a los izquierdistas de la capital. Dentro del cementerio, unas inacabables fosas comunes daban testimonio de lo implacable de la represión fascista.“.- Fragmento de Las tribus, de José María Aroca Sardagna, militante anarquista. Texto recuperado por el periodista y escritor Víctor Pardo Lancina.


A Antonio, el padre de Emilieta, lo detuvieron el 4 de agosto de 1936. Fue asesinado el 23 de ese mismo mes, desgraciado integrante de la macabra saca de finales de agosto, que cercenó, en un sólo día, el futuro vital de cerca de un centenar de oscenses. Su hija, con apenas dos años entonces, vivió marcada por esa circunstancia. Muy joven, marchó a Francia, donde se casó. Falleció en Montrouge. Nunca olvidó. Sus hijas recogieron el testigo de su memoria.

De Constantino, abuelo de Sebas, sólo se averiguó que la ambulancia nº 24 recogió su cadáver el 1 de febrero de 1937. Contaba 39 años, estaba casado y tenía tres hijos pequeños; militaba en la CNT y era trabajador del Ayuntamiento de Huesca. Jamás se ha sabido en qué fosa común fue inhumado.

A Raimundo, jornalero de poco más de veinte años, tío bisabuelo de Iliane, lo condenaron a muerte en Consejo de Guerra el 22 de septiembre de 1941, siendo fusilado el 2 de diciembre. Sus hermanas mantuvieron vivo el recuerdo del hermano asesinado y sus sobrinas, sobrinas nietas y sobrinas bisnietas lograron recomponer el dramático itinerario de Raimundo desde su detención, el 8 de mayo de 1939, hasta su fusilamiento en la tapia oeste del Cementerio Nuevo de Huesca. Una lápida, en la fosa común donde se hallan sus restos, lo recuerda.


Las familias de Antonio, Constantino y Raimundo, tres de las innumerables víctimas de la barbarie en la retaguardia, junto con los descendientes de los más de quinientos asesinados en la ciudad, volvieron a reunirse el 23 de agosto de 2016 en el cementerio de Huesca para homenajear a sus deudos ante el Memorial de las Víctimas promovido por el Colectivo Ciudadano y la CNT, financiado mediante suscripción popular e ideado por el artista Óscar Lamora.

Cavatina

“Mirador de Zamariain”: Archivo personal


Quieta la muchacha, erguida en la roca suspendida sobre el mar de robles que ondulaba levemente la brisa montuosa, dejóle la lluvia breve una partitura de húmedos arrullos que sólo las hamadríades pudieron advertir.

Días de albahaca

“Fascinación”: Archivo personal

 

Aguardan desde la noche, inmaculadas e impecablemente planchadas, las prendas albas  camisetas, pantalones, leggins—  formadas, cual escuadrón impoluto, en los respaldos de sillas y sillones; en el suelo laminado, dibujando una perfecta línea horizontal, deportivas y alpargatas con sus cintas verdes extendidas; en la mesita acristalada, las pañoletas triangulares reciben en su tejido esmeralda los primeros rayos del día.

La casa clarea; la gente despierta. La mampara de la ducha resiste los embates del agua y se apelotonan, en ordenado caos, los cuerpos que van y vienen de las habitaciones al baño y del baño al salón hasta despejar respaldos, suelo y mesita de las vestimentas de la fiesta.

Se vacía la casa. Queda, en el aire, el aroma a champú, a leche corporal, a colonia de moras… Y a albahaca.

[…]

El ambiente callejero viste de blanco y verde. En las atestadas terrazas comparten espacio gastronómico tazones de leche, cafés, carajillos, chupitos de pacharán, botas de vino, porrones de cerveza, jarras de sangría y calimocho, latas de refresco, cruasanes tostados untados con mantequilla y mermelada, huevos fritos, raciones de caracoles, longaniza, panceta y jamón y un variado etcétera de alimentos engullidos entre risas, charangas y voces, en placentero alboroto colectivo que, a las once y media de la mañana, asciende las espectaculares costanillas que desembocan en la plaza del Ayuntamiento.

[…]

Clama la plaza. Trompetas, trompetillas y bombos compiten con el griterío humano que ahuyenta a los gorriones que habitan en los árboles. Revolotea, agitada, Lorenza, la cigüeña añosa que tiene su nido en la catedral. Entonces, a las doce en punto, estalla el chupinazo y se eleva entre nubes de pólvora acompañado de un rugido humano que se expande y zarandea los sentidos.

Empieza la fiesta.

