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Mindfulness

“Bañista en el basón”: Archivo personal


A la izquierda del camino los almendros ornan de falsa primavera el paisaje recorrido por la primera luminosidad diurna, extendiendo sus róseas y blancas flores hasta la faldilla del roquedal. Al otro lado de la imponente empalizada pétrea, un solitario pato se desliza, indolente, por el agua quieta del basón[1], esbozando lenes surcos que se desdibujan aun antes de que la mirada del paseante prenda en ellos.

Un círculo de piedras bien dispuestas, a modo de brocal, por humanas manos, señala el lugar donde antaño se erguía el imponente y último tejo, cruelmente cercenado para lustrar los techos de la pretenciosa casa conocida como la Perragorda.

El paseante, sentado en la orilla, con los pies desnudos hollando el arcilloso lecho donde se asienta el agua, contempla, con los ojos entrecerrados por el baño de luz, al ánade real, ahora inmóvil en el centro de la balsa. Sobre la hierba, que todavía retiene la humedad de la noche, reposan Milagritos Rueda, Froilán Carvajal, míster Witt y los insurrectos del cantón de Cartagena[2].

Ramón J. Sender ha vuelto, una vez más, a su rememorada Sierra de Guara.

Vuelan, remontando el roquedal, un trío de falzetas[3].


[1] En aragonés, balsa, charca.
[2] Personajes de la novela de Sender “Míster Witt en el cantón.
[3] En aragonés, vencejos.

La casa caída

“Pasado”: Archivo personal


Antes de que arreciara la lluvia, la cuchara de la pala cargadora ya había retirado los últimos escombros de la que un día fuera Casa Coscullano, llamada de los Zabacequias, por ser sus moradores, en régimen hereditario, los que, desde tiempos lejanos, controlaban el uso de las acequias comunales y regían los turnos de riego.

El último zabacequias de la casa ahora caída fue Tomasito, que ejerció el cargo cerca de cincuenta años. Dicen quienes lo trataron que era un hombre cabal pero tan bajo y esmirriado que, amén de no apearle del diminutivo del nombre ni en la lápida del nicho donde reposa desde mil novecientos setenta y uno, en las localidades vecinas  que acusaban injustamente al zabacequias de favorecer a sus convecinos del Barrio  lo apodaban O peduco[1] Coscullano.

Tomasito era hijo entenado del anterior zabacequias, un hombretón que matrimonió, ya entrado en años, con una muchacha canaria, madre soltera, que servía en la casa de los Artero, los más ricos del Barrio. Cuentan que el zabacequias viejo quiso a Tomasito como si fuera de su propia sangre y se hacía acompañar por él en sus recorridos por los canales de riego para que aprendiera bien los quehaceres del cargo.

A la muerte de Tomasito, que no se casó ni tuvo descendencia, el Ayuntamiento convirtió en acequiero  que no en zabacequias, como así consta en el pliego correspondiente—  a un empleado municipal y el primitivo vocablo de origen árabe[2] cayó en desuso. Sólo la casa  hoy un triste hueco en la calle del Zierzo—  se mantuvo fiel a la antigua denominación: Casa de los Zabacequias.


[1] En aragonés, un peduco es un calcetín de lana, pero se aplica, también, figuradamente, a las personas de poca talla.
[2] Sahib al-saqiya, que significa guardián de la acequia.

