Feeds:
Entradas
Comentarios

Archive for the ‘Humanos seres amados’ Category

“Luz”: Gorka Zarranz Fanlo


Una vez reabierto el nicho, las familiares manos depositaron la urna funeraria de cerámica con las cenizas de él junto al féretro inalterado de la esposa fallecida años atrás; al lado del ánfora las mismas manos colocaron, ante el asombro de los empleados municipales, una baraja española.

Cuando muera, les había dicho hace tiempo, dejadme cerca una baraja. Ya estaremos juntos los cuatro  mi mujer, mi cuñada, mi cuñado y yo—  para jugar al guiñote.

Silvestre, niño que vivió los horrores de la guerra y las penalidades de la posguerra de los vencidos; que creyó en la libertad del Aragón renacido; que fue obrero y sindicalista, exultante abuelo y apasionado bisabuelo, abandonó el Mundo Conocido el 12 de febrero de 2016, pausadamente, con un último esbozo de sonrisa que la Muerte no logró desvanecer.

Read Full Post »

“Jardín de José Beulas. Detalle”: Archivo personal


La corredora de fondo entreabre los ojos achicados por la fiebre; un acceso de tos, que sofoca con el rostro hundido en la almohada, le sacude el tronco. Una raya de luminosidad bajo la puerta cerrada de la habitación a oscuras la impulsa fuera de la cama. Tantea con los pies el suelo gélido en busca de las zapatillas, se pone de pie entre toses mal reprimidas y sale al vestíbulo llamando: “¡Abuelo, abuelo! ¿Estás bien?”. El abuelo, sudoroso y jadeante, aferrado a las jambas de la puerta de su dormitorio, con el pijama arrugado y los pies descalzos, responde susurrante: “No, no estoy bien. Llama al médico, al hospital…


Cuando hace trece años la corredora de fondo se fue a vivir con el abuelo, este acababa de enviudar; era, todavía, un hombre relativamente joven, de carácter fuerte  actitud que lo había distanciado de sus hijas, independiente, que acogió de buenas maneras a su joven compañera de piso  estudiante, entonces  en una convivencia, no exenta de afecto, que convenía a ambas partes: El abuelo burlaba la soledad forzosa y la nieta se encontraba con las necesidades básicas cubiertas. Aquella situación idílica de la corredora de fondo  que entraba, salía y tornaba sin otra obligación que avisar al abuelo en caso de no pernoctar en la casa—  finalizó tres o cuatro años después, cuando se reagudizaron los problemas respiratorios del hombre y las llamadas al servicio de urgencias y las hospitalizaciones empezaron a formar parte de las rutinas de la casa. La vida de la corredora de fondo comenzó a girar al ritmo marcado por la salud del abuelo. Viajes suspendidos porque el abuelo no terminaba de recuperarse de una bronquitis. Competiciones anuladas porque el abuelo había sido ingresado en la UCI…


Al abuelo lo bajan en el ascensor, semidesplomado en una exigua silla de ruedas. La corredora de fondo, con los ojos vidriosos por la fiebre, desciende los cinco pisos aferrada a la barandilla, arrastrando el bolso de viaje con los útiles de aseo, algo de ropa interior, el batín y las zapatillas del abuelo. Sobre su hombro, una pequeña mochila conteniendo la documentación médica del hombre, un par de libros, el billetero, el cargador del móvil, el paracetamol y un puñado de caramelos de menta. “Llevas buen trancazo tú”, le dice un enfermero cuando la ambulancia se detiene en el Servicio de Urgencias del hospital.

La corredora de fondo se deja caer en uno de los escasos bancos no ocupados de la sala de espera. Llama por el móvil a su compañera y le advierte que no se encuentra bien y que tampoco hoy acudirá al entrenamiento. “No contéis conmigo mañana. Ni pasado. Estoy en el hospital con el abuelo”. Desecha avisar a su madre y a su tía. Cierra los ojos. Cuando cincuenta minutos después una enfermera va en su busca, la corredora de fondo duerme profundamente acurrucada en el banco y con la cabeza recostada en el bolso de viaje del abuelo.

