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Posts Tagged ‘exterminio’

“La fosa abierta”: Archivo personal


El día 1 de octubre, Toño Moliner, del Círculo Republicano Manolín Abad de Huesca, enviaba un mensaje a los nietos del hombre asesinado ochenta y un años atrás: “El cráneo es el de él al 99’9%”. Y ellos, los nietos de Constantino Campo Arcas, que durante tres días habían asistido y colaborado en la delicada y emotiva tarea de apartar la tierra que ocultaba aquellos cuatro cuerpos que ocupaban la infame fosa, tuvieron, por fin, un momento para llorar —de alegría moteada de tristeza, por la recuperación de los restos de un abuelo al que hurtaron la posibilidad de vivir una vejez colmada de abrazos; de congoja, por el recuerdo de la abuela Emilia, viuda con 36 años y madre de seis hijos (la mayor tenía doce años), a quienes el asesinato truncó dichas y sueños; de rabia, por no tener la oportunidad de enfrentar sus ojos con los de los asesinos y arrojarles, en prolongado reflejo, su desprecio—.


Quedó vacía la oquedad, con un compungido ramillete de flores velando el recuerdo de los infortunados moradores —Isabel, Mariano, Andrés y Constantino— aunados en ese indeseado destino térreo que el empecinamiento de los descendientes de uno de ellos y el arrojo administrativo y excelente disposición de los republicanos del siglo XXI lograron quebrar para sustraer las humanas osamentas de la Sima del Olvido a la que quisieron arrojarlas los homicidas.



IN MEMORIAM,

Constantino Campo Arcas, 39 años. Zapatero y funcionario del Ayuntamiento.
Mariano Mascuñana Perales, 52 años. Carpintero.
Isabel Navarro Llena, 44 años; esposa del anterior.
Andrés-Ramón Olivar Pardo, 44 años. Tipógrafo.

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“Reflection in puddle”: Eugene Romanenko


Esta vez no habrá escapadas emotivas”, dice el profesor Tarlós cuando el grupo aborda la mashruska[1] que une Chișinău con Tiraspol. “Visitaremos la destilería, comeremos, daremos un pequeño paseo por la ciudad y regresaremos dentro del cómputo de tiempo que nos dan para estar en el territorio”. Territory, lo llama. No country, state o nation. Territory. Transnistria. La rebelde Transnistria independizada unilateralmente de la República de Moldavia y autoproclamada República Moldava Pridnestroviana; rumanizada la Moldavia reconocida internacionalmente; profundamente rusa e ignorada la otra, la separatista y eslava Transnistria. Y, entre ambas, una guerra civil felizmente corta pero, aún así, cruenta, y un conflicto territorial largo y, aparentemente, irresoluble.

En la frontera —porque la RM Pridnestroviana tiene instalada su propia frontera, tanto en la parte que linda con Ucrania como en la de la oficial República de Moldavia— los guardias eslavos de Transnistria recogen los pasaportes que, en bloque, les entrega el conductor de la mashruska. Enseguida sube un agente y se dirige, en ruso, al profesor Tarlós y su grupo, preguntándoles si se trata de una visita turística. “De estudios”, responde el profesor, también en ruso. “Estamos invitados a la destilería Kvint de Tiraspol”. En un ticket-visado entregado a cada miembro del grupo se les concede una estancia de veinticuatro horas en la República Moldava Pridnestroviana a partir de ese mismo momento, con la aclaración verbal, en inglés, de uno de los agentes, de que si, por cualquier circunstancia, se prolongara la visita están obligados a acudir a la oficina de registros para solicitar una prórroga de estancia y comunicar su lugar de alojamiento. “Y si no, nos mandan al gulag”, murmura entre dientes Monique, una ingeniera agrónoma marsellesa, sin perder la sonrisa.

Las pinceladas de ambientación soviética de la capital moldava, Chișinău, adquieren unos trazos bastante gruesos en Tiraspol, la capital de la RM Pridnestroviana, con la desmesurada estatua de Lenin que, a modo de elevado cancerbero, se alza ante el parlamento de Transnistria; o los repetidos murales donde el Che Guevara, tocado con su gorra roja ladeada, taladra con la mirada a quienes transitan junto a los muros pintados de héroes —Yuri Gagarin incluido— que se asoman a unas calles limpias y con apenas tráfico, álbumes de una época sobrepasada.

