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Archive for 28 abril 2012

“Sister Susan Blue”: Lucy Autrey Wilson


A pocos metros de la glereta, lindando con las almendreras de la finca Cucalon, todavía se adivina el antiguo campo de azafrán del abuelo Viscasillas –tío Leoncio, para las gentes del Barrio-.
Años después de ser abandonado, aún las enterradas cebollas de la planta elevaban al Sol sus alargadas hojuelas verdes y sus rosas moradas como esperando los hábiles dedos de las gentes madrugadoras que, con firme experiencia, separarían las flores cerradas de su tallo iniciando así el rito de una cosecha que reunía, tanto en el campo como en la enorme mesa de trabajo del patio Viscasillas -donde se separaban los estigmas de la corola-, a familiares, amigos y vecinos del tío Leoncio, en una tarea que duraba casi lo que el día y que unía la dureza del trabajo de recogida de las plantas con la amenidad del alparzeo cuando, ya transportada la cosecha al patio de la casa, las esbrinadoras realizaban su labor separadora.

Ongareta, o qu’en esbrines pa tú [1]-, le decía el tío Leoncio a la veterinaria que, actualmente, se ocupa de la salud de los gatos del Barrio, niña entonces, cuando ésta se asomaba al animado patio. Y la pequeña cogía un manojo de flores e, imitando a las mujeres que la rodeaban, quitaba los pequeños filamentos del azafrán y los amontonaba en un platito que entregaba después al tío Leoncio para su pesaje. El abuelo Viscasillas guiñaba un ojo a las demás mujeres y, con el rostro revestido de seriedad, hacía como si apuntara en su libreta las escasas onzas esbrinadas por la niña. Posteriormente, cuando todos los brines de la mesa habían sido tostados, separaba un montoncito, lo colocaba envuelto en un paño y se lo entregaba, con circunspección teatrera, a la jovencita, que corría, orgullosa, hasta la explanada del barranco donde tenían instalado el campamento los temporeros gitanos:
Babo, babo… Io abelo safran!! [2]


 El viento se regodea en las hierbas y barzas de la que fuera güebra del tío Leoncio, donde quizás algún bulbo esforzado todavía luche para salir al exterior y engalanar la tierra, ahora abandonada, con su purpurada presencia.



CURIOSIDADES


[1] “Gitaneta, lo que desbriznes, para ti“.
[2] “Papá, papá… ¡Tengo azafrán!“.

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“Nabata por el Gállego”: Coord. Biscarrués-Mallos de Riglos


Acaso crecía el río con el caudal de lágrimas que urgían a la nieve a fundirse y deslizarse por el desnivel sinuoso que encajona y protege el magno curso de las aguas bravas. Y parecían erguirse, rutilantes, los islotes pétreos que el tiempo y el ímpetu acuoso convertirán en guijarros durmientes en el lecho señorial de las badinas.

[…]

Y ellas, las dos mujeres  -mezclada su bravura con la de sus compañeros-  en las nabatas, con los pies humedecidos de caricias y los torsos convertidos en banderas de esperanza del río que nos lleva.

Se elevaba a la atmósfera festiva  -desde los amados vericuetos del Reino de los Mallos–  el acompasado rugido de las voces veinticinco años desgañitándose contra el amenazador e imparable pantano.


ANEXO



Dicebamus hesterna die…

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“The Memory Of The Kids”: Mirko Barone


Poco podía imaginarse el fotógrafo y documentalista italiano Livio Mancini el uso  -y abuso-  que el periódico ultraderechista suizo en lengua alemana, Die Weltwoche, haría de su reportaje fotográfico en el gueto de Gjakova, en Kosovo, desgraciado enclave donde, sobre un estercolero que la OMS ha calificado como “de alta toxicidad e incompatible con cualquier asentamiento humano“, se hacinan un indeterminado número de personas de etnia gitana, tanto de origen albanés como supervivientes de las limpiezas étnicas inseparables de las luchas fratricidas que, años atrás, fragmentaron la antigua República de Yugoslavia.

Livio Mancini, “apasionadamente comprometido con la producción de proyectos que cuentan historias profundas y personales”, realizó, en septiembre de 2008, una serie de fotografías  –The Garbage Gang. Kosovo–  que exponen, sin aditamentos, la trágica realidad de la infancia romaní del gueto kosovar. Cuatro años después, una de las fotografías de Mancini  –la que muestra a un niño romaní apuntando a la cámara con una pistola de juguete–  ha servido para ilustrar un nauseabundo reportaje  -ajeno al autor de la fotografía original-   que en nada desmerece de las consignas del nacionalsocialismo y su incisiva propaganda contra las comunidades que, finalmente, serían protagonistas involuntarias del horror y el exterminio.