Read Full Post »

“Laura”: Archivo personal


Rezagáronse las últimas perseidas. Rutilaron los ígneos y trémulos cuerpos en la alocada alborada laurentina. Y cuando el grito de la vida alzóse, reconocible y vencedor, entre los sonidos de la fiesta, planearon ellas, en inaudible retozo, por la ciudad insomne. ¡Laura!  quisieron anunciar.   ¡Ha llegado Laura!, y una estela de áureo polvo en forma de pajarita dibujóse en las alturas a las cinco menos veinte de la madrugada del doce de agosto.



Las Pajaritas son el símbolo de la ciudad de Huesca, unidas a la memoria del maestro Ramón Acín Aquilué. La vestimenta blanquiverde es el distintivo de las fiestas laurentinas que se celebran del 9 al 15 de agosto.

Read Full Post »

“Oroel desde Ayés”: Archivo personal


Aqueras montañas
tan alteras son,
no me dixan bier
os mios aimors.


Dejaba el calabobos su huella refrescante en los cuerpos pigmentados de estío y un envolvente aroma a pino musgoso, a enebro, a pastura y oveja; a leche de cabra, ajo, pan turrado, babilla, brasa y humo.


[…]Dezaga d’ixas boiras
os n’iré a escar
y crebando as mugas
con yo en tornarán.


Enfrente, la mágica montaña, entre boiras, absorta en el tiempo consumido, con el legendario dragón mimetizado en el conglomerado y las desentrenadas fauces entreabiertas componiendo fuegos imposibles que quizás otea el águila real, inmune al sirimiri, emperatriz solitaria en las alturas.


Si canto, yo que canto,
no canto ta yo.
Canto t’a mia amiga
que ye’n ixos mons.
Aqueras montañas


“Aquellas montañas / que tan altas son / no me dejan ver / a mis amores. //[…] Detrás de esas nieblas / los iré a buscar / y rompiendo las fronteras / conmigo volverán. // Si canto, yo que canto, / no canto para mí. / Canto para mi amiga / que está en esos montes”.

Read Full Post »

“Momentos”: Archivo personal


El traumatólogo presiona el tobillo sobre las tiras de kinesiotape y el dolor regresa, despiadado, y pasea por el empeine, zapatea en el talón, aguijonea, uno a uno, los dedos y se ensaña con la planta del pie. Las lágrimas acuden a los ojos de ella y las reprime mientras, entre brumas, mira las manos que torturan cada milímetro de su extremidad. “Te estás recuperando bien. Le diré a Margalida que te reduzca las horas de rehabilitación si prometes que harás cada día los ejercicios rotatorios que te dije”.

Después, otra vez el pasillo —tan largo ahora que el dolor acompaña cada movimiento— y ella, erguida y forzosamente parsimoniosa, consciente de los ojos del médico fijos en su figura patética superando, baldosa a baldosa, con una muleta en cada mano, el trecho que conduce al exterior.
Apenas cien metros la separan del bar y de la silla con la que sueña y del escabel forrado de cuero verde que le pondrá Nano, el dueño, bajo el pie. Va contando los pasos y se nota envuelta en sudores, como si la llovizna que cae sobre la ciudad le hubiera calado la ropa.


Apenas hace un mes que descubrió ese bar; un lugar tranquilo con las paredes de ladrillo vista colmadas de retratos de músicos y fotografías de instrumentos musicales. Sentada frente a su mesa advirtió la fotografía de Simón Tapia-Colman. “¿Tienes algo de ese compositor?”, le preguntó al camarero cuando se acercó a servirle el café. “¿Conoces a Tapia-Colman?”, se extrañó él. Y añadió: “Somos paisanos. Un gran músico que murió exiliado en México. Era de Aguarón, mi pueblo”. “No conozco Aguarón, pero sí a tu paisano. Era anarquista… Esa misma fotografía es la de un álbum recopilatorio que me regalaron”. “¿Y eso?”, se interesó él señalando su pie aprisionado entre la férula. “¿Alguna caída…? Espera, que te voy a traer algo para que estés más cómoda”. Y así fue como el escabel de cuero verde se convirtió en imprescindible tras cada cita en el Centro Médico.


