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Posts Tagged ‘8 de marzo’

“Iliane in Ice”: Gorka Zarranz Fanlo


De regreso en Orreaga, con la helada adherida a ropa y cabellos y el aliento casi cristalizado, descubrió la muchacha que el libro que tan cuidadosamente guardaba en su mochila había desaparecido. “Se me debió caer en la subida a Ortzanzurieta, cuando saqué la cámara fotográfica de Gorka”, dijo. Y a continuación anunció: “Voy a volver a ver si puedo recuperarlo”. Pero la meteorología, la hora inapropiada y la oposición del resto del grupo desbarataron sus planes y Muerte en Persia, de Annemarie Schwarzenbach, se descompone ahora en algún lugar entre Ibañeta y la imponente montaña que vio llorar a Carlomagno la muerte de Roldán. O así lo relataba la propia Iliane, ante una veintena de personas  en su mayoría mujeres, sentadas en sillas puestas en semicírculo—  en la charla dada el viernes cuatro de marzo que, bajo el lema genérico de Femenino Plural, formaba parte del abanico de actividades organizadas por la Asociación de Mujeres del Barrio para este tercer mes del año.


ACOTACIONES

Annemarie. Inteligente y cultivada. Viajera en permanente huida; ansiosa, dipsomaníaca y morfinómana a temporadas, amiga impulsiva, andrógina y lesbiana.

Annemarie. Autora de Muerte en Persia, un diario personal que se inicia en 1933, cuando sube al Orient-Express, en un periplo viajero que durará siete meses y que compone un mapa de tristeza, desesperación, aislamiento y búsqueda interior entre caravanas de camellos, tormentas de arena y ruinas históricas, en un extraordinario y, en ocasiones, alucinante collage literario donde la autora, combinando ficción, hechos sobrenaturales y retazos autobiográficos, realiza una sentida crónica de sí misma bordeando los abismos de la existencia.

Apagóse la vida de Annemarie Schwarzenbach en Sils (Suiza), tres meses después de golpearse la cabeza con una piedra tras lanzarse en bicicleta por una pendiente, quizás buscando la muerte. Tenía 34 años y muchas vidas gastadas.

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“The Dreaminess”: Archivo personal


«Las injusticias espantosas de que los gitanos han sido víctimas durante siglos y cuyo resultado fue privar a mi generación y a las precedentes de todos los derechos cívicos, habrían podido continuar en nuestro país si Katarina Taikon no hubiera emprendido, hacia 1960, la lucha contra los prejuicios y el racismo bajo todas sus formas, mediante sus libros de carácter social, sus incontables artículos publicados en la prensa y sus gestiones ante miembros del gobierno, del Parlamento y de los partidos políticos.»Rosa Taikon, 87 años, reputada orfebre sueca de etnia gitana, Premio Olof Palme 2013 por su defensa de los derechos humanos.


Los Taikon procedían de Rusia, donde el abuelo, músico itinerante, ejercía el oficio de platero que también enseñó a su hijo mayor, Johan. Al declararse la guerra ruso-japonesa en 1905, el clan Taikon emigró a Suecia, instalándose en un campamento temporal  las leyes suecas sólo permitían la acampada de gitanos en un mismo lugar durante tres semanas, pasado ese tiempo, eran obligados a trasladarse a otra ubicación—. Johan Taikon, que se ganaba la vida tocando el violín, conoció, en 1923, en un restaurante de Göteborg, a la camarera gadjé[1] Agda Karlsson. Enamorados ambos, Agda se trasladó al campamento romaní y se integró en el grupo. La felicidad de la pareja apenas duró 9 años. Unos meses después del nacimiento de la cuarta de sus hijos  Katarina, nacida el 29 de julio de 1932—  Agda Karlsson falleció de tuberculosis. Rosa, la segunda hija de Johan y Agda, y seis años mayor que la pequeña Katarina, asumió las tareas de la madre fallecida, cuidando y protegiendo a sus hermanos hasta que Johan Taikon volvió a matrimoniar con una mujer gadjé cuyo comportamiento con sus hijastros difería poco del que, tradicionalmente, se describe en los cuentos infantiles.

Cuando sus hijas tuvieron edad suficiente, Johan Taikon, hizo algo que no contemplaba la rígida sociedad sueca que habitaba lejos de los infectos terrenos donde se obligaba a vivir a los gitanos: Pretendió escolarizar a sus hijas. No llegó a un año la aventura escolar. Los insultos y los golpes que recibían las hermanas Taikon de sus compañeras ante la indiferencia de las profesoras las obligó a abandonar el aprendizaje soñado.

