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Archive for the ‘El gato en la atalaya’ Category

“El Batallador y la Ansotana”: Archivo personal


Cuando, por una esquina, aparece ella, l’Agüeleta, vara en mano, retorna la niñez en esa repetitiva coplilla, provocativa, zumbona y añosa, de cada festejo laurentino: “¡Agüeleeeta, cabeza de mosqueeeta!”. Y ella, la cabezona de pañolón negro, corre, bamboleante, hacia las voces, agitando su vara contra la chiquillería que huye, entre chillidos y risas, y se esconde tras las distorsionadas figuras macrocéfalas del Agüelo, el Negrico, el Inglés y el Señorito, ágiles cabezudos que preceden, junto a los saltarines Caballicos, a las colosales —entre 4’30 y 4’60 metros— efigies de los gigantes: La Ansotana, la Fragatina, Pedro I y Alfonso el Batallador.

Desde 1663, e ininterrumpidamente, la Comparsa de Gigantes y Cabezudos recorre el agosto festivo de la ciudad moviéndose a los sones de las gaitas, seguida e incitada por un público incansable que roza los ropajes que visten las familiares figuras y valora el esfuerzo y el entusiasmo de los miembros de la Comunidad Gitana de Huesca que, desde hace más de cuarenta años, ejercen de porteadores oficiales.

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“Tertuliario”: Archivo personal


A finales de mayo se colocó su fotografía en el mural de la biblioteca del Centro de Cultura Popular, bajo el retrato de Soledad Puértolas. La adquisición de sus únicas tres obras publicadas fue un empeño personal de la señorita Valvanera, la vieja maestra, que en la charla introductoria a la tertulia sobre la polifacética artista, la presentó como “la Katharine Hepburn de la posguerra española“, en palabras de Francisco Nieva; una mujer alta y rubia, refinada, inquieta, cosmopolita, actriz, modelo de Balenciaga, pintora naïf, modelista, artesana y, en sus últimos años, escritora. Nacida en Zaragoza, en 1929, fue una niña avispada y creativa que, con pocos años, ayudaba a su madre a construir belenes artesanales, muy apreciados por quienes los compraban por la minuciosidad de los detalles. Sus inquietudes la llevaron a Madrid, donde su tesón y su llamativa belleza la encumbraron en el teatro. Fue amiga de Carmen Martín Gaite y novia de Alfonso Sastre; actriz de carácter y protagonista en el teatro, secundaria en el cine y casi de plantilla en las representaciones televisivas de Estudio 1, donde todavía se la recuerda dando credibilidad a los personajes que interpretaba. Era tan conocido, en el mundillo de la farándula, su peculiar gusto por la estética poco convencional que, en las escenas de la almodovariana Tacones lejanos en las que intervenía, la ambientación y el atrezzo se conformaron con objetos de su propia colección. Falleció en Madrid, con 69 fructíferos años. Su finca de Torrelaguna la legó a la Ciudad-Escuela de los Muchachos.

Se llamaba María Ostalé Visiedo, aunque era conocida por su nombre artístico, Mayrata O’Wisiedo.

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“La salamanquesa del jardín”: Archivo personal


En el muro antiguo del jardín viven nuestros geckos”, le explica la pequeña Jenabou, ocho años, a una risueña Ona, diecinueve años, que se esfuerza por asimilar la lengua de su nuevo hábitat. “Bueno, son esgarrarropas[1]. En invierno había cinco hibernando juntas, pero dice mamá que ahora sólo hay tres. Les hemos puesto cerca una bombilla de luz blanca para atraer insectos y que se los coman. Como si fuera un restaurante para geckos, ¿verdad, mamá?”. “Verdad”, corrobora la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio. ”Y ahora que ya le has contado a Ona los secretos del jardín, ve a leer o a jugar hasta que sea la hora de la piscina”. “Pero ayer dijiste que iríamos al río, a bucear en la poza…. Y, además, en el río no hay horario y prometiste que nos llevaríamos apañijo[2] y carne empanada y comeríamos allí… Que quiero que Ona vea cómo me tiro desde la roca sin hacer tripada en el agua…


[1] En aragonés, salamanquesas.
[2] Id, ensalada.

