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Archive for 22 abril 2014

“Puente (de) Tablas”: Archivo personal

 

Desciende el errabundo urbano la angosta rúa que guía, en respetable plano inclinado, los pasos apretados, extramuros, hasta la orilla izquierda del canalizado, ensuciado y, a ratos, maloliente Isuela. Paralela al río, en manso recorrido bordeado de césped, la vieja acequia árabe de Almériz que, durante cientos de años, propició las fértiles huertas ribereñas  —iniciadas por los moriscos—  hoy transformadas en Campus Universitario y donde crecen, jóvenes y maduras, las especies arbóreas que arrullaron siglos de miradas: Membrilleros, granados, olivos, algarrobos, álamos, sauces, higueras, almeces…

Más allá, uniendo los dos adarves que encajonan las encenegadas aguas del río Isuela, la pasarela. El Puente (de) Tablas, pulidos sus barandales herrumbrosos, renovado el firme podrido; recolocado no lejos de su asentamiento primitivo, donde lo vislumbrara y pintara al óleo, a principios del siglo XX, el exquisito y desdichadamente olvidado Félix Lafuente, amigo y maestro de Ramón Acín. Y al otro lado del histórico puente, reinando en la rotonda que circunvalan obligatoriamente los vehículos ahuyentados por la peatonalización del centro de la ciudad, el conjunto escultórico dedicado a Lucas Mallada.

Lucas Mallada, geólogo paleontólogo. Ilustre y con tal animadversión por la notoriedad que no sólo declinó ocupar un ministerio y la alcaldía madrileña sino que pidió a los suyos que, a su muerte, los funerales se celebraran en la intimidad familiar.

Lucas Mallada, amigo de Costa. Influyente, apreciado en su época y, en idéntica proporción, desconocido hoy, de tal manera que «si preguntamos a cualquier estudiante de Huesca o Zaragoza por Lucas Mallada, le pondríamos en un aprieto. ¿Quién fue Lucas Mallada? Pocos le conocen. Sin embargo, fue el pionero de la geología moderna española y el precursor del renacer científico y regeneracionista de finales del XIX»[1]

 

En 1925, a unos cientos de metros de la rotonda donde la ciudad de Huesca le rinde hoy tributo, se inauguraba la primera obra escultórica dedicada a Mallada. Era la prístina creación por encargo del maestro entre maestros, Ramón Acín, que labró en el frontal de la piedra arenisca sus sentimientos hacia el homenajeado: A Lucas Mallada, sabio geólogo. Huesca, su patria.

Décadas después, la obra de Acín se instalaría definitivamente en el parque, al otro lado de la ciudad, en un rincón discreto, tanto que, durante años, fue la zona donde se concentraban los estudiantes del entonces único instituto de Huesca cuando hacían novillos. Algunos repararon en el cincelado rostro representado en bronce; pocos, más curiosos o desocupados, en su nombre. Ninguno en la desvaída firma del artista libertario oscense fusilado.

 

Retoma el errabundo urbano el puente y el camino de tierra junto a la acequia de Almériz. Asciende, ágil, a la travesía donde desfallece la muralla romano-musulmana. Se detiene y torna el rostro hacia el Campus y el río. Hacia el norte de la sierra y los montes pirenaicos recubiertos de nieve. Aspira los aromas húmedos que se desprenden del soto mezclados con el aliento del asfalto. Y luego continúa hasta perderse entre las callejuelas inclinadas del Casco Viejo.


[1] Javier Gómez, en al artículo titulado: Lucas Mallada, el geólogo que intentó reformar España.

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“Contemplación”: Archivo personal


Pasa Meterete, la cigüeña, con su fardo de ramajes, sobre la chiquillería gozosa que corretea por la Femera Cosme. Vuela sobrecargada, a baja altura, hacia el nidal del azud, que recompone y acicala durante toda la primavera. “Se va a estampar”, dice una chiquilla cuando el ave remonta con dificultad la barrera de encinas que la separa de la plataforma donde se halla el nido.