A los catorce años, presionada por su entorno, Katarina contrajo matrimonio con un muchacho veinteañero cuyos malos tratos la obligaron a abortar y, en última instancia, a regresar con su familia. De nuevo juntas, Rosa y Katarina Taikon se replantearon sus vidas. Querían trabajar, estudiar, vivir en un piso  derechos estos, el de educación y el de acceso de los gitanos a una vivienda, que las leyes suecas sólo recogerían, restrictivamente, en 1959; hasta 1956 se mantuvieron las deportaciones de gitanos a campamentos especiales y entre 1934 y 1974 estuvo en vigor una ley que contemplaba la esterilización de hombres y mujeres de etnia gitana si así lo decidían las autoridades—  y relacionarse de igual a igual con las personas no gitanas. Decididas, abandonaron el campamento y se mezclaron, como dos suecas más, en la populosa ciudad de Estocolmo.

A finales de 1940 Katarina y Rosa Taikon intervinieron en algunas películas suecas y obtuvieron, por fin, el acceso a una vivienda. En 1958, con 26 y 32 años, pudieron reanudar sus estudios lo que, en su caso, implicaba, aprender a leer y escribir correctamente. Era el primer paso hacia la meta que ambas ya se habían trazado: Hacer extensibles todos los derechos al conjunto de la ciudadanía, independientemente de su etnia o creencias.

A finales de la década de los cincuenta, conoció Katarina a su segundo marido, el fotógrafo Björn Langhammer, que se convertirá en el documentalista de su lucha en la siguiente década. Un hecho luctuoso e incomprensible dará más fuerza al empeño de las hermanas Taikon: El asesinato, por motivos étnicos, de Paul Taikon, de 38 años, el hermano mayor, acaecido en 1962. Rosa decidirá, entonces, proseguir con la tradición familiar de trabajar la plata; Katarina publicará su primer libro para mostrar a la sociedad sueca la miserable vida de sus compatriotas gitanos. Conferencias, artículos, libros, documentales, intervenciones en radio y televisión y manifestaciones cada vez más numerosas por las calles del país serán las plataformas desde las que denunciar las condiciones de vida de los romaníes. Katarina empieza a ser una activista conocida. Y molesta. Su pequeña hija Angelica sufrirá en el colegio las consecuencias  agresiones verbales y físicas—  de las denuncias públicas de su madre.

En 1964, Katarina Taikon consigue mantener una reunión pública con Martin Luther King  desplazado a Suecia para recoger el Premio Nobel de la Paz—,  que las autoridades suecas no consiguieron ocultar pese a la complicidad de los grandes medios escritos.

En 1969  y hasta 1981—  convencida de que la educación en la solidaridad y el respeto por las diferencias ha de empezar en la infancia, Katarina Taikon inicia la publicación de las exitosas novelas semiautobiográficas que bajo el título genérico de Katitzi, narran, en trece libros, la vida de una niña gitana que lucha por mantenerse en una sociedad sueca que sueña convertir en igualitaria y acogedora y donde, con un lenguaje sin artificios, recrea sus propias vivencias en los diferentes campamentos gitanos de su infancia. Katarina quería, además, terminar con esa visión romántica y falsa dada por los escritores suecos sobre los gitanos y que, según sus propias palabras, “tanto deforman la realidad de quienes, durante siglos, se han visto afectados por leyes injustas y discriminatorias”.

El exceso de trabajo y los continuos viajes terminaron por deteriorar la salud de Katarina Taikon. En 1982, exhausta, sufrió un accidente cardiovascular que la mantuvo en coma irreversible durante trece años. Falleció el 30 de diciembre de 1995.


En el año 2000 las leyes suecas reconocieron a los gitanos como minoría étnica y el rromanés como lengua propia del Pueblo Gitano, reconocimiento por el que tanto lucharon las hermanas Taikon, que consideraban que los gitanos podían conservar su propia cultura y sus tradiciones, el idioma, la música y el folklore sin dejar de ser parte de la sociedad sueca.


Lawen Mohtadi, escritora sueca de origen kurdo, publicó en el año 2012 una completa biografía de Katarina Taikon bajo el título Den dag jag blir fri, “El día que fui libre”.

[1] Dícese, en rromanés, de la persona que no pertenece a la etnia gitana.