Entre tanto memorial, tanto cemento y tanta herrumbre del pasado; ¿a que no hay la mínima alusión a los gitanos que deportaron y dejaron morir de hambre rodeados de alambradas en Transnistria?¿y a los judíos…?”, le pregunta la veterinaria a Stefan Tarlós, en un aparte, durante la degustación de brandis en la Kvint. “De eso no culpes a los rusos. Fue Antonescu. Fuimos nosotros, los rumanos, quienes lo hicimos”, responde él. Y añade mientras se lleva la copa a los labios y finge beber: “Pero no se te ocurra preguntarles a estos porque es posible que te manden a Soroca[2] de una patada en el culo”.



Dos días después, y mientras el avión que la transporta de Bucarest a Barcelona consigue que las dos repúblicas enfrentadas se pierdan en la distancia, retoma la veterinaria la lectura de Negro y rojo, el libro de Ioan T. Morar que, de manera novelada, cuenta la historia de los crímenes cometidos por el ejército rumano en Odesa y la deportación de los gitanos a Transnistria durante la Segunda Guerra Mundial.


[…]No hubo ninguna lucha contra el enemigo, aunque eso fue lo que les dijeron, que había que aniquilar al enemigo, y a los soldados les extrañó ver que ante ellos no había ningún enemigo terrible, ningún civil armado, sino tan solo una población descompuesta, paralizada por el miedo e incapaz de toda respuesta. La única arma de aquel extraño enemigo eran sus lamentos, sus gritos y alaridos a los que se unía la inútil invocación a la compasión[…].- Negro y rojo. Fragmento de la novela de Ioan T. Morar, traducida del rumano por Joaquín Garrigós.


[1] En Moldavia, autobús.
[2] Ciudad moldava donde habitan muchos gitanos.

 

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“Butterfly Effect”: Marko Beslac


Rita Vowe quisiera desmenuzar los casi setenta y cinco años transcurridos desde aquella tarde de 1938, cuando todavía se llamaba Rita Edith Trollmann y sentía, por última vez, en la fragilidad de sus tres años, el amor inmenso de su padre, Johann, que las abrazaba a ella y a su madre, Olga Frieda Bilda, con los dolorosos papeles del divorcio depositados sobre la mesa de la cocina. Johann y Olga  —gitano y gadjé[1]—  se habían casado en 1935, el mismo año del nacimiento de su pequeña Rita. Por amor se unieron y apelando a ese mismo sentimiento abandonó Johann Trollmann a quienes tanto quería para alejarlas del estigma de ser la esposa y la hija de un gitano alemán en aquella República de Weimar emponzoñada por los vientos del nazismo.

Más de setenta años tardaría Rita Vowe  —née Rita Edith Trollmann—  en conocer la historia de sacrificio, lucha y muerte del hombre que le dio, primero, la vida, y, después, la oportunidad de sobrevivir.


En Hannover, una calle corta, cercana a una iglesia, recuerda a uno de sus vecinos, el campeón de boxeo Johann-Wilhelm Trollmann, conocido como Rukeli, nacido en Wilsche, en 1907, en el seno de una familia sinti que se trasladó a Hannover, ciudad en la que transcurrió casi toda la vida de Johann y donde empezó a despuntar como boxeador. Rukeli, pequeño y delgado, tenía un estilo peculiar en el cuadrilátero, entre acróbata y bailarín, que los nazis consideraban afeminado y opuesto a los ideales de marcialidad y hombría que se presuponían en un buen alemán.

En 1933 disputó y ganó en Berlín el campeonato de Alemania de pesos semipesados; el título le fue retirado seis días más tarde con la excusa de haber practicado un boxeo poco masculino y una actitud  —había llorado de alegría ante su victoria—  alejada de los cánones nazis. Emplazado a un nuevo combate con la prohibición expresa de boxear como lo hacía habitualmente, Johann se presentó en el ring con el pelo teñido de rubio y el cuerpo enharinado  —en peligrosa burla contra los postulados arios—  y se mantuvo quieto mientras su contrincante golpeaba su rostro. Resistió cuatro asaltos antes de caer, ensangrentado, al suelo.

Desposeído de su título e inhabilitado para boxear, sobrevivió gracias a algunas peleas en circuitos clandestinos. En 1939 fue detenido y esterilizado. En noviembre de ese mismo año hubo de enrolarse en el ejército y, un tiempo después, fue enviado al frente oriental, donde sería herido y devuelto a Alemania.