¡Peligro! ¡Vienen los gitanos!, alerta Die Weltwoche en su amarillista portada. ¡Cuidado! ¡No se fíen ustedes ni de los menores gitanos, que están entrenados por sus mayores para cometer fechorías! ¡Cuidado! ¡Llegan los saqueadores, los ladrones, los seres infectos que se apropian de lo ajeno y manejan certeramente las armas desde la cuna!


¿Temblarán los suizos, arios y asépticos, ante la plaga contra la que advierte el bienintencionado tabloide?

¿Cambiarán las combinaciones de sus cajetines rebosantes de dinero oscurecido los clientes encorbatados de los bancos?

¿Habrá suficientes mentes sin memoria de pez dispuestas a rememorar lo ocurrido a tantos jenisch helvéticos?


Gelem, gelem lungone dromensar“, que significa “Anduve, anduve por largos caminos“, es el primer verso del himno internacional del Pueblo Gitano.

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“Venus Mix”: Charles Csuri


Todavía quedan, en el bancal que desciende hasta la orilla pedregosa del río, restos de la losa que antaño fuera concurrido lavadero natural del Barrio, levemente inclinada sobre una poza hacia la que resbalaba un finísimo y continuo reguero de agua del Manantial de la Mora. Decíase que tras el discreto hoyuelo abierto en la montaña, las fadas lavanderas susurraban conjuros que el agua depositaba en las manos de las mujeres que maceraban, aclaraban y escurrían la ropa, dotando a aquellos miembros encallecidos de sorprendentes habilidades. Así, en épocas de escasa cosecha y epidemias de ganado, se reunían las mujeres en el lavadero, extendiendo las manos hacia la poza, y acudían a cientos las madrillas, proporcionando el alimento suficiente para que las familias se zafaran del hambre.

Señalan las más ancianas del Barrio la zona del bancal -la más próxima al río- donde se prendía, de noche, la hoguera para el caldero de sosa; en él se deshacían y burbujeaban desechos de aceite y tocino, dando lugar a un oloroso mejunje que, una vez depositado en la cajoneta, enfriado, solidificado y cortado en forma de ortoedro, se repartía a modo de preciadas piezas de jabón entre las asiduas aprendizas de maga del Manantial de la Mora.

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“Cuillère d’automne”: Olga Valparaiso


La frágil vista de Silvestre -dos operaciones de cataratas en sus ávidos ojos lectores- recorre, con pausas para alimentarse de recuerdos, las quinientas treinta y cuatro páginas de “LA VOZ DEL OLVIDO”.- La Guerra Civil en Huesca y la Hoya, de José Mª Azpiroz Pascual.
Silvestre, que se confiesa simpatizante de Chunta Aragonesista, nació en Huesca, el 31 de diciembre de 1926, y fue inscrito en el Registro Civil como hijo de padre desconocido. La guerra y el amor hacia su madre, que jamás se preocupó, más allá de tenerlo cobijado en su misma casa, por aquel hijo fruto de unos cuantos días de pasión arrolladora que fenecieron con la misma prontitud que llegaron, marcarían su infancia y juventud.

[…]

Durante el cerco fascista a Siétamo yo entré y salí de allí varias veces, sin que los fascistas o los milicianos me hicieran ningún caso. Hacía de correo, porque nadie se fija en un crío que va de un sitio a otro. Una vez hasta viajé en un carro de combate miliciano, acompañando a Companys, que estuvo en el pueblo”, recuerda. “Éste, el segundo de la esquina, soy yo”, asegura, señalando, en el reproductor de imágenes del ordenador, una fotografía de Agustí Centelles que recoge la visita de Lluís Companys, presidente de la Generalitat de Cataluña, al Frente de Aragón. Junto al gobernante catalán y los republicanos que recorren con él la villa oscense, aparecen, a la derecha de la imagen, unos chiquillos entre los que se encuentra el propio Silvestre, según se confirmó al cotejar el rostro del muchachito de la imagen histórica con otra fotografía realizada por esas mismas fechas y que forma parte de su archivo personal.