Su mesa del bar está ocupada hoy por dos hombres jóvenes. Hay cuatro o cinco personas sentadas en los taburetes, junto a la barra. Nano, solícito, le ayuda a apoyar el pie en el escabel y ella recorre con los ojos la pared de retratos en busca de rostros conocidos. Tete MontoliuManuel de FallaDiana Pey… El dolor dormita, momentáneamente derrotado, entre los huesos unidos por clavos de la articulación tibioastragalina

Read Full Post »

“Nympha”: Archivo personal


Nunca ya podrán charrar-nos con güellos de mercader
sin saber que tu y nusatros y asabela cuanta chen
ocupemos ista tierra sembrando a partis iguals
trunfas, dinidá, utopía y trigo ta o nuestro pan…
Tierra, que no t’acotolen butres bestius de siñors,
que especulan perque tienen permiso d’ocupazión! [1]
Donde quisimos vivir.La Orquestina del Fabirol


Resbalan las botas sobre las piedras mojadas de la barranquera devenida en senda que acorta el camino que va desde las antiguas terrazas de bancales, en los que alguna vez se irguieron los viejos olivos, hasta la solana próxima al río donde el bosquecillo de alborceras[2] muestra al Sol naciente sus humildes flores arracimadas y sus bayas henchidas que el exceso de madurez ha coloreado de granate.

Mientras los adultos recogen algunos frutos, la pequeña se entretiene desprendiendo con un palo las costras de barro adheridas a su calzado de trekking y a los bajos de los pantalones. Cuando cree no ser observada, se quita el anorak, coloca la mochila en forma de oso pardo a modo de almohada y se tiende boca arriba tras llevarse a la boca una de las bayas estampadas contra el suelo. “Eh, eh, ¿qué estás comiendo?” “De eso”, responde la niña señalando los frutos que cuelgan de los arbustos. “Estaba en el suelo pero no tenía bichos. Mmmm, está buena… Si estuviera mala me dolería la tripa y no me duele”. “Bien. Pero no vuelvas a meterte en la boca nada sin preguntar antes”. “Vale”.

Regresan por la pedrera de abajo, donde el río, ahora silencioso y calmo, se estrecha entre cornisas que parecen elevarse conforme el grupo desciende hasta la vaguada que lleva al Fosal de la Reineta. La pequeña  cuatro años y medio  incansable pese a las casi cuatro horas de caminata, corretea y grita intentando llamar la atención de los buitres que moran en la cresta, indiferentes a los seres humanos que transitan a los pies de su nidal pétreo.


¿Y esta princesita tan guapa no está cansada?, pregunta Olarieta, la cocinera del bar del Salón Social, cuando el grupo se detiene, como siempre tras cada salida, a almorzar en el establecimiento.
No. Es que yo no soy princesa… Soy montañera.


[1] “Nunca ya podrán hablarnos con ojos de mercader/ sin saber que tú y nosotros y mucha gente más/ ocupamos esta tierra sembrando a partes iguales/ patatas, dignidad, utopía y trigo para nuestro pan…/ Tierra, que no te aniquilen buitres vestidos de señores,/ que especulan porque tienen permiso de ocupación”.
[2] En Arag., madroños.

Read Full Post »

“Bouquet y mariposas”: Archivo personal


Para Akane.

«(…) La nube donde vive yaya se convierte en estrella por la noche, ¿a que sí?… Claro… y brilla tanto, tanto, tanto para que yo la vea, ¿a que sí?… ¡Mira, mira! ¡Esa nube grande es la de yaya!… ¿También estarán en la nube de yaya el gato Nico y la periquita…? ¿Y el perro Homer…? Y yaya les habrá puesto una barandilla para que no se caigan si se asoman, ¿a que sí? Y… y… a lo mejor hay un ascensor invisible en la nube y baja yaya a oler las flores… Y verá las mariposas… ¡Yaya! ¡Yaya! ¡Estoy aquí, debajo de tu nube! ¿Me ves, yayita…? ¡Las mariposas son de mentiritas y las he pinchado despacito para que no les hagan daño a los claveles! (…)»

 

Cascabelean, bajo la levedad danzarina de los diminutos pies inquietos, las piedrecitas humildes que alfombran la salida posterior del cementerio. Y el ciprés más cercano, el que preside el banco de piedra que acompaña la tumba del montañero, mece la cúspide de su copa bajo un cirro de bordes acaracolados.