La albura del xilema

“St Stephen’s Green”: Archivo personal


Jueves

Dos días antes del evento a celebrar en Swords, los descendientes de la abuela Nené y el abuelo Lájos  comenzaron a llegar al aeropuerto de Dublín. La rama rumana, la más numerosa, se congregó en Swords; la macedonia, en Malahide y las dos únicas representantes de las ramas francesa e italiana se acomodaron en la capital irlandesa. “¿Pero cómo que os vais a quedar en un hotel cerca de Mountjoy Square si tenemos sitio para vosotras en nuestra casa?”, se escandalizó el primo Claudiu, bisnieto de la abuela Nené y el abuelo Lájos y anfitrión de la reunión familiar. “Esa zona de Dublín no es recomendable.” “Qué exagerado… El hotel es barato y está limpio y la calle tiene cierto encanto cutre que me recuerda a tu vieja Bucarest”, zanjó la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio.
Esa misma tarde, ya campaban la veterinaria y la prima Selomit entre los confiados gamos de Phoenix Park, atentas a las explicaciones que una joven de aspecto claramente hindú daba a un grupo de turistas galeses sobre los asesinatos que tuvieron lugar el 6 de mayo de 1882 en las personas del representante de la Corona Británica, Frederick Cavendish, y su ayudante, Thomas Henry Burke, acuchillados por nacionalistas irlandeses cerca de la que, desde 1938, es la Casa Presidencial de Irlanda. Casi un año dedicó la policía británica a investigar y detener a los autores del crimen, un grupo de fenianos denominados a sí mismos como Los Invencibles que, finalmente, fueron ahorcados en la antigua prisión dublinesa de Kilmainham, cerrada en 1924 y convertida hoy en día en tenebroso museo y lugar de respeto de los irlandeses por el significado que tuvo para la independencia del país; en esa misma prisión se rodaron muchas escenas de la película En el nombre del padre, sobre los Cuatro de Guildford y los Siete de Maguire.


Viernes

Por la mañana, las dos parientes visitaron la impresionante biblioteca del Trinity College antes de regresar a su hotel, donde la prima Claire, madre de Claudiu, las esperaba para recorrer dos o tres tiendas rumanas del barrio de Sheinfeld donde comprar productos de su país para la cena de esa noche, con un pequeño receso para comer en una taberna de fachada granate y aspecto muy irlandés, que resultó estar regentada por una familia lituana. En el pastel de carne que pidieron  repleto de puré de patatas y un plantío de zanahorias—  apenas encontraron dos bolitas de carne, amén de un gusto escasamente apetecible, algo que no pareció pasarle a Claire, que dio cuenta de su ración como si del mejor de los manjares se tratara, mientras Selomit y la veterinaria se excusaban en su falta de apetito para dejar sus platos tal cual se los habían servido.


 

Sábado

A la pequeña y engalanada Antonia  hija de Claudiu y Helena, nieta de la prima Claire y tataranieta de la abuela Nené y el abuelo Lájos  la bautizaron por el rito ortodoxo en una iglesia católica cerca de Swords, donde se congregaron unos setenta y ocho parientes y media docena de amigos. El convite  organizado para las siete de la tarde, pero que comenzó pasadas las ocho—  en un restaurante rumano de las inmediaciones, fue un calco del que tuvo lugar, dos años antes, en la boda del primo Claudiu celebrada en Bucarest: Tres platos sabrosos pero exiguos de la gastronomía rumana servidos, de uno en uno, cada hora y media o dos horas; baile, café y licores entre plato y plato y la tarta engalanada presentada a los asistentes cerca de las dos menos diez de la madrugada, mientras los invitados se acercaban, en fila, a los progenitores de la bautizada para entregarles dinero  en mano y a la vista—  como presente de buena voluntad.

“La edad de la inocencia”: Archivo personal


En la década de los sesenta, cuando todavía los aparatos de radiodifusión ocupaban el lugar de honor en los hogares, Radio Zaragoza empezó a emitir un programa navideño que tenía como protagonista al Pájaro Pinzón; se trataba de una avecilla que ejercía de corresponsal de los Reyes Magos en Aragón, observando el comportamiento de la grey infantil y trasladando sus conclusiones semanales a Radio Zaragoza, donde, entre trinos que, naturalmente, sólo podía comprender la locutora, daba cuenta de las buenas acciones de Fulanito y las barrabasadas de Menganita, cuyos nombres terminaban inscribiéndose en sendos libros: el Libro de Oro y el Libro Negro del Carbón.