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kroeller4

“Kroeller4”: Gerhard Katterbauer


«Respecto a la serie de afirmaciones que se han hecho esta tarde contra el voto de la mujer, he de decir, con toda la consideración necesaria, que no están apoyadas en la realidad. Tomemos al azar algunas de ellas. ¿Que cuándo las mujeres se han levantado para protestar de la guerra de Marruecos? Primero: ¿y por qué no los hombres? Segundo: ¿quién protestó y se levantó en Zaragoza cuando la guerra de Cuba más que las mujeres? ¿Quién nutrió la manifestación pro responsabilidades del Ateneo, con motivo del desastre de Annual, más que las mujeres, que iban en mayor número que los hombres?».
-Extracto del discurso de la diputada Clara Campoamor en las Cortes, el 1 de octubre de 1931, defendiendo el derecho a voto de la mujer.-


Modista, dependienta, trabajadora de Correos y Telégrafos, profesora de taquimecanografía, abogada —intervino en la defensa de dos encausados relacionados con la sublevación de Jaca—, diputada, conferenciante, articulista, traductora y escritora, a Clara Campoamor Rodríguez, cuyas únicas ideologías confesadas, independientemente de los partidos en los que militó, fueron el republicanismo y la defensa de los derechos de las mujeres, se la acusó de haber ayudado al triunfo de la derecha en las elecciones de 1933, gracias al voto femenino del que fue, en primera instancia, única valedora, enfrentada a las también diputadas Margarita Nelken y Victoria Kent, que consideraban que la influencia de la Iglesia Católica en las mujeres las encaminaba a votar, vía confesionario, a los partidos conservadores.

Las convicciones que la llevaron a luchar por la no exclusión de la mujer de las decisiones políticas, y las circunstancias adversas que le sobrevinieron a raíz de su empeño, fueron narradas en su obra, de carácter autobiográfico, “El voto femenino y yo: mi pecado mortal”, publicada un mes antes del estallido de la Guerra Civil.

Exiliada durante la dictadura franquista —se negó a renunciar a su condición de masona y a denunciar a compañeros de logia, condiciones impuestas por las autoridades para regresar a España—, vivió en Argentina, Francia y Suiza, país este último, en el que falleció en 1972.

Sus restos reposan, por decisión personal, en el cementerio de Polloe de Donosti, por ser ésta la ciudad donde se encontraba —inmersa, como ya se ha comentado, en los procesos por rebelión militar que tuvieron lugar en la capital guipuzcoana, tras los fusilamientos de los capitanes Galán y García Hernández en Huesca— cuando se proclamó la II República.


«Tenéis el derecho que os ha dado la ley, la ley que hicisteis vosotros, pero no tenéis el derecho natural, el derecho fundamental que se basa en el respeto de todo ser humano […]; dejad que la mujer se manifieste y veréis cómo ese poder no podéis seguir detentándolo.»(Op. cit.)

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“Atrapa sueños”: Marcela García


Don Carmelo, yo no quiero ser modista. Quiero ser maestra.
Vamos, vamos, Adelina… Los estudios de maestra cuestan un dinero que tú no tienes, muchacha. Dime, ¿quién te los va a costear…?
Pues… Usted.

Y aquel hombre, Carmelo Coiduras, terrateniente y empresario ayerbense propietario del palacio de los Marqueses de Urríes, miró a la jovencita de catorce años, discreta y esforzada, plantada ante él, a finales de los años cincuenta, con la obstinación bailándole en los ojos, y supo que ninguna de sus inversiones iba a ser tan humanamente rentable como la que le proponía, sin subterfugios, aquella gitanilla, huérfana desde los dieciséis meses, que, con ánimo y resolución, había diseñado para sí misma un futuro distinto al que, por tradición y estrato social, le hubiera correspondido.

Siete años después, en 1966, Adelina Jiménez Jiménez, terminados los estudios pagados por su mecenas, obtenía plaza de maestra por concurso-oposición, convirtiéndose en la primera maestra gitana de España. “Mi primer destino fue un pueblo del Pirineo aragonés, en la parte de Aínsa. El domingo me venían a buscar con las bestias al autobús. Los burros cargaban mis maletas y yo andaba 10 kilómetros, un camino angosto que finalizaba en Olsón, donde estaba la escuela“. Tras Olsón, el colegio General Solans de Albalate de Cinca y el colegio Aragón de Monzón, lugares en los que Adelina ejerció su labor y, donde, pese a desencuentros y suspicacias iniciales, pasaría los mejores y más productivos años de su vida. En el año 2007 recibió la Medalla de Oro al Mérito en el Trabajo por haber ejercido la enseñanza “a través de una labor implicada en la lucha a favor de la integración igualitaria de las mujeres gitanas”.


Pinta Adelina, entre lecturas y paseos, sueños de cirros coloreados en el cielo montisonense que semejan los retazos de las telas que antaño vendía, de pueblo en pueblo, su abuela, la señora Elodia, la mujer que la crió y alentó y a quien leía cuentos cada noche llenando la modesta estancia de la casa de Ayerbe de tiernas trovas de esperanza.