El 16 de diciembre de 1942, Himmler, en lo que se conoce como Decreto de Auschwitz, ordena la deportación de todos los gitanos que todavía no habían sido confinados en campos de concentración y Johann Trollmann es detenido por la Gestapo y llevado al campo de concentración de Neuengamme, donde trabajará hasta la extenuación, como el resto de prisioneros, en la fabricación de ladrillos y será obligado a boxear para regocijo de los guardianes, con la promesa de recibir una ración extra de alimentos. Dada su extrema debilidad, un grupo de prisioneros decidió hacerle pasar por muerto. Con una falsa identidad es transferido al campo de Wittemberge donde, unos meses después, en 1944, será reconocido y obligado a pelear contra uno de los kapos. Rukeli, debilitado pero con un último conato de dignidad, se enfrentó a su guardián, que terminó rodando por el barro del campo entre las risotadas del resto de los carceleros. El hombre públicamente humillado se hizo con un palo y la emprendió a golpes contra Johann. Hasta la muerte. Después, el olvido. Hasta que los esfuerzos de su sobrino nieto, Manuel Trollmann, por recuperar la memoria y los logros de aquel gitano asesinado a golpes, desempolvaron su historia.


En el año 2008, la publicación del libro Leg dich, Zigeuner. Die Geschichte von Johann Trollmann und Tull Harder, de Roger Repplinger, aportaría datos imprescindibles para conocer el bárbaro final de Rukeli. En la narración, el autor contrapone la biografía de Johann Trollmann, boxeador preso en un campo de concentración por su condición de gitano, con la del futbolista Otto Tull Harder, ídolo alemán afiliado a las SS que fue guardia del campo de concentración donde fue recluido Rukeli. Harder fue juzgado por crímenes contra la humanidad al finalizar la guerra europea. Condenado a quince años de prisión, de los que cumplió diez, falleció en Hamburgo en 1956. En 1974, con motivo de la Copa Mundial de Fútbol, se editó en Hamburgo un folleto en el que se ensalzaba a Harder como “modelo a imitar por la juventud“, lo que provocó un escándalo que obligó a retirar todos los ejemplares publicados.



POST SCRIPTUM

  • Heinrich Trollmann, llamado Stabeli, hermano menor de Rukeli y también boxeador, fue deportado a Auschwitz, donde murió en 1943. Tenía 27 años.
  • En el año 2003 la Federación Alemana de Boxeo entregó a la familia Trollmann el cinturón de campeón de los pesos medios obtenido por Rukeli en 1933 y del que se le había despojado por cuestiones raciales.
  • En junio de 2010 se inauguró un monumento de homenaje a Johann Trollmann en el Viktoria park de Berlín.
  • En enero de 2011, el remodelado pabellón de deportes berlinés levantado en el mismo lugar donde, en 1933, Rukeli obtuvo y fue despojado de su título de campeón, fue renombrado como Johann Trollmann Boxcamp.

Der zu späte Sieg (La victoria tardía) es el título de una canción contenida en el CD “Trollmann”, del grupo Spätlese.

[1] Dícese, en rromanés, de la persona que no pertenece a la etnia gitana.

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"Houston,We Have a Problem": Michael P. Ammel

“The Lost Paradise”: Michael P. Ammel


A las seis de la mañana, dos únicos sones telefónicos en cada una de las cuatro habitaciones del hotel donde pernoctan los franceses, macedonios y rumanos llegados a lo largo del día anterior.

A las seis y media, desayuno entre bostezos de rostros somnolientos con los cabellos indicando su estancia bajo la ducha. Panecillos recién horneados, lonchas de tocino, huevos sobre un lecho de patatas humeantes, una tabla con quesos, tarrinas individuales de mantequilla y mermelada y una jarra de cerámica rebosante de café.

A las siete, puntuales, ocupando el microbús donde un conductor que únicamente habla alemán saluda con una inclinación de cabeza. Última parada en el Tiergarten y segunda inclinación de cabeza, como despedida, del conductor.


A las diez de la mañana, entre alfileres de gotas que van y vienen aguijoneando el agua retenida del estanque que honra a los zíngaros asesinados y desaparecidos en la Europa del nacional-socialismo, se detiene el grupo contemplando la flor yacente y desvalida sobre su peana triangular que recuerda a los seres humanos masacrados. “Muj sukkó, kiá kalé, vust surdé; kwit. Jiló cindó bi dox, bi lav, nikt rubvé”[1], reza el poema de Santino rodeado por las piedras que circunvalan el estanque, señalando, cada una, el nombre de los campos del horror donde se extinguieron los tambaleantes futuros de tantos hijos e hijas del viento.