En el Barrio, la chiquillería escuchaba, no sin cierta aprensión, la retahíla de nombres intercalados en uno u otro libro; en ocasiones, la rabia y la vergüenza se apoderaban de quien se reconocía como el niño que se hacía pipí en la cama o la niña que no ayudaba a su abuela a recoger leña para la estufa; en otras, un niño obediente o una niña estudiosa escuchaban, emocionados, cómo Pinzón, traducido por la presentadora, gorjeaba sus filiaciones escritas en el anhelado Libro de Oro. Ni unos ni otras sabían que era Agustín del Correo, conchabado con las familias, quien ejercía, mediante cartas semanales, de chambelán voluntario de aquel pajarito acusica al que nada se le escapaba. Y, aunque el programa dejó de emitirse, Agustín del Correo mantuvo en activo a Pinzón, atribuyéndole, además, la capacidad de transformarse en cualquier ave que revoloteara o viviera en el Barrio, ya fuera la querida Bascués  la cigüeña vieja, el búho de Casa Berches o cualquiera de los patos que la señora Camila paseaba entre las hierbas del arcén para que se alimentaran de caracolas de tierra.


…y aún sigue Pinzón  sobreviviente al inolvidable Agustín—  instalado en cualquier parte, oteando, desde el primer día de diciembre, a su tercera generación de insaciables pedigüeños infantiles del Barrio.

Al alba

“Robellones”: Archivo personal


Apenas el alba desveló los familiares recovecos del paisaje, se pusieron en marcha las muchachas. “Ya podemos darnos prisa, porque a media mañana la niebla rozará el suelo”, apremió Iliane.

Cruzaron por la estrecha y húmeda repisa del paramento del azud y bajaron por el aliviadero de la otra orilla para continuar por la pedriza hasta el casetón de herramientas de la hidroeléctrica, a dos kilómetros y medio del Barrio; treparon por el sendero arcilloso hasta alcanzar el camino de hojarasca que bordea las espectaculares paredes rocosas que encajonan el barranco y salvaron, ya con leve agitación respiratoria, el pronunciado y resbaladizo desnivel que remonta hasta la compacta masa arbórea del Pinar de la Fontaneta, a unos cuatro kilómetros empinados desde el azud. [La denominación fontaneta —fuente pequeña— se debe a un manantial, ahora seco, que, en tiempos, se consideraba de aguas milagreras; decíase que una mujer estéril que humedeciera sus partes pudendas con agua de la fontaneta convertíase en fecunda por mor de las extraordinarias propiedades del líquido elemento.]


Cuando la niebla, con tintes azulados, descolgóse hasta lamer las abrigadas pantorrillas de las muchachas, ya alcanzaban ellas el Barrio; cansadas pero felices, con la cesta bien surtida de robellones.

Coffee break

“Coffee break”: Archivo personal


Sábado…

Finalizada la Matinal de Teatro Leído, las Tejedoras[*] invitaron a los intervinientes a un aperitivo en la Sala Pepito de Blanquiador, donde una fotografía del autor de la obra, Dario Fo, colocada sobre un caballete, a la entrada, parecía dar la bienvenida a quienes accedían, pasados unos minutos del mediodía, al edificio de la Asociación de Cultura Popular.

Se cumplían quince años de la primera Matinal de Teatro, inaugurada precisamente con Aquí no paga nadie, dirigida, también, por la señorita Valvanera y leída este sábado  con entusiasmo, frescura y buena dicción  por chicos y chicas que cursan estudios de Bachillerato y ESO.

En el centro de la Sala, un largo tablero cubierto con papel continuo blanco alegraba la vista y el estómago con unas fuentes de ensalada de gambas con manzana caramelizada y bandejas repletas de petits-fours dulces y salados que los asistentes se apresuraron a catar.


[*] Nombre que reciben, en el Barrio, las componentes de la Asociación de Mujeres.

“Hylotrupes bajulus”: Archivo personal

 

Cuentan que, poco tiempo después de finalizada la segunda Gran Guerra, el comprometido cantante Pete Seeger, actuando en una pequeña sala de un pueblo norteamericano, dedicó la primera canción  la vieja Hold The Fort—  a los anarcosindicalistas wobblies y al Batallón Lincoln. Años después, esa dedicatoria junto con otras actitudes de su vida personal y profesional, servirían como “pruebas incontestables de su antiamericanismo“. Las consecuencias fueron contundentes: encarcelamiento y ostracismo. Porque Hold The Fort, transformada en los años sesenta  en la versión de Seeger—  en un clásico del folk americano, fue, en las primeras décadas del siglo XX, el himno del combativo sindicato IWW, con cuyos miembros las autoridades se ensañaron hasta, en demasiados casos, el asesinato.