Sobre el verdegal se deslizan los cuerpos infantiles en jolgorio mañanero que revitaliza al viejo Barrio recién despertado de los ocres invernales. Acarician las primeras mariposas los pétalos de las margaritas noveles y discurren las mariquitas entre pueriles manos mientras Yaiza, con la correa bien sujeta a la pata ferrosa del banco, observa a las robustas palomas que rebuscan entre la hierba las palomitas de maíz arrojadas por los niños.

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“Escalera”: Francisco Hernández (Paco)


Para la parlamentaria del PP en las Cortes de Aragón, María Teresa Arciniega Arroyo, la defensa de la Escuela Rural no deja de ser un empecinamiento irrazonable y pueblerino de quienes se hallan “anclados en el pasado sin ver cómo evoluciona la sociedad”. Según se desprende del despectivo alegato de la política, el apoyo a la enseñanza en el medio rural desemboca en una especie de demoledor efecto pardal: Criaturas abocadas al cazurreo y con una perturbadora querencia por su entorno. Ciérrense, pues, por higiene social, las escuelillas aldeanas y sálvese a los menores de ese asfixiante ambiente de ceporros, ovejas, vacas y aburridos sembrados que comprende el 80% del territorio aragonés. Vendan las familias los frutales, motocultores y campos y arriben a la ciudad, garante de mentes despiertas, e instalen a sus descendientes en reconocidos colegios privados y/o concertados donde, no sin esfuerzo, se les desprenderá de su rústica costra para que puedan ser hombres y mujeres de provecho. Como María Teresa Arciniega Arroyo, diputada nacida en la gran metrópoli de Guadalajara y entusiasta faltona.





Dicebamus hesterna die…


ADDENDUM, 15 de abril: Arciniega se disculpa por utilizar “un vocablo que no fue bien entendido.

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Giróvagos

“Landstreicherin”: Archivo personal

 

Cuando Iliane, Ana y Étienne enfilan el carril-bici de la avenue des Minimes, ya se halla Katiuşa  con el cupo de turistas alemanes a su cargo  junto a la vieja noria de agua del Jardín Claude Nougaro, al lado de la Casa de España, retrocediendo al pasado del hoy populoso barrio de Toulouse, cuando en el actual trazado de modernos bloques y encantadoras casas toulousaines[*], se extendía el colorista reino de los horticultores que regaba el Garona y curvaba el Canal de Midi.

Gorjea el parque, envuelto en efluvios de jazmines y violetas, emulando al desaparecido cantor Nougaro, gloria permanente de la orgullosa ciudad occitana, y se internan guía, alemanes y ciclistas en la floresta, rozando con la vista el monumento en bronce sobre piedras esculpido por el expatriado Joan Jordá a la memoria de los exiliados españoles.

Veinte minutos después de cortas zancadas bajo la rutilante esfera solar que hace ascender la temperatura hasta los 22º, muestra Katiuşa a los incansables teutones las mansas aguas del puerto de l’Embouchure, con las barcazas meciéndose arrítmicamente junto al empedrado embarcadero que vigilan los Ponts-Jumeaux.

Al atardecer, con los alemanes recogidos en su hotel de la rue Héliot, abre Katiuşa la ventana   la que da a la place d’Arménie  de la salita de la casa de la Hermana Marilís, y escapan, traviesas, las notas del Cumpleaños Feliz desde el violín de Étienne. Y ríen Ana e Iliane mientras Marilís rasga, complacida, los papeles cromáticos que envuelven los regalos traídos del otro lado de los Pirineos.


[*] Son casas tradicionales de trazado simétrico, de planta baja y construidas, mayormente, con ladrillos rojizos; con una puerta central y una o dos ventanas a cada lado, generalmente resaltadas. Poseen, además, una moldura que marca la separación entre el techo y el hueco abuhardillado bajo el tejado. Antiguamente, eran las viviendas de los hortelanos que trabajaban en lo que hoy es el barrio des Minimes.

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