[…]

Antes de la guerra, cuando las elecciones, un conocido de mi madre nos dijo a mis amigos y a mí que nos daría un real si cogíamos las papeletas de derechas y las quemábamos, así que las cogimos todas, de izquierdas y de derechas, y, sin hacer distingos, les prendimos fuego. Un real era un real… Pero mi madre se enteró y me dio una zurra por quemar las que no debía. Entonces no tenía claro quiénes eran unos y quiénes los otros. Me acuerdo que, ya en la guerra, unos milicianos iban a matar al cartero, que me parecía un buen hombre, así que fui corriendo y me abracé a él para que no le dispararan. Pero me soltaron a la fuerza y allí mismo le dieron un tiro. Nunca he sabido el motivo de esa muerte”.

[…]

Cuando terminó la guerra hubo una buena escabechina. A mi madre la metieron presa y fue condenada a muerte, y buena culpa tuvo el cura Playán, al que mi madre le pegó una hostia porque le echó mano al pecho en el confesionario de la iglesia”.
En el libro de Azpiroz se señala que la madre de Silvestre, a la que se le conmutó la condena a muerte por varios años de peregrinación carcelaria que inició en Saturrarán, “regentaba el centro de izquierdas” de Siétamo. De Marcelino Playán, el cura, se recoge que “era un extraordinario cazador a disposición de los rebeldes desde el primer momento […], que cuando se incorporó a su parroquia, en marzo de 1938, delató e hizo informes negativos de muchos vecinos, llegando incluso a obligar a sus feligreses a cantar el Cara al Sol después de la misa dominical”.

[…]

Silvestre coloca el libro sobre la mesita del salón, guarda con parsimonia las gafas en su funda verde y frota suavemente sus cansados ojos con un pañuelo. Suspira.
Una lágrima rebelde ha escapado a la represión del pañuelo y resbala, lentamente, por la mejilla izquierda.


EPÍLOGO

En Siétamo, donde silba el viento por la Calle Alta que hasta hace apenas cuatro años se llamó del General Franco, deambulan los recuerdos del niño Silvestre, a quien don Pepe, el buen maestro, daba caramelos mentolados y galletitas de avena que sacaba de una cajita de latón con un gatito azulado pintado sobre la tapa. José Bispe, el maestro añorado por el ahora octogenario, falleció, por maltrato y desnutrición, en la cárcel de Torrero, finalizada ya la incivil guerra.

Sube el cierzo por la Calle Alta y serpentea hasta las ruinas del Castillo del Conde de Aranda donde, para vergüenza de la historia y oprobio de los asesinados y represaliados, se yergue, inmune, un monumento a mayor gloria de los vencedores de la Guerra (In)civil, con sendas proclamas de José Antonio Primo de Rivera y Franco cinceladas en los frontales. “Forma parte de la historia de la villa”, dice, indiferente, una mujer de mediana edad que pasea a un perro diminuto entre las piedras del castillo desmantelado. “Siempre ha estado allí. ¿A usted le molesta? ¿Qué le importa a usted…? Usted no es de aquí”. Y entonces el visitante comprende por qué Silvestre jamás regresó al pueblo donde pasó parte de su niñez.




Dicebamus hesterna die…

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“Hollow Man”: Rick Simpson


Las proclamas canallescas de la mediateca neoliberal para la ilegalización de las huelgas generales han tenido cumplidísima respuesta en la Dirección Provincial de Educación de Huesca, cuyo responsable, José Mª Cabello Sáenz de Santa María, ha hecho llegar a los centros educativos de su circunscripción una circular donde se equipara la participación en el paro del día 29 de marzo con absentismo injustificado del puesto de trabajo, falta que, en caso de concurrir los huelguistas a nuevas convocatorias, podría llevar, incluso, a la apertura de un expediente disciplinario que supondría hasta seis meses de suspensión de empleo y sueldo.

Ante las denuncias de los sindicatos de enseñanza  -que le han recordado el artículo 52.d del Estatuto de los Trabajadores[1] y el artículo 30.2 del Estatuto Básico del Empleado Público[2]- y las protestas del profesorado al que se pretendía intimidar, el otrora sindicalista y asesor devenido en Director Provincial de Educación con el patrocinio del Partido Popular, se ha refugiado en la propia ignorancia sobre el tratamiento que los servicios provinciales de Educación han de dar a los funcionarios y funcionarias bajo su férula cuando se declaran en huelga solidaria.



Anexo de 17 de abril de 2012: Educación rectifica a favor de los docentes que secundaron la huelga el 29-M


[1] “No se computarán como faltas de asitencia[…] las ausencias debidas a huelga legal por el tiempo de duración de la misma[…]“.
[2] “Quienes ejerciten el derecho de huelga no devengarán ni percibirán las retribuciones correspondientes al tiempo que hayan permanecido en esa situación sin que la deducción de haberes tenga carácter de sanción“.