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“8 de Marzo”: Archivo personal


«Hay gente que pregunta: “¿Por qué usar la palabra “feminista”? ¿Por qué no decir simplemente que crees en los derechos humanos o algo parecido?” Pues porque no sería honesto. Está claro que el feminismo forma parte de los derechos humanos en general, pero elegir usar la expresión genérica “derechos humanos” supone negar el problema específico y particular del género. Es una forma de fingir que no han sido las mujeres quienes se han visto excluidas durante siglos. Es una forma de negar que el problema del género pone a las mujeres en el punto de mira. Que tradicionalmente el problema no era ser humano, sino concretamente ser una humana de sexo femenino. Durante siglos, el mundo dividía a los seres humanos en dos grupos y a continuación procedía a excluir y oprimir a uno de esos grupos. Es justo que la solución al problema reconozca eso.» Del ensayo Todos deberíamos ser feministas, de Chimamanda Ngozi Adichie.


Antes de que Creszen —la más veterana de Las Tejedoras[*]— leyera, en aragonés, el Manifiesto de la Huelga Feminista del 8 de marzo, la señorita Valvanera puso el epílogo más emotivo a las Jornadas sobre Literatura Feminista organizadas por la Asociación de Mujeres del Barrio. Y lo hizo regresando a la niñez de muchas de las personas allí presentes, volviendo a contar, con esa voz suya que acaricia los tímpanos de sus oyentes, la historia de Margarita y las rosadas elefantitas del vallado de Rosa Caramelo, el texto de Adela Turin que, en italiano, porque todavía no se había publicado en España, supuso la primera entrada específica de Literatura Infantil No Sexista en la escuela de la localidad. Relató la vieja maestra jubilada cómo, a finales de los años 70, en un viaje a Roma, conoció a la ilustradora Nella Bosnia, que le regaló un libro infantil, Rosa Confetto, de cuyos dibujos era autora. A través de Nella conoció a Adela, la autora del texto, con la que se carteó y tuvo conocimiento puntual de los sucesivos libros infantiles fruto de la colaboración de escritora y dibujante, de los que siempre recibía un ejemplar cordialmente dedicado. Cuando la Editorial Lumen empezó a publicar en castellano los cuentos de las dos esforzadas italianas, la biblioteca escolar ya poseía una buena colección de textos y materiales coeducativos. Y concluyó: “Soy vieja. No lo digo con pesar. Soy vieja. Es evidente, ¿no? Pues escuchadme bien: Esta vieja a la que siempre habéis arropado y que se siente orgullosa de cómo habéis crecido y madurado, quiere confesaros algo… Y esto no está en el guión que me había preparado… No está. Bien. Confieso que soy feminista. Pero veo por vuestras caras que no os coge por sorpresa. Eso me alegra más. Muchas gracias.”


[*] Nombre que se da, en el Barrio, a las miembros de la Asociación de Mujeres.



ADENDA
Dicebamus hesterna die…

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“Pitanza”: Archivo personal


A las diez de la mañana del día anterior a la Nochebuena, ya estaba el bar del Salón Social con el aforo tomado por parroquianos, turistas y las dos parejas finalistas del Campeonato de Guiñote, con Josefo atendiendo a los habituales acodados en la barra y Olarieta yendo y viniendo, con las bandejas de cazuelitas de lasaña de verduras en imposible equilibrio, entre el personal aposentado alrededor de las mesas, y parte de los miembros de la Charangueta Fara amenizando, en el exterior, a quienes, en la Terraceta de los Fumetas, desafiaban la brisa gélida de la sierra entre rayos solares desdibujados e ineficientes.

