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Archive for 18 abril 2010

"Careerist": Tomasz Rybak

“Careerist”: Tomasz Rybak


Asunción supo de la suerte corrida por su hermano, Raimundo Novales Sanclemente, a mediados de diciembre de 1941, cuando manos anónimas le hicieron llegar, a través del coche de línea, los escasos efectos personales del finado, detenido en mayo de 1939 en el pueblo altoaragonés de Novales y fusilado en Huesca el día 2 de diciembre de 1941. Nunca, en los años transcurridos desde el fusilamiento de Raimundo hasta la muerte de ella, el 25 de julio de 1972, dejó Asunción de reivindicar la inocencia del joven veinteañero, acusado de complicidad en el asesinato, durante la guerra (in)civil, de un vecino de ideología conservadora.

El tío Raimundo estaba en la plaza del pueblo, con un amigo”, relataría una de las hijas de Asunción años después de la muerte de la madre, “cuando llegaron dos milicianos preguntando por la huerta Palomera. Mi tío y su amigo les indicaron el camino. Nada más. Después se enteraron de que los dos desconocidos habían matado al dueño de la huerta… Pero al terminar la guerra alguien del pueblo señaló al tío Raimundo y a su amigo como participantes en esa muerte. Cuando detuvieron a mi tío, mi madre pensó que lo tendrían un tiempo encerrado y que luego lo soltarían porque no había matado a nadie… Un conocido del pueblo, que estuvo con mi tío en la cárcel, le contó a mi madre que cuando dijeron en voz alta el nombre de Raimundo, para llevarle a fusilar, mi tío se desplomó y lo subieron entre dos al camión; estaba consumido, medio muerto ya por las palizas y  unas viruelas de las que no se había recuperado… Mi madre vivió siempre con esa pena… Y soñaba con saber dónde estaba enterrado su hermano para llevarle claveles…[1]


[…]la actuación jurisdiccional de Baltasar Garzón y su posterior encausamiento ha puesto de manifiesto la ausencia de reconocimiento jurídico y de justicia social para con las innumerables víctimas de la dictadura franquista. En nuestro país aún yacen bajo las cunetas más de ciento treinta mil desaparecidos. Otros tantos fueron condenados a cárcel después de padecer un juicio sin las más mínimas garantías procesales. Muchos fueron arrancados de sus padres sin ningún tipo de humanidad. Todos ellos merecen una reparación que les ha sido negada sistemáticamente y que la actividad de Garzón parecía querer otorgar. De ahí que el juicio al magistrado no sea un proceso penal más: es y será la clave histórica que permitirá concluir si España fue capaz de enfrentarse con su pasado y dignificar tanto sufrimiento silente o si volvió a apostar, esta vez parece que de forma definitiva, por un olvido cómplice que a modo de cruel cerrojo impide abrir la puerta de su particular Sala de los Horrores. – El Rincón de Joseca:Lo que el proceso esconde.


[1] Transcripción literal de parte de una conversación grabada en diciembre de 2000.

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Susie Holderfield: Dearly Departed

“Dearly Departed”:  Susie Holderfield


…mientras el tren que enlaza Bucarest con Sibiu se adentraba en el Valle de Prahova, Isabel, con los ojos semicerrados y los efectos del cansancio dibujados en el rostro, narró a sus compañeros de viaje el abominable suceso acaecido en 1949 en una era del pueblo de la Hoya de Huesca donde su abuelo, maestro represaliado, había encontrado trabajo como administrador en la finca de un pariente lejano.

Por la mañana llegaron, por el camino del cementerio, los gitanos. Dos o tres carromatos desvencijados tirados por mulos de pelajes imprecisos bajo un manto de parásitos y, atado a la última de las casas rodantes, un burrillo raquítico cuyas patas ulceradas obraban el prodigio de mantenerlo en bamboleante equilibrio. Los humanos que completaban el cuadro  -cuatro mujeres, cinco hombres y cuatro chiquillos, todos caminando junto a los carromatos, excepto los conductores-  portaban las mismas marcas de miseria y hambre que las humildes bestias que abrían y cerraban la comitiva.

A poca distancia de las primeras casas del pueblo, en una era apenas separada del camino de tierra y lindante con las márgenes del río, el patético grupo detuvo la marcha y, en pocos minutos, humeaba una marmita sobre una improvisada cocina de brasas circunvalada de piedras mientras animales y chicuelos compartían chapoteos en la orilla del río.

No tardó la curiosidad de los habitantes del pueblo en hacerse presente junto al recién instalado campamento, de tal manera que, al mediodía, cuando las faenas del campo se interrumpieron para sanear los estómagos, nueve o diez personas observaban, en silencio,  a los forasteros y sus paupérrimas pertenencias.

De improviso, apareció un pandero en las manos de una de las gitanas y antes, incluso, del primer golpe rítmico, los cuatro arrapiezos de edades indefinidas se pusieron en movimiento: Volteretas, contorsiones, equilibrios de unos sobre otros… Y un final de saludos al desconcertado público observador que, quizás más sorprendido que entusiasmado, aplaudió con timidez a los infantiles artistas mientras los gitanos adultos se mantenían agrupados junto a la exigua hoguera esforzándose por sonreír amistosamente a los aplaudidores.

