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Archive for 31 octubre 2011

“Photo Compositions.- Angeline”: Dominic Rouse


El 17 de agosto de 1963 se daba cumplimiento a la sentencia que condenaba a ser ajusticiados, por el método del garrote vil, a Francisco Granados Gata y Joaquín Delgado Martínez, acusados de la colocación de explosivos en el Ministerio de la Gobernación, con resultado de cuantiosos destrozos y heridos de diversa consideración.

En la sentencia se alegaba que había quedado probada la pertenencia de los acusados a un grupo anarquista y se relataban las idas y venidas de ambos hombres hasta el momento del atentado, de cuya autoría no existía la menor duda, tanto por las pesquisas llevadas a cabo como por la actitud y la militancia de los reos.

Transcurridos diecisiete días desde la detención, el deceso por traumatismo bulbar -como así constaba en el certificado forense- ponía un aparente punto y final a un suceso que tuvo escaso eco en la sociedad española de la época.

Treinta y tres años después del ajusticiamiento de Francisco Granados y Joaquín Delgado, dos hombres entrados en años -ciudadanos franceses de origen español- se autoinculpaban públicamente de la colocación de los explosivos, presentando las mismas pruebas que, en su día, poseyó el Tribunal que juzgó y condenó a Granados y Delgado, pruebas que entonces ya exculpaban a los condenados del delito de atentado y que los jueces togados de la justicia franquista prefirieron obviar al objeto -es de suponer- de que la muerte de los dos anarquistas sirviera de escarmiento a cuantos pretendieran quebrar los vitoreados Años de Paz de los que alardeaba el régimen.

En la década de los años noventa, promulgada una ley que otorgaba una indemnización a las personas represaliadas por el franquismo o, en su defecto, a sus familias, Pilar Vaquerizo, viuda de Francisco Granados, presentó una solicitud para acogerse a dicha ley. La pensión le fue denegada.
La Ley 46/1997 de 15 de octubre especifica, con mucha asepsia, que tienen derecho a la indemnización correspondiente aquellas personas -o sus herederos- que hubieran sufrido privación de libertad en establecimientos penitenciarios durante tres o más años.

De Granados y Delgado, su compañero de infortunio, sólo se pueden acreditar diecisiete días de encarcelamiento. No ha, por tanto, lugar a la percepción de ninguna cantidad.


POST SCRÍPTUM

  • El 3 de febrero de 1998, las familias de Francisco Granados Gata y Joaquín Delgado Martínez presentaron en el Registro General del Tribunal Supremo, recurso de revisión contra la sentencia dictada el 13 de agosto de 1963. La Sala de lo Militar denegó la autorización para interponer dicho recurso en Auto de 3 de marzo de 1999. Solicitado el amparo del Tribunal Constitucional, éste declaró nulo el Auto anterior obligando al Tribunal Supremo, en sentencia de 13 de julio de 2004, a continuar con las diligencias para revisar la condena a muerte.
  • Pese a la anulación de facto dictada por el Constitucional, el 18 de diciembre de 2006, tres de los cinco magistrados de la Sala de lo Militar del Tribunal Supremo, denegaron, por segunda vez, autorización para interponer recurso extraordinario de revisión de las condenas a muerte, alegando que las confesiones realizadas años después por los autores reconocidos de los atentados, así como las declaraciones de los testigos presentados por las familias para dar curso a la revisión, carecían de credibilidad y resultaban incongruentes.


ANEXO

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“Bureaucrat 1”: Katrin Rüütli


[…] Que Gadafi era un dictador, un tirano ególatra y brutal es algo sabido, incluso por quienes hace pocos años lo apoyaban, porque les interesaba, y ahora lo han derrocado, o sea los países que integran la OTAN. Que es un motivo de satisfacción su derrocamiento, por supuesto. Que pocos, salvo algunos fieles libios, van a llorar su muerte, es igualmente cierto. Pero no lo es menos que no se han respetado sus derechos como ser humano, como persona. Y precisamente lo que debería diferenciar a su régimen del nuevo escenario es ese respeto por los derechos de cada individuo. […].- Fran Sevilla: Libia, Gadafi y la democracia

La Europa política respira. Ha vuelto el color primigenio a las fachadas de los edificios donde, dicen, reside la soberanía popular.

Petróleo, petróleo… Reconstrucción, reconstrucción…  Maratón de países en pos del botín.

No resucitará el estrafalario personaje al que besuqueaban y reían las astracanadas los ahora mentores de los nuevos amos de la tribal Yamahiriya. No elevará la voz, desde el estrado de los reos, para narrar el periplo de dádivas, fraudes y negocios ilegales que se escenificaron entre banderolas, himnos nacionales y alfombras protocolarias.

Los antiguos partenaires occidentales celebran las oportunas balas y se lavan las manos con esencia de alcanfor para erradicar las últimas partículas gadafistas; para asear sus conciencias   -si acaso algún avezado buscador tuviera la improbable suerte de hallarlas-  no habría suficientes minas de liparita de donde extraer la piedra pómez necesaria para pulimentarlas hasta dejarlas en óptimas condiciones de uso.




Dicebamus hesterna die…

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Metamorfosis

“Autumn Dew…”: Richard Miles


Al alba, huye el Verano camuflado entre una bandada de vencejos y regresa el Otoño -con el color apresurado- desplegando sobre el Barrio la capota desvaída del cielo,  tras la que manotea el Sol cercado por henchidos nimbos. Remonta la savia las íntimas sinuosidades de la vetusta encina y se agitan, a los pies del árbol, las animosas esporas de los boletus, sobre las que palpita, en arritmia desaforada, el minúsculo corazón de un orondo ratón de campo recién evadido de las garras de un cárabo que, ahora, dormita ajeno a la rápida mudanza de la Naturaleza.

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Diógenes

“Learning to Swim”: Kristen Ernst


A la señora Felisa la llaman abuela todos –abuela Felisa-. Excepto sus nietos. Tiene tres, ya mayores, que muestra, en una fotografía desteñida, subidos sobre un poni claro con pintas oscuras. “Mis nenes”, los llama.

Cada mañana la abuela Felisa desciende por la barbacana del vertedero y rebusca, con una vara de almendro, entre los detritus malolientes, disputándoles a las ratas los despojos que ocultan sus hediondas moradas. Pero ellas, tan viejas como la propia abuela, le dejan hacer con una benevolencia que parece vedada a los humanos parientes de la anciana. Se quedan quietas sobre los montículos de basura mientras ella recoge, con las manos desnudas, los objetos más estrafalarios que, una vez pulidos, se unirán a la colección de cachivaches insólitos que decoran -como ella dice- las habitaciones de su casa.

La abuela Felisa no es pobre. Tiene una holgada pensión domiciliada en la Caja de Ahorros que apenas mengua de un mes a otro. “Para los nenes”, asegura satisfecha. Los nenes, que le sonríen desde esa lejanía congelada sobre papel fotográfico. Los nenes, que jamás descendieron del poni con pintas para llenar de jolgorio infantil el corazón y los destartalados aposentos de la abuela. Los nenes, a los que ella espera inútilmente mientras la vara de almendro y las ratas acompañan sus leves pasitos sobre las pirámides de desechos.

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