Al otro lado de la calle, las encargadas del Mercadillo de los Encantes bailoteaban al ritmo de la música mientras montaban los caballetes para los distintos puestos y organizaban ropas de segunda y hasta tercera mano, restos de vajillas añosas, viejos pucheros de barro cocido, aguamaniles, baúles y un sinfín de objetos y trastos de antigüedad indefinida rescatados de falsas[*] y graneros y adecentados y pulidos a beneficio de Luis, el exmosén, y sus causas solidarias en México, país en el que vive y trabaja entre las personas más necesitadas, tras abandonar el sacerdocio y hacer suya la reflexión del exjesuita Freixedo: “Si ese Dios es mi padre, a mí que me borre de la lista de sus hijos”.


[*] En aragonés, desván, buhardilla.

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“Agustín del Correo, 1944”: Foto cedida


A finales de julio estuvo de visita en el Barrio el nieto de doña Maravillas, maestra que ejerció en el pueblo en el primer lustro de los años cuarenta.

No imaginaba el buen hombre qué se le avecinaba cuando, recién instalado con su mujer en la Casa de Turismo Rural, le confesó a Conchita, la encargada del establecimiento, que habían decidido pasar un fin de semana en la localidad porque su abuela, Maravillas, había sido maestra allí en la posguerra. A Conchita le faltó tiempo para comentarlo en el bar del Salón Social, donde suele jugar al guiñote el único hermano vivo de los Perreques, antiguos alumnos de doña Maravillas. El menor de los Perreques  81 años muy trabajados—  que,  junto con su hermano mayor y Agustín del Correo, ya fallecidos, habían sido el azote infantil de la profesora, se puso enseguida a disposición del nieto, avisó a tres o cuatro alumnos y alumnas más de doña Maravillas y a las imprescindibles Tejedoras[1] y, en menos de dos horas, ya se había planificado un homenaje póstumo a la maestra en la persona de Jesús, su nieto.

Al día siguiente por la mañana, la Charangueta Fara rondó a los foráneos mientras desayunaban, con parte del ya escaso alumnado de doña Maravillas, en el bar del Salón Social, antes de visitar el Museo de la Escueleta Vieja donde, hasta 1972, se ubicó el recinto escolar.

Jesús y María Luisa, su mujer, pudieron ojear algunos de los cuadernos, cosidos con cintas y bien conservados, de los años de doña Maravillas en la escuela, así como admirar el restaurado mobiliario escolar de la época y la puntillosa recreación de las dos aulas, la leñera, la letrina, el gimnasio y el despachico. Lo que más asombró a Jesús fue una repisa del despachico con una vara de almendro y un rótulo indicando A BARETA[2] DE DOÑA MARAVILLAS. Relató el pequeño de los Perreques que, dado que tanto él como su hermano y su amigo Agustín del Correo no dejaban de hacer trastadas, el Perreque padre le entregó a la maestra una vara “para que nos diera una buena badejada[3] cuando fuera preciso”, aunque, al parecer, la maestra jamás la utilizó y a bareta terminó ardiendo en la estufa. Cuando, a principios de los ochenta, se creó el museo, alguien recordó la vara de almendro y se colocó, rotulada, una nueva en la repisa donde, durante una temporada, estuvo la original.

El último día de estancia de Jesús y María Luisa en el Barrio, las Tejedoras ofrecieron un almuerzo homenaje a la pareja y a las alumnas y alumnos de doña Maravillas que todavía quedaban en el pueblo; el Perreque menor, en nombre de todos, les entregó una fotografía en blanco y negro de la Escueleta Vieja con una dedicatoria en el reverso firmada por el alumnado vivo de doña Maravillas y un almidonado mantel tú y yo,  con sus dos servilletas, cedido por la señora Engracia, de 83 años, que bordó cuando era niña bajo la supervisión de la abuela de Jesús.


[1] Nombre que se da, en el Barrio, a las miembros de la Asociación de Mujeres.
[2] En aragonés, vara pequeña.
[3] Id, paliza.