A media tarde se inició el ir y venir de algunos habitantes del pueblo a la era y de la era al pueblo. Patatas. Tomates. Cebollas. Una cantidad imprecisa de preciados huevos. Un poco de harina. Sardinas de cubo. Ropa vieja. Algunas perras gordas de aluminio.

La procesión dio tan buenos frutos que los gitanos se sintieron obligados a repetir el espectáculo a última hora de la tarde, imprimiendo a la nueva representación mayor teatralidad, como lo demostraban las dos mugrientas mantas que, colocadas entre dos de los carromatos, oficiaban de telón. Al afán de los gitanos por acondicionar su pequeño circo ambulante contribuyeron algunas gentes del pueblo llevando sus propias sillas para convertir la pobre era en escenario de sueños, y, así, entre la necesidad de hacerse agradables de unos y la huída de la cotidianidad de los otros,  la nueva función atesoró la categoría de exitosa.

De lo que sobrevino por la noche, pocos fueron, sin embargo, capaces de dar muchos detalles. Sólo don Ramón -abuelo de Isabel-, el serio administrador de la finca La Palanga, puso voz a las tropelías cometidas en la era. Porque esa noche del mes de mayo de 1949, horas después de que nómadas y sedentarios compartieran un irrelevante festejo, dos números de la Guardia Civil  -según algunos, con el coleto acalorado por el efecto de algunos chatos–  se presentaron en la era y, con el concurso de tres matones del pueblo, maniataron y apalearon con saña a los hombres gitanos hasta quebrarles los huesos, raparon las cabezas de las mujeres, las despojaron de sus ropas y las marcaron a punta de navaja, golpearon a los aterrorizados chiquillos y mataron al burro a pedradas.

Nunca se presentó cargo alguno contra los salvajes de uniforme y sus acólitos paisanos, salvo las protestas del indignado administrador que no fueron tenidas en cuenta por su conocida desafección al régimen. Tampoco se volvió a tener noticia de los gitanos, que desaparecieron a la mañana siguiente tras ser atendidos por don Ramón, su esposa y don Manuel, el practicante, que, haciendo caso omiso a las amenazas de uno de los Guardias Civiles implicados, curó las heridas físicas de las vilipendiadas víctimas. Sólo quedó, como prueba del terror desatado, el cadáver del famélico asno, que tardó tres días más en ser retirado.


…lame la lluvia las orgullosas piedras sajonas de la historia de Sibiu mientras se asoma el río a Oraşul de Jos (=la Ciudad Baja) esperando las flores que reavivarán el recuerdo [1].


[1] Cada 8 de abril, gitanas y gitanos de todo el mundo depositan en los ríos velas y flores como homenaje a las víctimas del genocidio nazi.

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"Angeline": Dominic Rouse

“Angeline”: Dominic Rouse


En una pequeña ciudad aragonesa, a finales de los 60, un insigne intelectual y añoso catedrático de instituto que, en su mocedad, fue ferviente seguidor de la Gloriosa Cruzada, se refocilaba abrazando a sus pequeñas alumnas, sentándolas sobre sus rodillas, pasando sus manazas por las piernas de las niñas y “jugueteando” con el elástico de las braguitas mientras le decían la lección… Llevaba años haciéndolo hasta que el padre de una de las alumnas se presentó en el instituto. Nunca se supo de qué hablaron, pero al poco tiempo del encuentro las niñas salían a decir la lección distanciadas del profesor manoslargas.
Ni qué decir tiene que el laureado caballero -entonces conocido como “viejo verde” porque el término pederasta se ignoraba- era un catolicísimo prohombre que procesionaba, con fervor, en Semana Santa. Que su querencia por las niñas fuera pública -todos lo sabían pero callaban- no era un obstáculo para que se le considerara un hombre virtuoso y un intelectual de tronío.
Cuando murió, a los panegíricos que le dedicaron sólo les faltaba una solicitud formal para que el Vaticano le incluyera en el santoral.
– Comentario (nº 48, pag. 5) aparecido en la versión digital de El Periódico de Aragón, bajo la firma En otro tiempo, el día 30 de marzo de 2010.


–Esa historia la tenía olvidada. Cuando pasó tampoco era muy consciente de si lo que ocurría estaba bien o mal.

–Bueno… Bien, lo que se dice bien, sabíamos que no estaba.

–Y tampoco lo comentábamos tanto. Éramos unas crías de nueve o diez  años.

–Éramos rematadamente tontas…. Tontas de matrícula de honor.

–Pues a mí el hombre me dio asco desde que lo vi  por primera vez. O eso es lo que me viene ahora a la cabeza.

–Era repulsivo… Repulsivo, viejo y literalmente baboso.

–Yo recuerdo el mal olor de su clase…

–…y la oscuridad que había en ese pasillo que debíamos recorrer. Era en la única asignatura que nos trasladábamos de aula.

