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Archive for 27 febrero 2010

"Guara"

“Guara”: Archivo personal


El último rastro de Treseta de [Casa] Cosme se pierde en el cuidado lecho que en el presente acoge el reducido terreno del Parque Infantil, lugar que, pese a su actual función, sigue denominándose, con puntillosa referencia histórica, la Femera Cosme, apelativo que causa estupor en no pocos foranos cuando descubren la alusión escatológica del término.

Teresa Labata, llamada Treseta de Cosme, fue sanadora, y no debían de ser vanos su buen hacer y dedicación cuando su fama de entendedera hizo que se la reclamara desde diferentes puntos geográficos de la Sierra de Guara para ocuparse de los males físicos de personas y ganado, actividad que, por sí misma, no le reportaba más beneficio que la promesa, por parte de los agradecidos familiares del paciente o de los dueños de los animales, de comprar, cuando hubiera menester, algunas libras del aguardiente que Cosme, el padre de la curandera, fabricaba en un alambique situado a la orilla del río.

Cuentan que fue, precisamente, el rudimentario alambique y el, para algunos, preciado licor que en él se destilaba, los que provocaron la caída en desgracia de la joven ensalmadora.

Los Artero, familia pudiente que consideraba propias las tierras donde se ubicaba la humilde licorería, pretendieron que Cosme Labata pagara un tributo considerable por su actividad o que, en su defecto, traspasara a la familia Artero los secretos del líquido que negociaba. No pudiendo Cosme llevar a efecto la primera propuesta y no aceptando la segunda, los Artero reunieron una partida de aparceros que, de noche, destruyeron el alambique, arrasaron el huerto familiar y prendieron fuego al corral donde Cosme y su hija guardaban algunas gallinas y un par de cabras. Pareciéndoles poca la venganza a los caciques, Treseta de Cosme fue denunciada bajo la acusación de haber vertido alguna ponzoña en los abrevaderos del ganado de la familia Artero. Convocada en el Ayuntamiento para que diera cuenta de aquello de lo que se le acusaba, la entendedera negó los hechos y la autoridad, temerosa del poder de los Artero, le prohibió ejercer su oficio bajo pena de fuertes sanciones.


Dicen que Treseta de Cosme dejó de recorrer los caminos de Guara con su morral colmado de hierbas. Dicen que enterró el morral de piel de cabra en la femera y, con él, el don que tanta salud había repartido entre los seres de la sierra. Dicen que, poco tiempo después, una gripe  -o el cólera o…-  se cebó con el pueblo e hirió de muerte muchas casas, entre ellas, la de Cosme Labata; él y su hija Treseta fallecieron. Y cuentan que en Casa Artero la enfermedad fue especialmente cruel: la abuela, el padre y cuatro, de los cinco hijos,  sucumbieron.

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"Straight To Heaven" Lynda Lehmann

“Straight to Heaven”: Lynda Lehmann


Jáctanse los apologistas de la Teocracia de los más de doscientos cincuenta y dos millones de euros recibidos por la Iglesia Católica Apostólica y Romana en concepto del 0’7% que se le atribuye en el IRPF al marcar, los contribuyentes que así lo han decidido, la casilla correspondiente. Y lánzanse a proclamar “el fortísimo arraigo de la Iglesia en la sociedad española” que ha llevado “a la mayor parte de la ciudadanía“, con obligación de realizar la Declaración del Impuesto sobre la Renta, “a reforzar su apoyo a la Iglesia, víctima de maniobras partidistas que merecen un rechazo contundente”.

Quédanse con el considerable óbolo de la limosnera que el Estado  -constitucionalmente aconfesional-  graciosamente les sirve a domicilio, pero desdeñan la segunda lectura, que convierte a la pomposa mayoría católica de tan repetidas aleluyas en menos abundante de lo que la Conferencia Episcopal pregona. Porque la casilla del oprobio ha sido señalada, en el ejercicio referido al año 2008, por el 34’3% de los tributarios; o, lo que es lo mismo, el 65’7% la ha obviado.