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“Bagatelas”: Archivo personal


La cena comenzó, como la tormenta, a las nueve y media. A la par que las nubes descargaban sobre la carpa una violenta catarata y los relámpagos componían largas estelas luminosas que centelleaban al compás de los truenos, la Charangueta Fara arrancó con la danza de las espadas mientras algunos comensales, de pie junto a las mesas, ondeaban las pañoletas verdes que ornamentaban los respaldos de las sillas y otros, más dispuestos, remedaban el dance entrechocando los cuchillos de la carne y los del pescado. Aún hubo tres bises antes de que los camareros del catering sirvieran los rollitos de lenguado rellenos de langostinos y jugo de cigalas que precedieron a los sorbetes de limón y a las chuletas de ternera lechal con patatas rotas.

Apenas terminadas las namelakas de chocolate y mandarina y servidos cafés y licores, la música de Ixo Rai! señaló el comienzo del baile.

Cuando, pasadas las cinco de la madrugada, los últimos juerguistas daban cuenta del buffet japonés a base de sushi, makis y nigiris y terminaban con los restos de la mesa de encurtidos, una lluvia fina, a modo de sirimiri, servía de sereno colofón de la fiesta.

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“Aquam”: Archivo personal


Del castillo de Marcuello sólo resta, ruinoso, el lienzo norte de su donjón, precariamente erguido en el elevado espolón que domina una fantástica panorámica que disfrutan los señoriales buitres leonados y los incansables aviones roqueros, bajo cuyas alas extendidas discurre  festoneado de mallos, fils[*], carrascas, bojedales, erizones—  el Gállego, el río que nos lleva.

Y en ese castillo, con su impresionante torre medieval de cuatro pisos y once metros, hoy fenecida, moró y gobernó doña Berta, reina de Aragón y Pamplona al matrimoniar con Pedro I y, una vez viuda, soberana del Reino de los Mallos merced a la generosidad de su cuñado y sucesor de Pedro, Alfonso I el Batallador.

Habíanse casado Berta y Pedro en la recién consagrada catedral de Huesca —antigua mezquita de la musulmana Wasqa— el 16 de agosto de 1097. Como dote para su esposa, el rey Pedro le había concedido los lugares de Agüero, Murillo, Riglos, Marcuello, Ayerbe  todos junto al río Gállego, Sangarrén y Callén  a orillas del Flumen—   y la almunia de Berbegal. En 1105, a la muerte de su marido, con quien no tuvo hijos, y con el Batallador en el trono aragonés, instalose la reina viuda en las posesiones cedidas, deviniendo estas en Reino de los Mallos, en homenaje a las extraordinarias formaciones geológicas verticales que se levantan, espléndidas y retadoras, sobre el río Gállego. Y en ese reino (de los Mallos) dentro de otro reino (Aragón) vivió doña Berta hasta 1111, fecha que unas fuentes señalan como la de su muerte mientras otras creen que regresó a su país, Italia, o que se difuminó discretamente en la Corte aragonesa. En cualquier caso, ni crónicas ni leyendas volvieron a referirse a ella ni al singular reino que las gentes de la Galliguera rescataron de la historia con el río como imponente vertebrador del pasado y el presente.


Y aquí estamos, río. Como siempre. Desbrozando tus orillas; clamando contra la desidia de quienes te envenenaron con lindano; asegurando la longevidad de tus senderos; protegiendo tu hábitat; alzando el pendón de tu dignidad, que es la nuestra; mirándote y amándote y defendiéndote y defendiéndonos de quienes desde hace treinta y dos años pretenden estrellar en el hormigón de su salvajismo tu bravura y nuestro presente.

Ríos vivos. Pueblos vivos.



ACTUALIZACIÓN

El día 7 de julio de 2017, la Sección Primera de la Sala de lo Contencioso de la Audiencia Nacional —presidida por el magistrado Eduardo Menéndez Rexach— estimó dos recursos presentados por los Ayuntamientos y las asociaciones en contra del pantano de Biscarrués, anulando el proyecto al considerar que el Ministerio de Medio Ambiente español incumplía, como habían denunciado las personas afectadas, los requisitos exigidos por el Tribunal de Justicia de la Unión Europea.