–Desde la perspectiva de ahora, parece como si entonces, hace cuarenta años, todo estuviese preparado para facilitarle la tarea a aquel, a aquel…

–Facilitarle la tarea, no sé…. Pero seguro que, como se dice en el comentario, todos sabían qué les hacía a las alumnas.

–¿A las alumnas…? A nosotras, querrás decir.

–Si entonces hubiéramos sabido lo que sabemos ahora…

–A mí nunca me llegó a sobar pero un par de veces que estuve  sentada en un pupitre de la esquina, en diagonal a él, veía sus manos debajo de la falda de la niña que había sacado a decir la lección.

–Yo, las tres o cuatro veces que salí, me quedé muda y me mandó al sitio.

–Pues yo sí recuerdo cómo me pasaba las manos por las piernas… hasta el muslo. Me decía: “¿Has estudiado mucho, corazón?

–¿Os acordáis de que siempre había unas niñas que, por turnos, se quedaban con él a la hora del recreo?

–¿De nuestra clase…?

–De las dos clases. Les hacía ir para almorzar con él.

–¿Y alguna de ellas comentó qué ocurría durante esa media hora?

–No, que yo sepa. Mejor no imaginarlo siquiera.

–¿Y a ti cómo se te ocurrió comentarlo en casa? Yo no lo hubiera hecho, en esa época, ni aun torturándome. Con lo pardilla que era entonces…

–Porque cuando noté que me metía los dedos por debajo de la braga me sentí… No sé si avergonzada… No sé cómo me sentí entonces exactamente. No sabría explicarlo. Pero yo también me quedé muda. Como tú… Y no creáis que se lo dije a mis padres por el magreo en sí, sino porque como no supe explicar la lección temía que me cateara… Así de estúpida  era entonces..

–Sólo éramos unas crías…. Unas crías que no entendíamos muy bien qué estaba pasando. Y él era el profesor.

–Lo sé. Lo sé. Pero me encorajina la simplicidad de mis diez años. Yo sólo quería justificar ante mis padres un posible suspenso. Por eso les conté que el profesor me había tocado el culo… Al día siguiente, mi padre, en lugar de ir a trabajar, se fue al instituto y habló con el director…

–Qué fuerte.

–…amenazó con partirle la cara al catedrático si me volvía a poner las manos encima. Eso fue todo. Desde ese momento ya no se me pidió que saliera a la tarima y mis exámenes de sobresaliente en su asignatura se convirtieron en suficiente en la nota final de curso.

–Pero no volvió a tocar a nadie…

–Eso creo.

–Ya iba bien servido, ya. Años y años sin que nadie le estropeara la… diversión al reputado intelectual abusador.



Crimen.

(Del lat. crimen).

1. m. Delito grave.

2. m. Acción indebida o reprensible.

3. m. Acción voluntaria de matar o herir gravemente a alguien.

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"Retrospective": Bev Hodson

“Retrospective”: Bev Hodson


Hállase Silvestre restituyendo lacerantes bloques de recuerdos en el rompecabezas de la memoria que destruyó, años ha, en un intento no siempre conseguido de regodearse en la dicha de cada presente que barrenaba pretéritos de aflicciones.


[…]


Protegido con un delantal verde pistacho y un paño de cocina a juego colocado sobre uno de sus hombros, se afana Silvestre en elaborar, con briosos toques de rasera, un dorado ribete de igualadas puntillas en el huevo frito de dos yemas que reina, brillante, en el centro de la sartén puesta al fuego. “¿Lo quieres más hecho?”, pregunta a quien, sentado en la mesa, de espaldas a él, transcribe, con suaves roces de teclado, los retazos de vivencias que se amontonan en los labios del hombre.

Sobre una silla de cuero rojo descansa el libro por el que los debilitados ojos de Silvestre llevan transitando dos días. Tiempo destruido, de Víctor Pardo Lancina, con prólogo de Ignacio Martínez de Pisón.


Qué ominosos esos tiempos en los que una circunstancia así basta para convertir en un asesino feroz y despiadado a un ciudadano habitualmente pacífico y respetuoso de la ley-, dice Silvestre con los ojos cerrados.

¿Qué…?

Es del prólogo-, afirma, señalando con la cabeza el libro cerrado mientras deposita en un plato el engalanado huevo.- Pero no es verdad. Esos ya eran asesinos antes de empezar a matar… La guerra sólo hizo que pusieran en práctica sus malos instintos… Impunemente. A ese pobre hombre de Abiego al que lincharon delante de su hija… La guerra había terminado. No había combatientes que mataran para salvar la vida. No. Eran asesinos. Ellos y los que taparon sus crímenes.


Silvestre se sienta junto al comensal y se ajusta en los orificios nasales la cánula que conecta sus vías respiratorias con el dispensador de oxígeno. “Anda, termínate el huevo, que frío no es lo mismo. Luego haré café”. El octogenario estira un brazo, toma el libro entre sus manos y lo hojea hasta encontrar un marcador plastificado en el que, bajo dos margaritas secas, se lee: Para el mejor yayo.

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