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Cantata higrométrica

"Panorama desde el puente" (Venecia)

“Panorama desde el puente”: Archivo personal


A las siete de la mañana los visitantes ya se hallan degustando los alimentos del buffet. Finas lonchas de York gelatinoso acompañadas de queso tierno, huevos duros y panecillos blancos, tostadas con el sello del grill grabado en las dos caras, mantequilla, mermelada de frambuesa, zumos de melocotón y naranja y cuatro tazas generosas de café, dos de ellas con una nube diminuta de leche.

Bonjour.

Ella, a la que ya han bautizado como Audrey Hepburn, se detiene, con una sonrisa a medio dibujar, y ladea la cabeza bajo la pamela contemplando cada ángulo del comedor, dirigiéndose después, erguida, hacia una de las mesas bajo los ventanales.

A las ocho, los trece clientes del hotel Palladio de Mestre, que forman parte del grupo de turistas de Gabriella, la guía, ya han dado cuenta del primer refrigerio del día y charlan, en dos pequeños grupos, ante la puerta de entrada al hotel mientras esperan la llegada del microbús que los acercará a la dársena para tomar el ferry a Venecia. Audrey pasea y fuma sin integrarse en ninguno de los grupos pero sonriendo cada vez que alguno de sus compañeros  -los cuatro visitantes, sobre todo-  cruza sus ojos con los suyos.

Gabriella imparte instrucciones en francés e inglés a través de los whispers que cada turista lleva, a modo de audífono, sobre la oreja. “En Piazza San Marco se nos unirá un grupo de españoles. Como sé  que  entre ustedes hay quienes hablan español [sonrisa cómplice hacia los cuatro visitantes], les agradecería que colaboraran para que el nuevo grupo pueda seguirnos sin problemas”.

En la piazza la lluvia golpea las losetas de Istria y la fauna humana se apelotona bajo los soportales del Palazzo Ducale. Audrey fuma, displicente, ajena a la lluvia que llena de brillos su pamela negra y humedece el raso malva de sus peep-toe-shoes.

Gabriella se mezcla con el gentío guarecido de la lluvia. “Spagna? Spagnolo?“, pregunta a unos y otros. Finalmente, bajo los arcos de las Procuradurías Viejas, en el Caffè Quadri, localiza al grupo de españoles, que resultan ser cinco parejas de jubilados en trance de estupefacción al conocer el monto de la cuenta por siete expressos y tres aguas minerales que han tomado sentados en la terraza del afamado y antiquísimo café.

Detienen las nubes su maná acuoso y los turistas de Gabriella se agrupan bajo il Campanile para conocer el programa del día. Los ocho ingleses y los diez españoles visitarán, con la guía, la basílica y el palazzo; los cinco franceses  -los cuatro visitantes y Audrey-, que realizaron la visita el día anterior, tendrán la mañana libre hasta la hora del almuerzo.

Vamos a llegarnos a Rialto. ¿Viene usted?

Audrey asiente y acomoda el paso de sus preciosos zapatitos al ritmo de las deportivas de sus acompañantes.

Se alejan los nubarrones remontando el Adriático y enciende Audrey su enésimo cigarrillo mientras una gota de agua se desprende de su pamela y resbala, enseñoreada, por uno de sus brazos.

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"Titirinuestros" (Abizanda)

“Titirinuestros”: Archivo personal


Paco, el Titiritero, cierra la puerta de La Casa de los Títeres tras el eco bullicioso de los últimos visitantes de cinco palmos y tres cuartos que corren  -cuesta arriba, cuesta abajo-  hacia la curva de acceso al pueblo donde se orillan los autobuses que devuelven a Abizanda al bullicio de otros tiempos.

Asoman, en cualquier esquina donde se regodea el viento, la raposa, Dragoncio, Farruco, Lobo, Esmeralda, el bandido Cucaracha y el gato tejadero de las siete costillas quebradas en pasacalles sólo audible para los viejos títeres que, tras la puerta cerrada del museo, retienen en sus cuerpos de trapo, papel maché y madera el impulso de vida recibido de las infantiles manos que, apenas unos horas antes, jugaron a ser dicharacheras comediantes tras un teatrillo repintado.

Paco camina, acariciado a partes iguales por el sol y el viento, sabiéndose observado por los invisibles guardianes medievales que, desde el donjón, protegen de los malos espíritus a piedras recicladas y moradores.