[*] Se conoce como Os fils (las hojas) a unas formaciones rocosas cuya erosión, por capas, produce el efecto visual de láminas de hojaldre.

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“Expo Más Que Libros”: Olga Berrios

 

La idea de desempolvar a Heinrich Böll durante la Semana del Libro en la biblioteca del Centro de Cultura Popular, se le ocurrió a la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio cuando regresaba, con María Petra e Iliane, de recoger a la última del festival Viña Rock. De noche, y con casi quinientos kilómetros por delante, se sucedían música, anécdotas, confesiones, cansancio, asfalto y jolgorio, cuando María Petra, que acababa de ceder el turno de conducción a la veterinaria, empezó a entonar, en su deslucido francés, una versión cuasi rockera de La mer, que llevó a la veterinaria a evocar a Agnès Hummel, cuyo padre, prisionero de los alemanes, tuvo oportunidad de escuchar al autor, Charles Trenet, en directo, en una de aquellas propagandísticas giras organizadas por los nazis en la Francia ocupada. Fue entonces cuando Iliane recordó la primera vez que estuvo en casa de Agnès Hummel, cerca de Uzès. Agnès, que tenía muchos invitados ese fin de semana, había habilitado para Iliane una cama en el estudio, rodeada de estanterías abarrotadas de libros; de madrugada, Iliane se despertó con la sensación de haber escuchado ruidos y, apenas incorporada del colchón hinchable sobre el que dormía, una de las combadas baldas de una estantería cayó con su voluminoso contenido de papel encima del improvisado lecho, aunque sólo uno de los libros golpeó a la muchacha: El honor perdido de Katharina Blum, de Heinrich Böll.

 

Y así, durante la Semana del Libro que se celebra en el Barrio del 28 de mayo al 4 de junio, la sección «¡Que rule!», dedicada en exclusiva a rescatar del olvido a un autor y su obra, ha tenido como excelso protagonista al puntilloso y genial autor y Nobel alemán, llamado el alma buena de Colonia.

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“Bosque de los Olivos”: A.H.


El día de los crespillos, los nietos de Inazio de [Casa] O Medianero  tío Inazio, el del molino de aceite—  empujaron la silla de ruedas del abuelo hasta el porche de la trasera de la iglesia, donde las humildes hojas de las borrajas, mañosamente rebozadas por las afamadas crespilleras, crepitaban en las sartenes exhalando el familiar olor que avanzaba el posterior goce de los paladares impacientes. “Mira, yayo, cómo canta el aceite”, le decía Luisa al hombre inmóvil al que todos los vecinos saludaban y palmeaban suavemente los hombros y las manos. Él alzaba con lentitud la vista sin mirar realmente, alejado sin remedio de aquellas gentes y aquel entorno que, apenas dos años atrás, componían su mundo. Porque el tío Inazio, el del molino de aceite, fue la mayor autoridad en oliberas de la comarca. “Esos empeltres[*] y negrales[*] van a dar la mejor cosecha”, auguraba mientras controlaba que cada recolector vaciara las olivas en el algorín correspondiente. Luego, cuando el antiguo ruejo molturaba los frutos hasta transformarlos en una masa parda y compacta, trasladaba ésta a los serones apilados bajo la prensa de libra que los comprimía —azuzada por la extraordinaria fuerza ejercida por el molinero— hasta que el aceite fluía y se deslizaba, brillante y arrítmico, hacia el canalillo que discurría, inclinado, bajo el torno. Entonces, el tío Inazio recogía los capachos con las olivas prensadas convertidas en cospillo y acariciaba, disimuladamente, la piedra voladora susurrándole: “Bien, bien”.

Canta el aceite en las renegridas sartenes donde bailan los crespillos. Pero el tío Inazio, el del molino de aceite, ausente e inmóvil en su silla de ruedas, ya no sigue el compás.


[*] Variedades de olivo.

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