En 1919, segundo libro de la Trilogía USA, narra el magnífico pero olvidado escritor John Dos Passos la historia del wobbly Wesley Everest. Lo describe como un hombre joven, callado y sonriente, veterano de la I Guerra Mundial y excelente tirador, que recala en la sede del sindicato en Centralia mientras en la calle se celebra el desfile del Armisticio presidido por la Legión Americana, con cuyos miembros los sindicalistas del IWW mantienen constantes enfrentamientos.


«El Día del Armisticio fue frío y crudo; la niebla avanzaba desde Puget Sound y goteaba de las oscuras ramas de los abetos y los relucientes escaparates del pueblo. Warren O. Grimm mandaba la sección Centralia del desfile. Los exsoldados iban de uniforme. Cuando el desfile pasó por delante del local del sindicato sin detenerse, los leñadores que estaban dentro respiraron a gusto. Alguien silbó con los dedos en la boca. Alguien gritó:
—¡Adelante! ¡A por ellos, muchachos!
Y los exsoldados corrieron hacia la sede de los wobblies. Tres hombres echaron la puerta abajo. Un rifle disparó. Los rifles tableteaban en las colinas situadas detrás del pueblo, tronaban en la parte de atrás del local
»


Relata Dos Passos que Wesley Everest se ve obligado a disparar a los asaltantes antes de huir, junto a otros miembros del sindicato, perseguidos por la multitud. «Wesley Everest corrió hacia el río y empezó a vadearlo. Cuando el agua le llegó a la cintura se detuvo y dio media vuelta.
Wesley Everest se volvió para plantar cara, con una extraña sonrisa pacífica, a la multitud que le perseguía. Había perdido el sombrero y le goteaba agua y sudor de los cabellos. Se le echaron encima.
—¡Atrás! -gritó-. Si hay policías en el grupo me entregaré.
La multitud estaba ya sobre él.

[…]Disparó cuatro veces, después se le encasquilló el arma. Manipuló el gatillo y disparó hacia una de las personas que se encontraban en primera fila y la mató. Esa persona era Dale Hubbard, otro exsoldado, sobrino de uno de los grandes madereros de Centralia. Después tiró el arma vacía y empezó a luchar con las manos. La multitud lo apresó. Un hombre le rompió los dientes con la culata de una escopeta. Otro trajo una cuerda. Una mujer se abrió paso a codazos entre la multitud y le puso la cuerda al cuello.
—No tienen agallas para colgar a un hombre en este día -les dijo Wesley Everest.
Lo llevaron a la cárcel y lo lanzaron sobre el piso
[..]»


Pero como “ser rojo en 1919 era peor que ser pacifista o alemán en 1917“, la (desdichada) suerte del aserrador y sindicalista Everest ya estaba sentenciada. Aquella misma noche, la multitud, con la connivencia de las autoridades, asaltó, sin encontrar apenas resistencia, la prisión y se llevó a Wesley Everest, que fue torturado, mutilado, baleado y, finalmente, colgado de un puente en la madrugada del 11 de noviembre de 1919.


«La investigación judicial resultó ser un completo y macabro chiste. El juez del caso concluyó que Wesley Everest había escapado de la prisión, se había dirigido hacia el puente sobre el río Chehails, se había atado una soga al cuello y había saltado. Como la cuerda era demasiado corta, había tenido que saltar de nuevo rompiéndose, en esta ocasión, el cuello; además, se había disparado un tiro.
Tras sentenciar que se trataba de un suicidio, los restos de Everest fueron introducidos en una caja y enterrados.

Nadie sabe dónde está sepultado el cuerpo de Wesley Everest, pero los seis leñadores que apresaron con él fueron inhumados en la penitenciaria de Walla Walla.»

