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Archive for 25 julio 2015

“Cerca del agua”: Archivo personal


Pese a que las piscinas de la Huerta Blanquiador no se abren al público hasta las diez, a las nueve y media las dos amigas de la señora Benita ya han dispuesto sus tumbonas junto al muro de hiedra del norte, cerca de la zona de bar. Llevan haciéndolo desde hace tres veranos, cuando la señora Benita se autoproclamó supervisora de barra y dispuso que sus dos amigas accedieran libremente a las instalaciones sin más trámite que un “nosotras no nos sacamos el bono porque sólo estamos aquí para acompañar a Benita”, transformado convenientemente en el presente en “ay, la pobre Benita, que en gloria esté… Aún me parece verla sentada allí mismo”. Y, entre tanto pesar, ni bono de temporada ni ticket de un día ni pago de las limonadas y la bolsa de patatas fritas que se toman, a mediodía, poco antes de marchar a sus casas para regresar sobre las cinco  a pasar la tarde, que estos calores…—  instalándose entonces en la zona umbría de pinos donde se ubica la biblioteca móvil, saboreando sendos helados de crocanti  que sólo en contadísimas ocasiones abonan—  y mentando a su amiga difunta cada vez que alguna de las Tejedoras[1] trae a colación el precio irrisorio del bono especial para la tercera edad. “Ay, ay, ay, la pobre Benita, que en gloria esté”.


[1] Nombre que reciben, en el Barrio, las componentes de la Asociación de Mujeres.

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“Oroel desde Ayés”: Archivo personal


Aqueras montañas
tan alteras son,
no me dixan bier
os mios aimors.


Dejaba el calabobos su huella refrescante en los cuerpos pigmentados de estío y un envolvente aroma a pino musgoso, a enebro, a pastura y oveja; a leche de cabra, ajo, pan turrado, babilla, brasa y humo.


[…]Dezaga d’ixas boiras
os n’iré a escar
y crebando as mugas
con yo en tornarán.


Enfrente, la mágica montaña, entre boiras, absorta en el tiempo consumido, con el legendario dragón mimetizado en el conglomerado y las desentrenadas fauces entreabiertas componiendo fuegos imposibles que quizás otea el águila real, inmune al sirimiri, emperatriz solitaria en las alturas.


Si canto, yo que canto,
no canto ta yo.
Canto t’a mia amiga
que ye’n ixos mons.
Aqueras montañas


“Aquellas montañas / que tan altas son / no me dejan ver / a mis amores. //[…] Detrás de esas nieblas / los iré a buscar / y rompiendo las fronteras / conmigo volverán. // Si canto, yo que canto, / no canto para mí. / Canto para mi amiga / que está en esos montes”.

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“El gato de la basa”: Archivo personal


El primer libro-fórum organizado por Las Tejedoras —Asociación de Mujeres del Barrio— se celebró quince años atrás, en el espacio cedido por el señor Anselmo a la Asociación de Cultura Popular.

Dos semanas antes había sido depositada en el cementerio la urna con las cenizas de Servando Altemir (1912-2000), hijo del Barrio, emigrante en Barcelona, militante del POUM y exiliado en Francia desde 1938. Viudo y sin hijos, Servando mantenía una estrecha comunicación epistolar con el señor Anselmo desde finales de los cincuenta y, unos meses antes de morir, había confirmado su asistencia a las Jornadas Culturales del Barrio para dar una charla sobre sus avatares, como miliciano poumista, en la Sierra de Alcubierre. Las Tejedoras, en contrapartida, pensaban regalarle un curioso libro, con dos cuentos inéditos de Joaquín Maurín, prologado por el propio hijo del antaño dirigente del POUM, y recién publicado por el Instituto de Estudios Altoaragoneses.

Fue el mismo señor Anselmo quien propuso convertir en libro-fórum la imposible charla de su amigo Servando, utilizando para ello el obsequio destinado al difunto. Y así fue como ¡Miau! Historia del gatito Misceláneo, un conjunto de relatos protagonizados por un gato de la cárcel de Jaca, escritos en dicha prisión entre el 1 de marzo y el 10 de abril de 1937 por Joaquín Maurín Juliá —cuando todavía no había sido reconocido por sus captores y se hacía llamar Joaquín Julió Ferrer, de profesión traductor— volvió a triunfar en público sesenta y tres años después de haber sido ideado.


«(…)Había en la prisión un gatito que nadie sabía de dónde había salido, ni cómo había entrado. Caridad[1] le dio el nombre de Misceláneo. Todos lo querían, pero no sé por qué me demostraba una cierta preferencia. Los demás presos le llamaban ¡Misceláneo! ¡Misceláneo!, pero Misceláneo no hacía caso. Pero si era yo quien decía ¡Misceláneo! venía a mí, se dejaba acariciar y se ponía a ronronear. Por la noche, cuando estábamos acostados, saltaba por encima de los demás hasta que me encontraba a mí…

¿Cómo no agradecer a Misceláneo esa demostración de afecto?

