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Archive for 28 julio 2014

“ὄνειρος”: Archivo personal


Abríase la pista forestal entre carrascas  —en sinuosa ascensión que las balizas amarillas proclamaban sencilla—  hasta el imponente megalito de la Siureda, desbrozadas sus inmediaciones del enmarañado follaje que preservó el dolmen de la curiosidad humana hasta la década de los ochenta, a pocos metros de la atalaya medieval de Bel Œil, que un día miró, desafiante, los 1256 metros del pico Néoulous, guardián asilvestrado de la llanura del  Roussillon.

Pugnaba inútilmente el Sol por rozar las formas humanas que, sentadas en semicírculo, engullían los sándwiches que, unas tres horas antes, habíales preparado la maternal Mme. Faure, dueña de la casa de huéspedes de Maureillas; la misma Mme. Faure que, siete años atrás, les había presentado a la afectuosa Colette Marlot  née Colette Durruti—  la hija del célebre anarquista herido de muerte en la Ciudad Universitaria de Madrid el 19 de noviembre de 1936 y fallecido al día siguiente.


Pueblan los sueños el bosque de alcornoques que declina hacia Maureillas-Las Illas; se acallan las conversaciones y sólo los pájaros amenizan, con su locuacidad cantarina, el manso sesteo vigilado por los insectos.

Revolotea el sopor en los ojos entornados de los onironautas que, recostados contra las mochilas, se dejan acunar por el mismo aire humedecido que bambolea las copas aparasoladas de los árboles.

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“The Memory Of The Kids II”: Mirko Barone


Halt!

Recorro el camino que recorrieron 4 000 000 de espectros.
Bajo mis botas, en la mustia, helada tarde de otoño
cruje dolorosamente la grava.
Es Auschwitz, la fábrica de horror
que la locura humana erigió
a la gloria de la muerte.
Es Auschwitz, estigma en el rostro sufrido de nuestra época.
Y ante los edificios desiertos,
ante las cercas electrificadas,
ante los galpones que guardan toneladas de cabellera humana,
ante la herrumbrosa puerta del horno donde fueron incinerados
padres de otros hijos,
amigos de amigos desconocidos,
esposas, hermanos,
niños que, en el último instante,
envejecieron millones de años,
pienso en ustedes, judíos de Jerusalén y Jericó,
pienso en ustedes, hombres de la tierra de Sión,
que estupefactos desnudos, ateridos
cantaron la hatikvah en las cámaras de gas;
pienso en ustedes y en vuestro largo y doloroso camino
desde las colinas de Judea
hasta los campos de concentración del III Reich.

Pienso en ustedes
y no acierto a comprender
cómo
olvidaron tan pronto
el vaho del infierno.

(Auschwitz-Cracovia, 21 de octubre de 1979.- Luís Rogelio Nogueras.)

…y así cruzan, silentes, la muerte y el destrozo. Se amontonan cadáveres, ruinas y palabras en las páginas vivas de la historia repetida.
En el trajín cotidiano se alza la barbarie en amorfas bocanadas de humo renegrido.
Auschwitz. Gaza.




Dicebamus hesterna die…

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Dríades

“Entre el gentío”: Archivo personal


Amaia e Iliane.

Aburríase el niño Neptuno petrificado encaramado en el pedestal de la plazuela pamplonesa, ataviadas sus pueriles hechuras con las huellas del tiempo.

Devenía el jolgorio alrededor de los caños de la fuente con sus pilones semicirculares circunvalados y hollados por un paciente ojeador cuya mirada deambulaba sobre la bullanguera arroyada humana que discurría, sin prisas, por el cauce pegajoso del empedrado.

Y, entonces, avistolas el mortal acompañante del diosecillo marino. Allí estaban —ninfas varadas entre el gentío móvil— con sus sonrisas invadiendo jubilosamente el pentaprisma de la cámara.

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“Water fountains show in Salou”: Hanan Cohen


A Salou se la conoce en Huesca  con esa retranca que tanto desquicia a Agnès Hummel, la amiga de la señorita Valvanera  como Playa del Coño. «¡Coño, Fulanita, tú por aquí…!» o «Coño, Menganito, ¿estás en algún hotel o has alquilado apartamento?», son las habituales salutaciones entre los veraneantes oscenses que terminan juntándose, toalla adosada a toalla, o en las heladerías y bares de la zona de Carles Buigas, a última hora de la tarde, o torciendo el gesto ante los productos cárnicos u hortícolas de cualquier supermercado.

Qué mala pinta tiene esa carne. Está descolorida y huele como si la hubieran sumergido en agua jabonosa.
Y eso de ahí, ¿son cerezas o tomates? ¡Vaya género!

[…]

La señorita Valvanera y Agnès Hummel  a quienes gusta poner una pica en la Costa Dorada antes de iniciar su periplo de estío por Europa suelen alquilar un apartamento en primera línea de playa en uno de esos complejos con ínfulas donde un conserje uniformado y con tan mala leche como acento de país del Este controla e intercepta a las visitas como si en el edificio se estuviera celebrando la reunión veraniega del Club Bilderberg.