Al mediodía, los cúmulos ennegrecidos que tapizan el cielo sobre la Kurfürsten Damm toman la forma de una nao varada bajo la que desfilan, con moderada prisa, gabardinas, impermeables y paraguas cerrados que oscilan entre bolsas coloristas que parecen flotar, autónomas, sobre la acera ligeramente húmeda.

En la Wittenbergplatz, Lila  —botas y plumífero amarillo, gorro de lana y mochila marrón—  se une al grupo que procesiona, envuelto en un halo de reconocibles turistas, por la Tauentzienstraße rumbo a los KaDeWe.


En el restaurante nadie parece prestar atención a los comensales gitanos recién llegados; Lila, emigrada a Alemania desde Hungría, donde todavía vive su madre, la tía Jespolá, se ocupa de pedir los menús de sus acompañantes en los míticos grandes almacenes berlineses donde, en jornada nocturna, trabaja como limpiadora.

Carraspeos. Alguna toses. Silencios. De las demás mesas ocupadas surgen delicados murmullos de conversaciones ininteligibles. Lila se interesa, en un francés balbuciente, por la visita del grupo al recién inaugurado monumento en el Tiergarten. La sucia nao que pendía del cielo berlinés se ha transformado en adiposa ballena arponeada por los albos rayos del sol otoñal.




Dicebamus hesterna die…


Zigeunerlager, era la denominación de las zonas destinadas a los gitanos en los campos de concentraciónn nazis.

[1] “Rostros hundidos, ojos extinguidos, labios fríos; silencio. Un corazón destrozado sin respiración, sin palabras, sin lágrimas”.

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“Last Man”: Jawek Kwakman


Unas sencillas placas de hormigón chapado en latón dorado y colocadas, a modo de adoquines, junto a diferentes edificios de Alemania, Polonia, Austria, Países Bajos y otros países europeos donde el nacionalsocialismo se adueñó de la vida y la muerte de la ciudadanía, son la contribución del artista Gunter Demning a la Campaña contra el Olvido ideada por él mismo en 1997 bajo el lema: “Una persona tan sólo se olvida cuando se olvida su nombre“.

El Proyecto Stolpersteine (Las Piedras del Tropiezo) es un homenaje al gitano, al judío, al eslavo, al homosexual, al Testigo de Jehová, al disidente político; al vecino, al estudiante, al diputado, al ama de casa, al obrero, al discapacitado, al vagabundo que compartió edificio, hogar, trabajo, aula, calle, ruta y saludos y que un día fue arrebatado de su entorno cotidiano, como si jamás su presencia hubiera formado parte de la aldea, del barrio, de la ciudad. Desaparecido. Muerto. Olvidado.

Las placas,  —más de 35.000 hasta la fecha, cuyo coste de unos noventa y cinco euros se financia mediante aportaciones ciudadanas—,  son colocadas a pie de calle y llevan una leyenda  —precedida por las palabras “Aquí vivió, o trabajó, o fue asesinado…”—  con el nombre de la persona y las fechas de nacimiento y desaparición o muerte. El primer adoquín se colocó en Austria, el 19 de julio de 1997, en recuerdo de Johann Nobis, Testigo de Jehová ejecutado el 8 de enero de 1940 por objetar contra el servicio militar.


[…]A través de la tierra juntad todos
los silenciosos labios derramados.[…]
PABLO NERUDA

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“Eclipse of the Innocent”: Melanie Powell


Un escueto comunicado enviado por una asociación de gitanos alemanes anunciaba, el 5 de julio de 2001, la muerte de Otto Rosenberg, un ciudadano berlinés cuyos recuerdos habían tomado la forma de libro gracias a la pluma de Ulrich Enzensberger, que, en 1998, había publicado Das BrenglasUn gitano en Auschwitz..

Rosenberg, gitano sinti, evocaba en el libro de Enzensberger su llegada a la que él consideraba fascinante Berlín, ciudad que llevó siempre en cada uno de sus sentidos, incluso en los cinco campos de concentración que fueron su morada desde 1942, cuando fue detenido con quince años, hasta 1945, año de su liberación de Bergen-Belsen por las tropas rusas.

Ni los experimentos que realizaron con él ni los trabajos forzados ni el exterminio de toda su familia -su madre, que también fue liberada al final de la guerra, falleció poco después a consecuencia de los padecimientos en el cautiverio-, minaron su sentimiento alemán; fue berlinés hasta la muerte.