ANEXO

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"The Book": Eva Gyorffy

“The Book”: Eva Gyorffy


Cuando, en 1987, Bronislawa Wajs exhaló el postrer suspiro, ya llevaba treinta y cuatro años muerta. El Baro Shero (máxima autoridad entre los gitanos polacos) que en 1953 la había declarado marihmé (=impura, en rromanés) y, como consecuencia, indigna de formar parte de la comunidad romaní, dictó concienzudamente su sentencia. Bronislawa, llamada Papusza (=Muñeca, en rromanés), se recluyó en sí misma entre el desdén y la indiferencia de las gentes de su etnia y vivió y murió sola y olvidada.

Bronislawa Wajs nació en Polonia, en 1908 o 1910, en una familia de romaníes trashumantes que se ganaban la vida tocando el arpa de pueblo en pueblo. Bronislawa, analfabeta como el resto de los miembros de su familia, empezó a sentir curiosidad por los libros, esas mágicas cajitas de papel pobladas de signos con mensajes extraordinarios, y se afanó por encontrar en cada poblado donde actuaba la familia, alguna persona que le enseñara a leer. A cambio entregaba algún ave robada en el primer corral de fácil acceso.  Alumna disciplinada, pronto fue capaz de desentrañar el estimulante mensaje de las palabras y, no sin esfuerzo, se proveyó de una humilde biblioteca cuyos sencillos y desgastados volúmenes conseguía efectuando idéntico pago al ideado para recibir lecciones.

La afición lectora de la niña no gustó a la familia, que consideraba los libros objetos únicamente provechosos para ser consumidos en las fogatas que se encendían para cocinar el condumio y protegerse del frío que hería la carne de otoño a primavera. Papusza, para evitar que sus libros alimentaran el fuego, los mantenía escondidos bajo los pesados instrumentos musicales, estratagema que le sirvió para salvar la mayoría de sus adquisiciones.

A los quince años, Bronislawa fue obligada a contraer matrimonio con un arpista gitano de mayor edad y, según los cálculos de la familia, en mejor posición económica. Fue entonces cuando empezó a cantar, con el acompañamiento musical de su marido, sencillas baladas que ella misma creaba y en las que describía la vida errabunda de los gitanos, sus esperanzas e ilusiones. Eran los comienzos de quien muchos años más tarde, y ya desaparecida, sería considerada una de las mejores poetisas en lengua romaní.

La II Guerra Mundial y la persecución que sufrieron los gitanos  -un centenar de familiares de Bronislawa y su marido fueron exterminados-, obligó a Papusza y a los suyos a refugiarse en los bosques, donde compartieron escondite con fugitivos judíos, para quienes también compuso sentidas canciones. Terminada la contienda, el poeta Jerzy Ficowski, que había escuchado cantar a Papusza, se interesó por sus letras y las transcribió del romaní al polaco, publicándose en una revista de gran tirada.

Bronislawa Wajs adquirió cierto reconocimiento, pero seguían siendo malos tiempos para los gitanos polacos. Las autoridades socialistas establecieron un programa de asentamiento obligatorio para los gitanos supervivientes de la guerra y el amigo gadyé (=no gitano, en rromanés) de Papusza, Jerzy Ficowski, autonombrado experto en cuestiones gitanas, utilizó los poemas de Bronislawa, sin el consentimiento de ésta, como propaganda gubernamental para convencer a la comunidad gitana del paraíso que les esperaba en las zonas que se les habían asignado como residencia forzosa. La respuesta de los gitanos no se hizo esperar. Bronislawa Wajs, Papusza, fue acusada por los suyos de traicionar la vida y costumbres de los gitanos polacos  y de colaborar con el gobierno para arrinconarlos. Sometida a juicio tribal, de nada le sirvió intentar paralizar la publicación de un libro de poemas; tampoco, romper cerca de trescientas composiciones que guardaba en su casa. Bronislawa Wajs, Papusza, fue excluida ad aeternum de quienes hasta ese momento habían constituido su pueblo.

Ocho meses en un sanatorio psiquiátrico precederían a los treinta y cuatro años de soledad y abandono. Murió el 8 de febrero de 1987.


En los años posteriores a su muerte, la figura y la poesía de Bronislawa Wajs fueron reivindicadas por las nuevas generaciones gitanas. La casa de Papusza, en la ciudad de Gorzow Wielkopolski, donde vivió, está señalada con una placa conmemorativa y una estatua de la poetisa se colocó en el año 2008 en el parque de la localidad.

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