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Archive for 31 marzo 2012

“Loveletter 2”: Christel Dall


El viejo luchador republicano despide, puño en alto, en la plaza de Navarra, la alborotadora riada de manifestantes que inician el recorrido contestatario por los Porches de Galicia, en dirección al Coso Alto. Apenas un ligero temblor en el ángulo del codo del brazo alzado; los ojuelos brillantes; con la mano izquierda asiendo las muletas que alivian la rigidez de sus músculos nonagenarios.


Mariano Viñuales Tierz nació en Huerto (Huesca) en febrero de 1919, en el seno de una familia campesina. Todavía adolescente, se incorporó como soldado en las filas del ejército republicano, pasando a Francia cuando el avance del ejército rebelde anunciaba la caída de la República Española. Las penalidades sufridas en el exilio forzoso no hicieron sino reafirmar su ideario. Miembro de la resistencia francesa y fugitivo de los nazis  -se arrojó de un tren en marcha en el que era retenido para ser entregado a las autoridades ocupantes-, regresó a España en 1944 para organizar el maquis y fue detenido por la Guardia Civil apenas un mes después. Juzgado en Consejo de Guerra, fue condenado por rebelión militar a doce años y un día de prisión  -terminó cumpliendo seis años de encierro en las cárceles de Torrero (Zaragoza) y San Miguel de los Reyes (Valencia)-. Obtuvo la libertad el 18 de julio de 1950.

Avanza el aluvión humano y resiguen los ojos húmedos del longeno guerrillero las sombras de los últimos integrantes de la marcha hasta que desaparecen detrás de la esquina. Entonces baja, despacio, muy despacio, el brazo, abre la mano con los nudillos entumecidos y saca del bolsillo un pañuelo de tejido azulado que se lleva, pausadamente, al rostro.

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“Love on the Rocks”: Jack Cymber


Los derechos no se negocian, se defienden y conquistan”.

Aguijonean los rayos solares los cuerpos todavía vestidos de invierno y enlucen con señales carmesí los rostros que sonríen y parlotean en la plaza. Marcha la ola humana por la playa árida de los fértiles deseos salpicando de espuma pigmentada los durmientes corales enquistados en la orilla.

Tiempo de orear las ideas, de amasarlas y darles forma.

Tiempo de izar la cometa del puedo y el quiero; de alzarse contra quienes pretenden hacer patria sobre los derechos hollados de asalariados y asalariadas.

Tiempo de luchar.

[…]

La historia tañe sonora
su lección como campana.
Para gozar el mañana
hay que pelear el ahora.

Mario Benedetti

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digitalp10

“Untitled Thought”: Digital Pharaoh


Parapetados tras el anónimo pasamontañas de sus pantallas de litio, los xenófobos escupen su vileza en las páginas virtuales de los diarios. Han trocado los bates con los que el homicida fascismo redentor agredía a los prófugos de la miseria por teclados donde la españolísima eñe ejerce de águila de San Juan y, con la misma furia que imprimían aquellos jovenzuelos salvapatrias a sus antebrazos para abatir el arma contundente -y, en ocasiones, acerada- contra los distintos, aporrean los cuadrados de las grafías para aventar los álbumes de excrementos que se hacinan en las fosas sépticas de sus cerebros.

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“Grullas en la alberca”: Centro de Interpretación


Al atardecer, una nube batiente y sonora se entremezcla con los nacientes destellos anaranjados del Sol semidormido. Las grullas regresan, en indisciplinada y ruidosa formación, a los dormideros próximos a la alberca. Descienden apresuradas, indiferentes al gentío que las contempla con arrobo, y recorren el entorno conocido con sus gráciles y familiares zancadas, ojeando el humedal con el buche dispuesto para la recena.

Anochece y la algarabía se atenúa. Duermen las aves arrulladas por los quejidos de la tierra avasallada por las pisadas humanas que reculan y se alejan. Rugen los coches e iluminan los faros la cercana sierra. Marchan los intrusos y los alados huéspedes migrantes de la alberca de Alboré sueñan entre sisones, garcillas bueyerasgangas, gaviotas reidoras, somormujos lavancos, aguiluchos laguneros y algún tímido galápago leproso.

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“No escape”: Lynda Lehmann


“[…]Eduardo Cantos, el ex director de la cárcel, declaró haber estado presente aquel día en el interrogatorio de dos de los reclusos. De dos de los apaleados como Rueda. Y explicó que no se enteró de que les estuvieran pegando porque se encontraba de espaldas y hablando por teléfono. Eso dijo Eduardo Cantos con toda impavidez y sin que le temblara la grasienta papada. Qué apasionante llamada debía de estar realizando, qué espaldas tan impenetrables y graníticas, para que allí, en el morrillo de su corpachón, se estrellaran y perdieran los quejidos, los insultos, los alaridos, el redoble seco de los golpes. Así están todos, sordos y ciegos. Y a su paso van dejando un reguero de sangre […]”- Fragmento del artículo Década, escrito por Rosa Montero y publicado en el periódico El País el 16 de enero de 1988.

Un túnel de cuarenta metros descubierto en la cárcel de Carabanchel la mañana del día 13 de marzo de 1978 determinaría la muerte a golpes  -“apalizamiento  generalizado, prolongado, intenso y técnico”, según harían constar los forenses que realizaron la autopsia-  de Agustín Rueda Sierra  -preso anarquista de 25 años y miembro de la C.O.P.E.L–  en algún momento entre las diez y media de la noche del día 13 y las siete de la mañana del día 14. Otros siete presos [1] sufrirían en sus cuerpos la furia inquisidora desatada en aquella tarde carcelaria proemio de la muerte de Agustín Rueda a manos de sus carceleros; siete hombres lacerados que pondrían voz acusadora  al calvario del compañero muerto.


Amigo Luís Llorente, que fuiste preso ayer;

escúchame Felipe; Santiago, entérate:

bajad de esos escaños forrados de papel,

que Agustín Rueda Sierra murió en Carabanchel.

 

¿Hay libertad?; ¡Qué libertad!

Si cuatro de uniforme te empiezan a pegar.

¿Hay libertad?; ¡Qué libertad!

Tendido está en el suelo y no contesta ya.

 

Bonita democracia de porra y de penal;

con leyes en la mano te pueden liquidar.

Y a aquél que no lo alcanza de muerte un tribunal,

lo cogen entre cuatro y a palos se la dan.

 

¿Hay libertad?; ¡Qué libertad!

Lo sacan de la cárcel para ir al hospital.

¿Hay libertad?; ¡Qué libertad!

Agustín por buscarla, miradlo como está. [2]

Diez años después, en 1988, los inductores y autores, por acción u omisión,  de la muerte de Agustín Rueda Sierra fueron juzgados y condenados a cumplir entre seis y nueve años de cárcel [3].




NOTAS

  • [1] Jorge González, José Luis de la Vega, Juan Antonio Gómez, Miguel Ángel Melero, Felipe Romero, Pedro García y Alfredo Casal.
  • [2] Canción compuesta por Chicho Sánchez Ferlosio.
  • [3] El director de la cárcel Eduardo Cantos, los doctores José María Barigón y José Luis Casas, el subdirector Antonio Rubio y los funcionarios José Luis Rufo, Nemesio López Tapia, José Luis EstebanAlfredo Luis Mallo, Alberto Ricardo Cucufate de Lara, Hermenegildo Pérez, Andrés Benítez y Julián Marcos.

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