Camina Paco con el zurrón de historias trashumantes henchido de recortes de sueños. Camina con los ojos cerrados y el espíritu abierto.

Cántanos/cuéntanos un cuento, Paco, Titiritero-, le gritan las carcomas golosas instaladas en el artesonado de los abandonados balcones venidos a menos. Y en meritorio pero desafinado coro de crujidos entonan… “Paco Paricio, titiritero eres más grande que un rascacielos, siempre jugando con los muñecos, siempre feliz, siempre dispuesto a alborotar pueblos enteros…Paco Paricio, titiritero, a los mayores vuelves pequeños, les quitas años, les quitas peso, y a los más chicos, con tus enredos, les vuelves pájaros vivaracheros… Paco Paricio, titiritero, eres el rayo, eres el trueno.”[1]


[1] De la canción “Paco Paricio“, del disco Titirimundi, del grupo Nuevo Mester de Juglaría.

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"In The Beds Room (Oświęcim-Auschwitz, 2005)": Mirko Barone

“In The Beds Room (Oświęcim-Auschwitz, 2005)”: Mirko Barone


La tía Jespolá dio a luz a su primera hija el mismo año del suicidio de Ritter el Monstruo, cuando la Europa recién enfrentada componía su mapa de cicatrices ideológicas  -acá los aliados occidentales, allá los comunistas- y la década de los cincuenta se convertía en disparadero de lo que el consejero presidencial estadounidense Bernard Baruch bautizó como Guerra Fría.

Robert Ritter, doctor en Medicina y Psicología Educacional, jefe de la Unidad de Investigación de Higiene Racial y Biología Demográfica del Departamento de Salud del III Reich y responsable del Instituto de Biología Criminal, se suicidó en 1950 acosado por reiteradas denuncias en las que se le acusaba de entusiasta “colaborador necesario en el exterminio de niños gitanos” y que habían llevado a las autoridades alemanas  -y no precisamente por voluntad propia-  a abrir una investigación.

Ritter el Monstruo, que había ejercido como distinguido psicólogo infantil al finalizar la guerra y mantenía su colaboración con la policía como experto en temas gitanos  -hasta la década de los sesenta, sus archivos fueron aplaudido manual de uso común para la criminalización de la etnia gitana- ofició de fuente científica para la Solución Final, estableciendo que los gitanos  europeos  -arios, según él, al salir de la India-  se habían convertido en una raza híbrida y contaminada al mezclarse con etnias inferiores. En el informe entregado a Himmler, Robert Ritter proponía la esterilización de los gitanos impuros o, para evitar la natural tendencia a delinquir de los romaníes, su eliminación.

Tras el suicidio de Ritter, sus colaboradores en la Alemania dividida  -que también lo habían sido cuando realizaba los estudios raciales que tantas vidas costaron-  apenas fueron molestados.

Eva Justín, ayudante del doctor Ritter, fallecida en 1966, fue absuelta, en 1960, de cualquier cargo al considerar la Fiscalía de Frankfurt que era indemostrable que conociera que los estudios antropomórficos que llevó a cabo habrían de suponer el asesinato de los sujetos estudiados.

El doctor Adolf Würth, antropólogo y colaborador de Ritter el Monstruo en la elaboración de parámetros racistas, trabajó como funcionario de la Oficina de Estadísticas de Baden-Württemberg hasta los años 70. Jamás tuvo que dar cuenta de sus acciones del pasado.

Otra de las colaboradoras de Ritter, la afamada zoóloga y antropóloga Sophie Ehrhardt -fallecida en 1990-, fue denunciada en 1981 y 1983 por complicidad en los asesinatos de personas gitanas durante la época nazi; la Oficina de la Fiscalía de Sttugart rechazó ambas demandas al considerar que los estudios raciales de Frau Ehrhardt no tenían por qué  haber influido en el penoso destino de los gitanos durante el III Reich.


Siempre que haya víctimas sobrevivientes, o sus familiares, se deberían continuar las acciones penales. De esta forma, el Estado alemán les muestra que no le es indiferente lo que sucedió entonces, y que busca aclarar los hechos y castigar a los culpables”.- Kurt Schrimm, fiscal alemán investigador de los delitos nazis.

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