Durante más de cincuenta años mantuvo apartado de su presente el horror vivido, llegando a tatuarse un ángel en el brazo, encima del número que indicaba que había sido prisionero de un campo de concentración.


Otto Rosenberg, nacido en la Prusia Oriental, el 28 de abril de 1927, co-fundó y presidió, tras la guerra, la asociación de gitanos alemanes. En 1998 fue condecorado con la Cruz Federal al Mérito por sus campañas a favor de la igualdad social de las minorías étnicas y su incansable lucha por el reconocimiento y la compensación a las víctimas del nazismo. Una calle y una plaza llevan el nombre de este gitano alemán en el distrito berlinés de Marzahn, en el lugar donde el 16 de julio de 1936 fueron confinados los gitanos de la capital tras la limpieza nazi de Berlín con motivo de las Olimpiadas. El campo gitano de Marzahn, situado en un desagüe de aguas residuales, fue, para la mayoría de las familias allí recluidas, la antesala de los horrores venideros, minimizados y silenciados por las autoridades alemanas, que no reconocerían oficialmente el genocidio de los gitanos europeos hasta 1982.


Chavó tri bravàle, en rromanés, significa Hijo del Viento.

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“Prisoner”: Douglas Ross


“[…]Al hombre lo habían dejado tirado allí para que todos lo viéramos. Sufría… sufría mucho, pero no le quedaba voz para quejarse. […]Estuve mucho tiempo observando mientras rezaba para que el hombre muriera y terminara su sufrimiento. Pero seguía moviéndose y supe que debía hacer algo[…]. Cuando vi que los guardias se habían desentendido de él, me acerqué arrastrándome, le puse una mano en la mejilla y le dije que estaba a salvo. Recuerdo sus ojos… Me miraban… Era un hombre guapo… Un gadyè (=no gitano) de ojos castaños, de unos cuarenta años. Le sonreí y le puse mi pañuelo en la boca y la nariz. Ni siquiera se movió cuando apreté. […]Sus ojos seguían mirándome pero me di cuenta que había muerto. […]Entonces, aquel guardia me vio… Tiró de mi brazo como si quisiera arrancármelo. […]Otros guardias se acercaron. […]Aquella noche recibí más golpes que en todo el tiempo que llevaba allí. Con cada golpe pensaba: Este es el último. Ahora moriré y acabará todo. Pero me seguía doliendo. Me dolía cada hueso, cada trocito de mi cuerpo. Seguían, seguían, seguían… Yo pensaba que ojalá alguien me ayudara como yo había ayudado al gadyè moribundo.[…].- Traducción ajustada al original en francés.


Tres viejas cintas de casette recogen el testimonio de Florica Slavu, gitana, superviviente del campo de concentración de Lety, en el sur de Bohemia. Su voz, a veces entrecortada, va desgranando las atrocidades cometidas allí donde, como ella repite, “Devel (=Dios) miraba para otro lado”.


“Yo no esperaba que vinieran de fuera para ayudarnos a nosotros, los romá, pero también había veinte o treinta judíos, que luego se llevaron a otros lugares, y ellos tenían poder y amigos. Eso se decía en el campo, que vendrían de fuera a ayudar a los judíos y nos sacarían a todos. Pero a ellos tampoco los quería nadie[…].”


Florica Slavu, convertida en activista gitana para el Reconocimiento del Genocidio practicado contra el Pueblo Gitano, nació en Praha, en el otoño de 1925. Falleció en París, en enero de 2007, un día antes de la conmemoración del Día Internacional del Holocausto. Nunca recibió compensación alguna por el daño que se le inflingió.


“¡Oh pena de los gitanos!
Pena limpia y siempre sola.
¡Oh pena de cauce oculto
y madrugada remota!”
Federico García Lorca

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“The Last Vagrant”: Alexander Kruglov


En Hungría  -país que asumió, en enero de este año, la presidencia del Consejo Europeo- el partido ultraderechista Jobbik, bendecido, merced a los votos ciudadanos, con 47 escaños en el Parlamento magiar, no sólo continúa con alevosa impunidad su campaña de terror contra la minoría romaní sino que no duda en ratificar públicamente sus fuentes ideológicas. El pasado 20 de abril, el canal televisivo CN1 de los filonazis húngaros emitió a través de internet un vídeo de corta duración que  conmemoraba el 122º aniversario del nacimiento del siniestro Adolf Hitler y donde se honraba al impulsor del Partido Nazi alemán como “gran estadista que logró alcanzar un gran desarrollo económico y moral de Alemania” y acabó siendo “víctima de una caza de brujas organizada por anglosajones y bolcheviques”.