Read Full Post »

“Tiempo de vivir, 1930”: Fotografía cedida


PROEMIO

Despierta el anciano de un sueño de segundos. Ladea la cabeza y sus ojos apagados se posan en el rostro ansioso que se inclina a depositar un beso, silencioso, tierno, en sus pómulos macilentos. “Hija…”, dice él. “Hija…”. Suspira, cierra los ojos, arrastra lentamente un brazo sobre la colcha, coge, tembloroso, la mano de ella y se deja llevar por el sopor de la morfina.


En el vestíbulo de la residencia se detiene ella a saludar a la vieja Esther, que charla con un hombre mayor no residente a quien presenta: “Es mi hermano Roentgen”. Esther y Roentgen Beltrán Bescós son hijos de L’Esquinazau y Teodora, la esposa represaliada que, junto a sus dos pequeños, sufrió prisión en el Seminario de Jaca, el fuerte Rapitán, el penal de Ondarreta y el Asilo de San José de San Sebastián, en una trashumancia carcelaria que duró hasta el 24 de junio de 1939.

¿Está mejor tu padre?”, se interesa Esther. Ella hace un gesto indefinible y, excusándose, se dirige, los ojos acuosos, al aparcamiento.


I

Desciende el viento, ligeramente fresco, por el perfil mágico de Peña Oroel y le retira a ella del rostro las tristezas húmedas. “Este paisaje reconforta”, comenta alguien a su lado.

Desfilan por el tanatorio viento y pésames vigilados por la pétrea mole ornamentada de verdes.


II

Bajo diez siglos de historia, entre pilastras cilíndricas agrisadas, arcos cruciformes y la bóveda de media esfera, la cristiana despedida.

Concéntranse deudos y allegados junto al yacente, en respetuoso silencio que se rompe a la salida del templo, bajo el crismón real custodiado por dos leones. Abrazos, condolencias, roces, despedidas.

Mira ella, serena, las figuras detenidas junto a la forja del pórtico y se lleva la mano al corazón. “Gracias por estar ahí”, musita.

Inicia el coche fúnebre el camino a la necrópolis que guarda los restos de ausencias entre rosales, mármoles, laudes y parterres.


III

Zigzaguea el viento desde la cresta somital de Peña Oroel en silente toque de difuntos.



José-Luis (1925-2013). In memoriam.

Read Full Post »

Del desvalimiento

“Photo-based art #8”: Doug Gilbert


…bajóse, liviano, el embozo sobre el vaivén apenas perceptible del pecho y, antes de que la muerte cerrara la cancela del tiempo contemplado, garabateó una caricia indeleble en el dorso de la mano asida a la esperanza.

Un estremecido grito amordazado, la furia transportada por las venas, el dolor y la rabia en las pupilas…


No perdono a la muerte enamorada,
no perdono a la vida desatenta,
no perdono a la tierra ni a la nada.”
M. HERNÁNDEZ

Y cuando la eternidad y sus rutas ignoradas quedaron verbalmente zaheridas, un torrente brutal de abandonadas lágrimas fluyó desde las oquedades abiertas en el alma desolada.

Read Full Post »

“Happy Rain”: Wolfgang Müllner


J’écoute en soupirant la pluie qui ruisselle
frappant doucement sur mes carreaux…


Llama insistentemente la lluvia en los cristales y sus acuosos nudillos dejan un rastro de burbujas amorfas deslizantes que siluetea, del otro lado de la ventana, monsieur Lussot mientras canta, en intermitente sucesión de susurros, el viejo ritmo de Sylvie Vartan.

La sala de estar de la sexta planta del hospital huele al dulzón cappuccino recién derramado en el dispensador de la máquina expendedora de bebidas calientes. La veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio recoge pausadamente con un pañuelo de papel el líquido depositado en la rejilla; la señorita Valvanera lee a Max Blecher sentada junto a la mesa naranja próxima a la puerta.

Ocupando la pared coloreada en salmón y amarillo que se halla frente a la ventana donde se apoya monsieur Lussot, un poema de Agustín García Calvo, en forma de caligrama mural con las palabras componiendo ondulaciones, engrandece el recogido espacio donde la aparente despreocupación enmascara la incertidumbre.


Al otro lado del pasillo que recorren las auxiliares repartiendo las bandejas con el desayuno de los pacientes, yace, monitorizada en una habitación con visitas restringidas, la Hermana Marilís.

Read Full Post »

Older Posts »