“Nubes sobre el cementerio”: Archivo personal


Hay en el hayedo que linda con la parte trasera del cementerio y la ermita de la Virgen de los Morros de Cebollón, un sendero  actualmente desdibujado y apenas transitable—  que desciende hasta casi rozar el río y culebrea entre los huertos de la zona baja para ascender de nuevo hacia el viejo molino y unirse al camino meridional que desemboca en el Barrio. Esa senda mortificante es conocida como la Trocha de las Almetas[1]. Por ella vagan, confundidos, los espiritus de aquellos difuntos cuya muerte repentina y/o violenta dejó en suspenso eterno sus rutinas y ocupaciones. Pugnan por regresar al Barrio, se dice, para cumplir con sus tareas inacabadas; como la abuela María de [Casa] Puimedón, fallecida a finales de los años cuarenta, que estuvo cerca de cuatro años recorriendo la trocha desde el cementerio a su casa hasta que Severina, la entendedera[2]  madre de la señora Benita—  descubrió el motivo del pesar de la almeta de María y los familiares de la difunta pusieron remedio.

Se cuenta que María de [Casa] Puimedón recogía su pelo encanecido  que le sobrepasaba la cintura  en un moño que ella misma trenzaba y amoldaba en la nuca. Cada quince días, se descomponía el rodete, peinaba su pelo, lo pringaba con una especie de brillantina y rehacía hábilmente su moño. Para ese menester utilizaba un viejo peine, con algunas púas rotas, que dejaba en una oquedad del patio de la casa.

Aconteció que, regresando un día del huerto, la abuela María sufrió un vahído y cayó en la acequia donde, aunque apenas corría un hilillo de agua, se ahogó. Esa misma noche, mientras velaban el cadáver, empezaron los ruidos en Casa Puimedón. Los siguientes cuatro años las noches se convirtieron en un macabro concierto de golpes, puertas que rechinaban y, en ocasiones, ayes que sobrecogían a la familia. Finalmente, la nuera de la abuela María recurrió a Severina que, tras hacer recordar a los familiares todo lo que había sucedido el día de la muerte de la abuela, averiguó que la intención de la anciana al regresar del huerto era peinar sus guedejas. “¿Y el peine? ¿Dónde está el peine?”, preguntó la entendedera. Entonces la nuera recordó que antes de adecentar a la difunta para el velatorio, había retirado el peine del lugar donde lo dejaba la abuela, guardándolo en el fondo de un cajón. Y no, no había peinado a la difunta; se había limitado a pasarle los dedos por la cabeza y a apretarle el moño.

Severina, que, dicen, era experta en almetas, pidió que volvieran a colocar el peine de la abuela María en la oquedad del patio. Y esa misma noche dejaron de escucharse los fantasmales sonidos.

Señalan las malas lenguas que los habitantes de Casa Puimedón quedaron tan escarmentados por lo acaecido con la abuela María que, desde entonces, cuando hay una muerte en la familia, entierran al deudo descalzo, para dificultar su regreso por la Trocha de las Almetas.


Ya no visitan el Barrio las almetas o, si lo hacen, son tan escrupulosamente discretas que ningún humano ha vuelto a detectar su presencia. Pese a ello, la chiquillería, los jóvenes y los mayores, mantienen dos constantes heredadas de sus antepasados: No acercarse por la trocha los días que preceden al dedicado a los difuntos y depositar una piedrecilla a cada lado del portalón de la entrada al cementerio para que las almetas malévolas que esperan una presencia humana para arrastrarla a la muerte, se enganchen en las piedras y no puedan llevar a cabo su siniestra intención.


[1] En arag., almas, ánimas. Espiritus errantes de los difuntos.
[2] Id, mujer sabia. Bruja.

Lapso evanescente

“Otoño”: Archivo personal

 

Sábado…

Con los chubasqueros veteados de goterones, las botas enlodadas y los rostros encendidos, descienden las caminantes desde la pardina[1] Furtasantos hasta la calleja sombreada de lluvia que se adentra en el Barrio y zigzaguea entre las casas para desembocar en la plazuela donde se ubica el bar del Salón Social. Olarieta, la cocinera y responsable del establecimiento, cabecea tras la barra y dice, socarrona: “Aquí llegan nuestras deportistas pasadas por agua y con más hambre que los pavos de Manolo”. Menos de diez minutos después, ya están las andariegas reunidas en torno a una mesa donde, en apetitoso desorden, humean tazas de café y tazones de leche junto a una fuente de frutas de sartén a donde las manos van y vienen con urgente glotonería.