(Grupo La Ronda de Boltaña)

Trashumancia

“Entre pastos”: Gorka Zarranz Fanlo

 

Pasado el roquedo, en la casi intransitable cabañera[*] en desuso, todavía resisten, en imposible equilibrio, las piedras que conformaron la base del chozo, ruinosa estructura que, tiempo atrás, ofrecía, diseminadas en las proximidades, una atrayente y variada colección de piedras de rayo que diversas tandas de excursionistas recogieron con afán hasta dejar el terreno calizo libre de tan sobrevalorados vestigios.

Dos kilómetros al este del chozo aún se aprecia, bajo los pies, el firme compacto de la vía pecuaria que continúa y asciende, en cómoda pendiente de gramilla, hasta el primer bancal del monte, donde un hilillo constante de agua del manantial que nace en la cima alimenta el tosco abrevadero.

Y en los pastos del bancal, reinando, la vacada.


[*] En Arag., cañada.

Timeline

“Infancias”: Archivo personal


Mengua la poza cada estío. O así les parece a quienes, criaturas de antaño, contemplan a la chiquillería de ahora regocijarse con entusiasmo similar al de entonces. Y repiten, sin cavilar siquiera, idénticas admoniciones a las recibidas por ellos mismos veinte o treinta años atrás. “Baja de ahí”. “No te tires de cabeza”. “Otra aguadilla más y te llevo a casa”. “Suelta esa piedra”. “Que te he dicho que bajes”. “No vayas descalzo por el pedregal”. Y observan la poza  descomunal, en aquella niñez que aún tientan en un cubículo ingenuo del cerebro, la calibran, la delimitan y la reconstruyen en sus recuerdos. ¿No quedaba más abajo la pedriza? ¿No está más redondeado el atajadizo de arenisca? ¿No se erguía la viejísima y enorme carrrasca a escasas cuatro zancadas del vaivén del agua? Y cabecean. Y sonríen. Y se sumergen en las todavía claras y siempre frías aguas hasta rozar con los pies desnudos la cuarteada laja mágica del fondo, portalón a un mundo fantástico cuya cerradura todavía no han logrado encontrar.

“Recolección”: Gorka Zarranz Fanlo

 

Dos días antes de la clausura del curso, el profesor Tarlós invitó al reducido grupo de españoles y franceses a desayunar vargabeles[*] en su apartamento a las afueras de Cluj, a unos cinco kilómetros de la extensión de colmenas Langstroth que les había mostrado la tarde anterior y entre cuyos casetones poblados con miles de abejas se paseaba, orgulloso, atrayendo sobre su cuerpo desprotegido un sinfín de antófilos que parecían saludar la familiar presencia del apicultor dejando besos de polen en antebrazos, manos, cuello y rostro, allí donde terminaba la tela de la camisa.

A Stefan Tarlós lo habían conocido semanas atrás, en el departamento de Estudios Agrícolas y Medicina Veterinaria de la Universidad de Cluj-Napoca, durante la recepción a los cursillistas extranjeros. Resultó ser un hombre educado y cultivado que lo mismo se dirigía en alemán que en inglés, francés o español con deje cubano a las veintidós personas, agrupadas por nacionalidades, recién llegadas a la ciudad universitaria. Buen conocedor de la historia de la ciudad, no dudó en oficiar de guía a quienes aceptaron el ofrecimiento, programando, además, diferentes rutas por los cercanos montes Apuseni.

El piso del profesor buscaba ser minimalista salvo por el exceso de fotografías que ocupaban, casi por completo, las paredes del salón comedor abierto a una reducida cocina americana. En casi todas aparecía el profesor Tarlós vestido de uniforme junto con otros hombres de la misma guisa; en una, un Fidel Castro, quizás cincuentón, extendía la mano hacia un treintañero Stefan Tarlós alineado junto a seis militares más; en otra, un encorbatado Ceaușescu se inclinaba, sonriente, con un papel enrollado hacia un Stefan Tarlós con ropas de civil.

¿Esto es en Angola…?”, preguntó la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio señalando una fotografía donde un barbado profesor Tarlós, joven aún, era abrazado por un hombre negro con una amplia sahariana. “No, no. En Etiopía. Ese es el presidente Mengistu. Estuve destinado allí como técnico de las tropas cubanas.” “Por eso habla usted español con acento cubano… ¿Y qué hacía Cuba en Etiopía…?” “Otra época…”, murmuró él. Y enseguida: “Tienen que prometerme que alguno de ustedes asistirá al Congreso Eurbee. ¿No se anima usted, Solange?


