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Archive for 26 septiembre 2015

“Stand by”: Archivo personal


Cuando la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio comunicó que la señorita Valvanera regresaría de México —donde ha pasado unos meses invitada por Luis, el exmosén— el treinta de septiembre, las bachilleras invadieron la casa de su antigua maestra armadas de cepillos, fregonas, bayetas, limpiacristales y otros adminículos de limpieza y avisaron a Emil, el manitas, para que revisara el tejado y acondicionara el tiro de la chimenea.

Las bachilleras fueron, a principios de los sesenta, cuando la señorita Valvanera tomó posesión de su plaza en la Escuela del Barrio, sus alumnas mayores; todas a punto de abandonar la escuela para marchar a servir o trabajar de dependientas en la capital o para quedarse en casa ayudando en las labores agrícolas. La señorita Valvanera, entonces joven pero con la misma firmeza de carácter que ahora, reunió a las familias de las muchachas y les dijo que ninguna de sus chicas, independientemente del trabajo a que se dedicara en el futuro, dejaría los estudios sin haber obtenido el título de Bachiller Elemental. Y a esa tarea se aplicó con aquellas jovenzuelas de doce, trece y catorce años a las que preparó con mimo y entusiasmo para que se examinaran por libre en el instituto de la ciudad.

Trini, Presen, Maruja y las ya fallecidas María Cruz e Isabel, fueron la prístina tanda de bachilleras del Barrio y el primero de los muchos pulsos que echó, y casi siempre ganó, la maestra al convencionalismo pueblerino. Era, dicen, al igual que ahora, tan convincente en sus planteamientos y tan implicada en todo lo relativo al Barrio, que las gentes del pueblo  salvo Pascualita, la Gripia, que la odiaba con ganas—  llegaron a no tomar en consideración algunas peculiaridades de la profesora que, en otras circunstancias y teniendo en cuenta la época, le hubieran acarreado consecuencias negativas. Porque la señorita Valvanera, aquella joven desgarbada que gastaba un hablar dulce incluso cuando discutía, vestía, normalmente, con pantalones, entraba en el bar  donde ninguna otra mujer del Barrio lo hacía, salvo para limpiar, se bañaba en el río con un pecaminoso dos piezas, se paseaba del brazo de Anselmo, el anarquista, y sólo pisaba la iglesia en las grandes celebraciones, cuando su ausencia hubiera sido casi una afrenta para el Barrio, aunque nadie, ni siquiera en esas ocasiones puntuales, la viera acercarse al confesonario o a comulgar.


La casa de la señorita Valvanera, vacía desde febrero, se airea con ventanas y puertas abiertas al otoño mientras el patio muestra, todavía, vestigios de la primavera.
Hay, aún, en la cocina, un ligero olor a limpiador de pino y a bolsitas de lavanda.

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“Degustación”: Archivo personal


La noche del vigésimo segundo cumpleaños de Iliane, Javier Krahe, Brigada del Vizio, Léo Ferré, La Polla Records, Chicho Sánchez Ferlosio, Los Muertos de Cristo, Envidia Kotxina, Asto Pituak y Georges Brassens se turnaron, en ecléctica y extravagante armonía, para entretener, no sólo a los asistentes al evento de la bajera, sino a media urbanización de Zizur hasta pasados bastantes minutos de la medianoche, cuando, servidos ya los sorbetes de limón y albahaca, escasamente quedaban restos de los mejillones escabechados, del risotto de setas y trigueros, de la ensalada de patata y salmón, del hojaldre relleno de mousselina de bacalao, del lomo de novillo en salsa de manzana y de la tarta de chocolate realizados en la recién estrenada cocinilla de butano cuya revisión había sido pasada sin problemas  setenta euros costó el visto bueno oficial—  esa misma mañana.
Antes de las cinco de la madrugada, entre cuchicheos y risas contenidas, la bajera había recuperado su aspecto habitual.

Siete años atrás el local fue una perfumería de relumbrón que apenas resistió seis meses abierta, con un coqueto mostrador acristalado montado sobre dos columnas de yeso estriado  reconvertido ahora en barra de bar, las paredes en tonos pastel degradados, con baldas de pladur más oscuras y, en la trastienda  un pasillo estrecho con estanterías de palets—  un diminuto aseo de dos piezas. Todo en tan magnífico estado de conservación que, cuando la pandilla de Iliane decidió alquilar la bajera como local privado, sólo hubo que hacer una derivación de la cañería del agua para colocar un fregadero, un grifo y una encimera con un par de armarios.

Un gran sofá rinconero recuperado, una mesita baja, un viejo sillón con orejeras, dos taburetes de bar, cinco sillas desparejadas y pintadas de negro y un tablero sobre dos caballetes donde reina un caldero pequeño de cobre con un ramo de apretados cardos, conforman el mobiliario.

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“Melodia”: Victor Bezrukov


Pero… ¿cómo que taratatá, taratatá…? ¿Y dónde tenéis las partituras?”, se desespera Óscar, novio de Madalina y aspirante a saxofonista de la charanga. “¿Partituras…? ¿Y no te arreglas si te damos los acordes…? Mira, aquí la mayoría toca de oído”, le explica Emil, percusionista y líder de la banda conocida en el Barrio, entre bromas y veras, como Charangueta Fara, en alusión a la leyenda Fara dumnezei. Fara stapani[1]— serigrafiada en las camisetas negras que llevaron a modo de uniforme en todos los pasacalles de las fiestas de agosto de hace cuatro temporadas.

Aquella primera semana de julio de 2011 todos los miembros de la charanga se desplazaron a Rumanía invitados por una fanfarria de Iași con la que habían compartido actuación callejera el verano anterior en varias localidades monegrinas. Su segundo día en la antigua ciudad moldava coincidió con una asamblea de la Federación Anarquista Rumana cuyo final amenizaron con todo su repertorio festivo, incluida su descacharrante versión de Paquito Chocolatero, y en la que les regalaron las camisetas que, sin ellos proponérselo, terminarían por ser su seña de identidad musical en el Barrio.

Venga, Óscar, que nos conoces y nos llevas escuchando la tira… Tú te haces las notaciones que mejor te parezcan y nos sigues. Que no se trata de dar un concierto sino de pasarlo bien, hombre”, insiste Emil.

Al frontón —donde la charanga improvisa sus ensayos algún sábado por la tarde, cuando el buen tiempo y el concurso de sus nueve miembros lo hacen factible— acuden, como si de una verbena se tratara, tres o cuatro abuelas marchosas, los ociosos de costumbre, un par de madres entusiastas, algunas amigas y amigos de los músicos y parte de la chiquillería autóctona, que escuchan, bailan, opinan, cantan y sugieren hasta que los sones de la Fara se apagan; entonces, como si del final de una gran gala se tratara, aplauden complacidos.



[1] En Rum., Sin dioses. Sin amo.

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