Cuando, con los estómagos bien cumplidos y las articulaciones algo más reposadas, el grupo se dirige al exterior, retiene Olarieta a la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio: “El señor Juan dejó ayer una pozalada[2] de caracoles para ti. Dijo que entre ellos no encontrarías ninguna cabra[3]… Cuando estén bien purgáus, te aviso y, si quieres, os hago un guisote con ajolio[4].”


[1] En Aragón, monte bajo para pastos.
[2] En aragonés, cubo.
[3] Caracol de tamaño más grande con franjas muy marcadas.
[4] En arag., ajoaceite.

Incandescencias

“Lucernario”: Gorka Zarranz Fanlo


Entre el 4 y el 11 de julio de 1937 tuvo lugar en España el II Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura, en el que el Olimpo literario antifascista de la época celebró  en Valencia, Madrid y Barcelona  diferentes reuniones y ponencias para difundir su inquebrantable apoyo a la República sacudida por un año de guerra cuyo final y posteriores consecuencias ninguno de los afamados conferenciantes podía intuir.

A Barcelona acudió un joven Octavio Paz, recién casado con Elena Garro; en su carpeta llevaba un desgarrador poema escrito días antes, cuando le llegó el doloroso rumor de la muerte, en el frente de Aragón, de su amigo del alma José Bosch.


José Juan Bosch Fontseré, el amigo de Paz, nacido en Sant Feliu de Codines, en 1910, llegó a México con su familia en 1913. Instalaronse los Bosch en Iztapalapa, donde el padre, que había militado en España en la CNT, puso un establecimiento de venta de leche.

En 1929, un ya beligerante José Bosch, coincide con Octavio Paz en el mismo centro de estudios, compartiendo pupitre y una naciente amistad. “A él le debo mis primeras lecturas de autores libertarios. Yo le prestaba libros de literatura -novelas, poesía- y unas cuantas obras de autores socialistas que había encontrado entre los libros de mi padre”, escribiría Paz años después.

Bosch se convierte en indiscutible líder estudiantil, promotor de huelgas y altercados con las autoridades educativas. En 1930, una protesta universitaria, encabezada por José Bosch, contra el gobierno mexicano —aprovechando la visita de unos estudiantes de Oklahoma— tuvo como consecuencia la expulsión del país del joven anarquista, que acabaría dando tumbos por España  de donde también fue expulsado—  Francia, Alemania y Argentina, dejando a su paso su impronta ácrata. Finalmente, y gracias a la mediación de su padre desde México, José Bosch consiguió que las autoridades españolas revocasen su expulsión. Al iniciarse la guerra (in)civil, no tuvo dudas y se alistó en las milicias del POUM.


Aquel julio de 1937, en Barcelona, con su Elegía a un compañero muerto en el frente de Aragón temblándole entre las manos, se dispuso el poeta a leer su homenaje al amigo fallecido. Entonces, al levantar la cabeza, cuando, en palabras del propio Paz, “dirigí la vista hacia el público: allí en primera fila estaba José Bosch”. Los ojos de ambos se encontraron unos segundos. Había asombro en los de Paz y súplica en la mirada de Bosch, que abandonó la sala rápidamente. Cuando, acabado el acto, Octavio Paz y Elena Garro se dirigieron al exterior, un nervioso José Bosch interceptó al poeta; le contó que los comunistas estaban masacrando a anarquistas y poumistas, que su vida corría peligro y que necesitaba urgentemente que le gestionara un pasaporte mexicano para salir del país. Paz recordaría que “le dije que esa misma semana me iría de España. Me contestó: Dame el número de tu teléfono, te llamaré mañana por la mañana”. La llamada no se produjo.

Nunca volvieron a verse ni a comunicarse.


José Juan Bosch Fontseré sobrevivió a la razzia comunista, a la guerra y al franquismo. Nunca corroboró o desmintió lo sucedido aquel día de 1937 en su encuentro con el poeta mexicano.

Se cree que falleció en 1991.


«Has muerto, camarada,
en el ardiente amanecer del mundo.»




BIBLIOGRAFÍA

Octavio Paz: El misterio de la vocación, de Ángel Gilberto Adame López.