[*] Torta de origen húngaro con relleno de pasta, huevos, azúcar, requesón, pasas y crema agria.

Reflujo

“Flysch en Zumaia”: Archivo personal

 

Replegáronse las olas. Despedíanse desencrespando sus rizos entre las excrecencias rugosas de las margocalizas que emergían, con sus caprichosas láminas de hojaldre pétreo, conformando una inmensa lengua estriada que nacía más allá del acantilado, pendiente arriba, rozando la textura verdosa del prado inclinado hacia el Cantábrico.

¡Me encantaaaaaaaaaaa!”, gritó la pequeña aventurera, en precario equilibrio sobre la plataforma erosionada de la playa de Itzurun mientras la lancha de Ander se alejaba hacia Deba vigilada por la rasa mareal.

“Refugio”: Archivo personal

 

En el cementerio de Montparnasse está enterrado Étienne Roda-Gil  —no lejos de Baudelaire—  en una discreta tumba donde solo se lee el nombre de su esposa, Nadine Delahaye, fallecida de leucemia en 1990, catorce años antes que él.

Étienne (Esteve) Roda-Gil  —anarquista, militante en la Agrupación de la CNT de Ménilmontant, escritor, actor, dialoguista cinematográfico y, sobre todo, afamado autor de más de setecientas letras de canciones—  nació el 1 de agosto de 1941 en el campo de concentración para refugiados españoles en Septfonds (Montauban, Francia), donde había sido detenida su familia. En ese horrendo emplazamiento llegaron a hacinarse, en 30 insalubres barracones, 16.000 personas hambrientas  —muchas de ellas enfermas de tifus y tuberculosis—  cuyo único crimen consistía en haber huido de una muerte anunciada en un país, España, donde al final de la guerra le siguió el comienzo de la venganza.

La infancia del pequeño apátrida Étienne transcurrió entre Réalville  —donde sus padres formaron parte de la Agrupación de Trabajadores Extranjeros del campo de internamiento en el que fueron reubicados—  y el suburbio parisino de Antony; allí sufrió la intolerancia y la xenofobia que marcarían sus ideas futuras.
Buen estudiante y lector avezado  —Mallarmé y Lorca le apasionaban—, pronto destacó en Literatura, licenciándose en Letras.

Rebelde, ácrata, antiautoritario, antimilitarista e insumiso, cuando las autoridades francesas le ofrecieron, en 1959, la nacionalidad a cambio de vestir el uniforme francés en la Guerra de Argelia, Étienne Roda-Gil no sólo rehusó, sino que huyó a Londres. Regresó a Francia casi dos años después convertido en representante de productos farmacéuticos y se instaló con su madre, Leonor Gil García, en el barrio de su infancia, Antony. Allí continuó tras su matrimonio, en 1965, con la pintora Nadine Delahaye  —hija bohemia de una familia pudiente—  y en ese mismo lugar y en los bistrós del Quartier Latin, entre whiskies y cigarrillos, escribió muchos de los poemas que, unos años después, trocará en letras de canciones  —entre ellas, la de la Makhnovtchina, himno anarquista dedicado al Ejército Negro de Ucrania, que Roda-Gil escribió en 1961 y que, pese a haber sido registrado en la Sociedad de Autores en 1972, muchos siguen creyendo que se trata de una composición original de 1919—.

A partir de 1967 Étienne Roda-Gil se convierte en un reconocido letrista; sus textos, en ocasiones, herméticos y, casi siempre, simbolistas y surrealistas, se transforman en éxitos en las voces de Julien Clerc, France Gall, Vanessa Paradis, Pink Floyd, Juliette Gréco, Serge Utgé-Royo

En 1981 publicó su primer libro, la novela “La Porte Marine“, a la que seguirán “Mala Pata“, “Moi, Attila“, “Terminé“, “Ibertao” y la recopilación de textos “Paroles libertaires. À bas tous les pouvoirs“. Pero ni el éxito ni el dinero lo alejaron del ideario anarquista.

Étienne Roda-Gil falleció en París, el 31 de mayo de 2004. Tenía 62 años. Meses antes de su muerte escribió un poema, Réfugié, para que fuera musicado por su recién recuperado amigo el cantante Julien Clerc, que había sido nombrado Embajador de Buena Voluntad del ACNUR.

De él dijo la cantante Juliette Gréco: «Fue un torrente de generosidad, de ternura… Un hombre refinado y culto que siempre estuvo atento a las necesidades de los demás».