Las señoras del 32B no están, anuncia.
Ya lo sabemos. Nos han dejado la llave del apartamento para que subamos la compra.
No pueden subir. Ustedes no son usuarios. Tienen que hablar con la encargada para acceder al apartamento.
Oiga, que tenemos la llave. Que sólo vamos a dejar estas bolsas de comida.
No pueden subir.
Oiga, mire, voy a telefonear a las señoras y ellas le dirán que tenemos permiso para subir al apartamento a…
No puedo dejarles subir. Hay que pagar un suplemento por cada persona de más que se instala en el apartamento.
¿Pero cómo vamos a pagar un suplemento por dejar la compra?

La encargada, una mujer de poco más de treinta años, altísima, rubicunda y lechosa, da su venia  tras cerca de diez minutos de toma y daca y una charla telefónica con Agnès Hummel—  para que, en compañía de otro empleado, accedan a las plantas superiores, no sin advertirles por dos o tres veces que, si pernoctan en el apartamento, deberán pagar, por adelantado, doscientos cinco euros por cada noche de estancia más cincuenta céntimos de euro por persona en concepto de impuesto municipal, amén de una fianza de ciento setenta euros reembolsable una vez desalojen el apartamento. “Por si se produjeran desperfectos”, añade. “Son las normas”.

[…]

En el restaurante de María Dolores, una mancharrealeña simpatiquísima que lleva más de cuarenta años en Salou sin haber perdido el deje andaluz, los camareros hacen equilibrios con las exquisitas raciones de paella de marisco que son el reclamo y marca de la casa. El grato aroma hace olvidar, incluso, el ambiente abrasador del local donde un par de ventiladores colgados del techo se esfuerzan en remover el aire denso, húmedo y salinizado.

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“En el azud”: Archivo personal


Se hunde la tierra, impregnada todavía de las humedades noctámbulas, bajo los pies desprotegidos que trepan por la leve inclinación del terraplén que apuntala el muro septentrional del azud, al otro lado de la pedrera del barranco donde una tupida maraña de ramajes conforman la falsa cueva que utilizan los murciélagos como reposadero diurno. Elévanse enredados barzales que se dejan caer, indolentes, sobre el agua quieta y parda que espera, gélida, en la penumbra impuesta por un Sol perezoso que remolonea sobre el tozal.

A la derecha, el sauce solitario y erguido marcando el recoveco que, junto a su tronco, abre la floresta al arrojado madrugador que se desliza, entre arañazos de zarzas, hacia el agua.

Se paraliza la sangre y se arquea el corazón con las primeras brazadas; lacera el agua los poros y baquetea los músculos mientras la voluntad impele el cuerpo entre el congelado fluido y huyen las zapatetas[*] a la orilla. Cientos, miles de púas parecen aguijonear las células humanas en cada avance. Y, de repente, retoma la sangre el recorrido; el corazón, su cadencia; se hacen las brazadas menos agresivas y acuna el agua coloreada por el Sol el cuerpo desnudo y distendido.

En el azud, amanece.


[*] Nombre aragonés de los insectos acuáticos conocidos como “zapateros”.

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“Nocturno”: Archivo personal


A poco más de media hora del comienzo de la función, se escucharon los primeros golpes del granizo sobre el conglomerado de pizarra. Tornose el azul aciano del cielo en índigo mientras cientos de grumos inmisericordes, zigzagueantes y congelados lapidaban el Barrio en brutal tamborrada durante siete minutos  quizás ocho—.

Cuando expiró la arremetida atmosférica, el fenomenal cartel enmarcado en listones de cerezo  apenas protegido bajo la marquesina de la entrada—  que anunciaba la obra, ya sólo era un guiñapo colgante que la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio terminó de desprender entre dicterios dedicados a una fuerza invisible o, quizás, a sí misma, que durante cinco años lo había preservado en su embalaje original en forma de tubo.

Aquel cartel de 1’30×90 en papel satinado, con un fondo en tonos verdosos y pardos resaltando la imagen de un rinoceronte paticorto con el nombre del dramaturgo franco-rumano impresionado, en letras góticas doradas, en su parte superior, había formado parte de una remesa de cien —editados en Rumanía— que Marie-France Ionesco había obligado a desechar porque el nombre de su padre, Eugène Ionesco, había sido transcrito en su forma rumana —Eugen Ionescu— aquel otoño del 2009 en que se celebraban diversos actos para conmemorar el centenario del nacimiento del escritor. Ella misma, cual diosa omnipresente, había supervisado cada evento para evitar que Rumanía, país de origen de su progenitor, ondeara la nacionalidad balcánica del literato en detrimento de la francesa. «Estoy harta de que se exhiban los orígenes de mi padre. Él era francés; escribió en francés y vivió en Francia. Rumanía no tiene derecho a celebrar el centenario de mi padre como si de un compatriota se tratara. Que lo celebren si quieren, sí, pero como autor francés».

Igual tiene arreglo. Lo extendemos y, cuando se seque, se nos ocurrirá algo, le susurró María Petra de [Casa] O Galán, directora de la versión adaptada de Rhinocéros, a la veterinaria, responsable de la iluminación y efectos especiales de la obra, cuando ya la sala empezaba a llenarse de público.


[A las ocho y media de una tarde prematuramente oscurecida, con los restos de la granizada blanqueando calles y jardines, se apagaron las luces, se iluminó la pantalla blanca y se vislumbraron tras ella las siluetas sombreadas de los dos personajes que iniciaban el primer acto. Cerca de la tarima del escenario, fuera de las miradas del público, tres inmensos rinocerontes recortados en grueso cartón ondulado aguardaban, en el suelo, su turno de aparición.]

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