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Archive for 9 octubre 2012

“La prolongada espera”: Alexander Kruglov


«La Guardia Civil conmemoró el domingo en Zaragoza el centenario del patronazgo de la Virgen del Pilar. No fue un acto de unanimidades, tanto desde el propio Cuerpo como desde la sociedad civil. La motivación inicial era la entrega de una bandera de guerra a la VIII zona de la Benemérita que comprende todo Aragón. ¿En tiempos de paz y a unos servidores públicos reconocidos por sus labores de policía y de ayuda al ciudadano en pueblos, carreteras, montañas o en el mar es necesario otorgarles una enseña calificada “de guerra”?».- Del Editorial de El Periódico de Aragón.

Lucía la presidenta, doña Luisa Fernanda Rudi Úbeda, atrezzo zarzuelero el día de la entrega del confalón de guerra al Benemérito Cuerpo. Mantilla y peineta, la dama; hilo de oro, la bandera. Del coste de los atavíos presidenciales ni se sabe, que para eso los ha sufragado su lucidora; se supone. Para el estandarte guerrero, en cambio, ha apechado el personal contribuyente del territorio aragonés cinco mil setecientos setenta y cinco eurazos. Una nadería que, por si acaso, ha contado con la protección de tiradores de élite apostados hasta en los refajos de la Virgen del Pilar, que ya se sabe que la chusma depauperada funciona a base de ventoleras y figúrese usted que algún indigente revenido tiene la ocurrencia de afanar la costosa divisa para desengarzarle el oro y darse un festín de colesterol en el MacDonalds. Porque del ágape  -del oficial, se entiende-  ni las migas habrán quedado para las palomas jaleadas por la ciudadanía revoltosa para que ornamentaran  -cagada va, cagada viene-  el traje de buen paño del ministro y el de todos los ilustres y figurines de la parada, incluido el talar de gala del arzobispo, que no se sabe si habrá exigido agua de Chateldon para rematar la faena de las bendiciones y apurar así los declarados treinta y seis mil euros –trescientos noventa mil trescientos veintiséis, según cálculos de la Asociación Unificada de Guardias Civiles– que ha costado el paripé.

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“Once Again the Tortoise Beats the Hare”: Donna Goodman


La señora Benita, la santera que se ocupa de la ermita de la Virgen de los Morros de Cebollón, levanta la cabeza, mira, una a una, a las tejedoras que laboran bajo la luminosa y descomunal araña de cobre repujado del Salón Multiusos, y sentencia:
Son todos unos charramandaires.

De la cadena ennegrecida que asciende por el conducto de humos de la chimenea pende un perolón en el que reposan, repetidamente hervidas durante la madrugada, las hojas de eucalipto que aromatizan la sala y suavizan el intenso olor a tabaco dejado por los habituales que ocupan las mesas de la carpa exterior, durante la tarde-noche, en amenas y hasta reñidas partidas de dominó y guiñote.

Charramandaires—, repite Mercedes, la más joven de las tejedoras, que atesora vocablos autóctonos para completar la narración en fabla aragonesa en la que está trabajando.

Los artísticos nudos nacidos de las hábiles manos de las tejedoras dibujan, en la tela de arpillera, un paisaje de cumbres picudas y moteadas de nieve a cuyos pies se extiende un valle azulado desde el que dos unicornios parecen contemplar las idas y venidas de las manos que ornamentan su mágico entono.

La señora Benita, ajena a izquierdas o derechas, sin más conocimiento de los aconteceres políticos que los comentarios escuchados a sus compañeras en la paciente tarea de transformar humildes paños en vistosas alfombras y decorativos tapices, suspira: “Charramandaires”. Charlatanes insustanciales.


En el suelo, junto a la canasta donde se amontonan los ovillos, se entrevé el suelto del periódico, objeto de la conversación: “Cospedal apela a la solidaridad entre españoles para afrontar la crisis”.

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“Optometrically Sailing”: G.C. Roush II


Un Ramón José Sender absorto, levemente hosco, con el sombrero borsalino colocado distraídamente sobre la noble cabeza encanecida resalta entre la amalgama de ocres y naranjas, con tenues trazos rojizos, de la pared que comparte con su amigo Ildefonso-Manuel Gil y su compañero epistolar Joaquín Maurín. Cerca, sonriente y juvenil, Ana María Navales contempla al circunspecto Miguel Labordeta levemente girado hacia un pensativo Francisco Carrasquer.
Sobre el atril, Siete domingos rojos, la novela elegida por la señorita Valvanera para el libro-fórum.

La mejor. La del Sender más ágil. Su primera mirada crítica hacia el modus operandi anarquista de la etapa republicana que lo llevó a buscar su sitio en el comunismo para terminar detestándolo y crear su propia rebeldía, siempre con los retales de sus desgraciados recuerdos.


Silencios. Los mismos silencios del Ramón doliente, jamás recuperado del asesinato del hermano y la esposa, Manuel Sender Garcés y Amparo Barayón.

A Manuel Sender Garcés, el amado hermano, abogado de 31 años, miembro de Izquierda Republicana, que había sido alcalde de Huesca en dos ocasiones, lo fusilaron los fascistas el 13 de agosto de 1936, junto a Mariano Carderera, alcalde en ejercicio, Mariano Santamaria, teniente de alcalde y Miguel Saura Serveto, cenetista benasqués. Una lápida, colocada el 14 de abril de 2003 sobre la fosa compartida, los recuerda


Silencios. Exilio. Recuerdos rotos de aquella Amparo, exultante, de los años treinta, trabajadora de Telefónica, experta mecanógrafa y ágil pianista a la que ronda Ramón en 1931 y que le sería arrebatada el 11 de octubre de 1936.

Silencios. Exilio. Crepita el dolor en las entrañas. Se inflama. Arde. Se eternizan las llamas. Se suceden los libros. Dolor. Charlas. Amargura. Libros. Conferencias. Dolor. Dolor.


Y entonces dijeron que venía. Venía a España. Venía a Huesca. ¡Venía a Huesca! Sender regresaba a su tierra. Daría una conferencia en el Centro Cultural Genaro Poza.

Ramón José Sender llegó a Huesca en domingo, el 2 de junio de 1974. Impuso una condición: que se depositara un ramo de flores sobre la fosa donde se sabía que reposaban los restos de su hermano Manuel. Idas y venidas de los organizadores. Miedo. Sender firme. Sólo irá a Huesca cuando la tumba de su hermano sea señalada con un ramo de flores. Miedo. Cuchicheos. Y Manuel Sender Garcés, vilipendiado, asesinado y sepultado en el obligado olvido, obtuvo su ofrenda floral. Ramón José Sender se asomó a la ciudad que tanto le dolía y desgranó sus recuerdos de un verano -de hace tanto, tanto, tanto tiempo- pasado en el Pirineo.


Mora Sender entre los cromáticos muros del ala aragonesa de la Biblioteca del Barrio, donde sisean las hojas y susurran los seres retratados. Sobre el atril, el libro. Y un grupo de sombras que, en silencio, caminan hacia la puerta dejando tras de sí recuerdos y penumbra.




Dicebamus hesterna die…

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