Decidí escribir sobre Misceláneo. Pensé que quizá la lectura podría interesar a Mario[2].

Escribí la biografía. La ilustró Julio Sánchez, pintor de brocha gorda; fue puesta a máquina y encuadernada. Título: ¡Miau! Historia del gatito Misceláneo.

Creo que después de la Historia de San Michele, el libro cuya lectura tuvo más éxito en la prisión fue la biografía de Misceláneo…».- Extraído del libro Cómo se salvó Joaquín Maurín, de Jeanne Maurín.


[1] Caridad Olalquiaga.
[2] Mario Maurín, hijo de Joaquín.

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“Río Guatizalema”: Archivo personal


Siete kilómetros abajo, por sendas imposibles donde se entrecruzan rocas de arenisca, huertos, acequias colmadas y barzales, el Guatizalema; aguas calladas que avanzan lentamente acompañando los pies desnudos reafirmados entre guijarros que, apenas a diez pasos, se agitan y se hunden engullidos por la poza.

Wādī Salama[1], llamóse el río cuando formaba parte de la kora[2] de Wasqa, en la al-Tagr al-Aqsa[3] de Al-Ándalus del Norte; Matapanizos, le decían, furiosos, los agricultores ribereños de La Hoya cuando el estiaje disminuía tanto el humilde caudal que asfixiábanse, deshidratados, los sedientos campos y huertos de sus orillas.

Baja el Guatizalema, tranquilo y sin pretensiones, desde la Sierra Gabardiella, combinando ora escarchadas ora erizones, embarrancándose, embalsándose y abriéndose, con sus aguas casi siempre mansas deslizándose hasta el tumultuoso Alcanadre, que lo acoge para recorrer juntos el tramo que desagua en el Cinca y, después, en el Ebro.

Queda lejos muy, muy lejos el mar.


[1] Literalmente, “Río de los Salama”, en referencia al linaje Banu Salama, gobernadores de Wasqa (Huesca).
[2] División territorial de Al-Ándalus.
[3] Literalmente “Marca o frontera extrema”, que era el nombre que recibían las divisiones administrativas y militares de Al-Ándalus del Norte.

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“Caminera”: Gorka Zarranz Fanlo


Recién descendido del land rover inicia Juaquín de [Casa] Foncillas el primer silbido largo; antes de que el tercero se una a los sonidos habituales del monte, se agrupa la yeguada, se organiza y, con Sevil, la yegua Hispano-bretona, puesta en cabeza, avanza la manada, en sorprendente hilera, dejando atrás el vallecillo que protege el cabezo y ascendiendo, sin prisas, por la ladera que lleva al irregular camino de tierra donde la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio maniobra el vehículo hasta encararlo en dirección contraria a la de ida.

Alcanzan los animales el vehículo y, sin apenas deshacer la formación, continúan avanzando. Juaquín y la veterinaria palmean las grupas a modo de saludo mientras la pequeña, de la mano de Étienne, contempla, fascinada, la lenta marcha de los equinos de monte. “¡Caminera! ¡Caminera!”, grita la niña mientras pugna por desasirse de la mano que la contiene. Caminera, la yegua Burguete, roza, cariñosa, el brazo de la veterinaria que, disimuladamente, le pone en la boca dos trozos de pan. “¡Caminera! ¡Caminera! ¡Yo quiero ir montada en Caminera!”. “Ahora no, pequeñota. Cuando bajemos las yeguas al camping daremos una vuelta con Caminera, ¿vale?

Marcha Juaquín a pie, junto a los animales; le siguen en el land rover la veterinaria, Étienne y la pequeña. Van despacio, con el primer Sol matutino acomodando sus rayos.
A pocos metros, delante del vehículo, remolonea Caminera que, aun sin perder el paso de sus compañeras, se detiene de tanto en tanto y vuelve la cabeza como para cerciorarse de que el vehículo y sus ocupantes siguen ahí.


Esta potrilla no es para el mundo”, se lamentaba el abuelo [de Casa] Foncillas cuando, apenas una hora después de su nacimiento, se descubrió que la recién nacida estaba afectada de ictericia hemolítica. ”La sacaremos adelante”, le animaba, con convicción, la veterinaria pese a no tener mucha experiencia en el tratamiento de enfermedades caballares. “Vamos a criar la mejor caminera de la yeguada”. La alimentaron a biberón, con calostro de otras yeguas, leche de cabra y dosis suficientes de plasma por vía intravenosa. Dos meses después su peso y su alzada eran similares a los de otros potros que habían nacido sanos.
Y la llamaron Caminera. De eso hace ya cuatro años.

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