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“Prisoner”: Douglas Ross


“[…]Al hombre lo habían dejado tirado allí para que todos lo viéramos. Sufría… sufría mucho, pero no le quedaba voz para quejarse. […]Estuve mucho tiempo observando mientras rezaba para que el hombre muriera y terminara su sufrimiento. Pero seguía moviéndose y supe que debía hacer algo[…]. Cuando vi que los guardias se habían desentendido de él, me acerqué arrastrándome, le puse una mano en la mejilla y le dije que estaba a salvo. Recuerdo sus ojos… Me miraban… Era un hombre guapo… Un gadyè (=no gitano) de ojos castaños, de unos cuarenta años. Le sonreí y le puse mi pañuelo en la boca y la nariz. Ni siquiera se movió cuando apreté. […]Sus ojos seguían mirándome pero me di cuenta que había muerto. […]Entonces, aquel guardia me vio… Tiró de mi brazo como si quisiera arrancármelo. […]Otros guardias se acercaron. […]Aquella noche recibí más golpes que en todo el tiempo que llevaba allí. Con cada golpe pensaba: Este es el último. Ahora moriré y acabará todo. Pero me seguía doliendo. Me dolía cada hueso, cada trocito de mi cuerpo. Seguían, seguían, seguían… Yo pensaba que ojalá alguien me ayudara como yo había ayudado al gadyè moribundo.[…].- Traducción ajustada al original en francés.


Tres viejas cintas de casette recogen el testimonio de Florica Slavu, gitana, superviviente del campo de concentración de Lety, en el sur de Bohemia. Su voz, a veces entrecortada, va desgranando las atrocidades cometidas allí donde, como ella repite, “Devel (=Dios) miraba para otro lado”.


“Yo no esperaba que vinieran de fuera para ayudarnos a nosotros, los romá, pero también había veinte o treinta judíos, que luego se llevaron a otros lugares, y ellos tenían poder y amigos. Eso se decía en el campo, que vendrían de fuera a ayudar a los judíos y nos sacarían a todos. Pero a ellos tampoco los quería nadie[…].”


Florica Slavu, convertida en activista gitana para el Reconocimiento del Genocidio practicado contra el Pueblo Gitano, nació en Praha, en el otoño de 1925. Falleció en París, en enero de 2007, un día antes de la conmemoración del Día Internacional del Holocausto. Nunca recibió compensación alguna por el daño que se le inflingió.


“¡Oh pena de los gitanos!
Pena limpia y siempre sola.
¡Oh pena de cauce oculto
y madrugada remota!”
Federico García Lorca

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“Sandbar”: Shawn Henry


Siete u ocho gotas desprendidas, acaso por azar, de un nimbo ceniciento con pretensiones de nubarrón saludan el regreso de las paseantes que cruzan la gravera en dirección al Barrio. Arriba, en el Campete Blasito, verdea el serpol a ambos lados del senderillo que antaño llevaba a los arnales[1]donde las abejetas cumplían su ciclo productivo estimuladas por las floridas esencias nectarinas que proclaman, aun hoy, el estallido de la primavera. Cerca de allí, bajo las viejas carrascas que otean el río, armaba el señor Anselmo, con cañizos y barro, las arnas[2] troncocónicas que apreciaban las abejas y encandilaban a la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio, niña entonces, entre efluvios de romero y la voz aguardentosa del hombre de manos artesanas narrando las innumerables vicisitudes de sus siempre presentes y admirados compañeros muertos. “Gitaneta”, le decía a la pequeña, “acuérdate de estos nombres… Alaiz, Samblancat, Maurín” y enlazaba la anécdota de Ramón Acín dándole a Luis Buñuel el dinero ganado en la lotería para que pudiera realizar la película Las Hurdes con la emotiva historia del tenor valenciano Lizondo entonando el Adiós a la vida de la ópera Tosca en el momento de ser pasado por las armas en Zaragoza.


Quince, treinta, cien gotas persiguen el andarín compás de las mujeres cuando dejan atrás el invernadero y llegan junto al orgulloso Torrollón de tantas andanzas infantiles. Apenas son las nueve de una mañana agrisada cuando, ligeramente humedecidos los cabellos, toman asiento alrededor de su mesa de siempre del Salón Social y sale Olarieta  -delantal a cuadros rojos y verdes-  con una bandeja de torrijas que liberan generosas emanaciones de canela.


[1] En arag., colmenares.
[2] Id, colmenas.

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