Gábor Vona, líder del partido Jobbik e  inspirador del  “Boldog születésnapot, mein Führer![1]”, ya demostró suficientemente su ruindad cuando, en la primavera de 2010, juró su cargo de diputado electo vestido con el uniforme de la organización paramilitar Magyar Gárda, heredera de los facinerosos que durante la II Guerra Mundial colaboraron con la Alemania nazi en la detención y asesinato de miles de judíos y gitanos de nacionalidad húngara.

Cuentan los ancianos patriarcas que, un día, las carretas trashumantes dejaron de rodar por los viejos caminos europeos y enmudecieron las voces que seguían el compás chirriante de los ejes mientras saltaban las ruedas, en repetitivo juego, sobre las piedras talladas a golpes de huída.
Recitan los arrugados sabios nombres impronunciables, retales desiguales de vidas sajadas, recuerdos aprendidos de otras voces que, a su vez, escucharon la desdichada retahíla cuando la memoria todavía no se había distanciado del pasado.
Una vez que el silencio recoge el testigo y entrecierran los ojos los patriarcas, el auditorio, como un único ser humano, se yergue y, una a una, resuenan -en una cascada de dejes plurilingües- las filiaciones de los hombres, mujeres, niñas y niños de etnia romá víctimas del genocidio nazi, con una leve pausa entre uno y otro nombre, en mudo homenaje a aquellos que, amén de la vida, fueron desposeídos también de su identidad.




Dicebamus hesterna die…


[1]”¡Feliz cumpleaños, mi Fuhrer!”

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"Memorial Gitano"

“Memorial del Genocidio contra el Pueblo GItano”


[…]Algunos meses antes de la ocupación alemana de Francia, los gitanos habían sido registrados por medio de tarjetas de identificación especiales y sometidos a vigilancia policial, al mismo tiempo que se creaban campos de trabajo para ellos. La zona ocupada de Alsacia-Lorena fue testigo de una oleada especialmente brutal de persecución de gitanos de la etnia Manouche. Tanto en el norte, en la Francia ocupada, como en el sur, bajo el gobierno de Vichy, fueron cazados e internados en campos de trabajo. El Ministro de Asuntos Judíos de Vichy, Xavier Vallat, fue responsable de los 30.000 gitanos internados. La mayoría fueron transportados a los campos de Buchenwald, Dachau y Ravensbrück, donde entre 16.000 y 18.000 murieron. El gobierno de Vichy llevó la colaboración hasta el punto de extender la persecución a Argelia, forzando a 700 gitanos a internarse en el ghetto de Maison-Carrée, cerca de Argel; Orán y Mostagenem también tuvieron centros de internamiento para gitanos. La colaboración francesa, en relación al trato dado a los gitanos, no ha sido discutida hasta ahora […]. – Topografía de la Memoria.

El 20 de julio de 2007 fallecía en la señorial Poitiers, Jean-Louis Bauer, llamado Poulouche, presidente de la Unión Nacional de Víctimas y de Familiares de Víctimas Gitanas.

Nacido en 1930, padeció junto a su madre, Redcha, y su padre  -desaparecido en  un campo de concentración alemán- el horror del nazismo en los campos de internamiento de Mérignac, Poitiers, Montreuil-Bellay y Jargeau, tenebrosas localizaciones francesas entre cuyas alambradas transcurrió su vida desde 1940 hasta el 23 de diciembre de 1945.

Con la misma fuerza de voluntad que le impidió sucumbir al maltrato, el hambre y las enfermedades, dedicó el resto de su existencia a ser la Voz de los Olvidados desde su pequeño cuartel general de Poitiers, ciudad en la que echó raíces y donde  residió, hasta su muerte, con su esposa y sus nueve hijos.

El 18 de julio de 2010, el Ayuntamiento de Poitiers, en reconocimiento a su labor, inauguró una calleja con su nombre. Diez días antes, las autoridades francesas declaraban Monumento Histórico los restos del antiguo campo de concentración para gitanos  de Montreuil-Bellay,  en Maine-et-Loire, donde Poulouche, aún niño, estuvo preso  del 27 de diciembre de 1943 al 16 de enero de 1945.


La primera foto de mi padre se la tomaron cuando tenía 3 años. Se trataba de una foto antropomórfica policial. A los 3 años se le imponía ya un horrible carnet en el que se asimilaba a los gitanos con los fugitivos de la justicia. ¡A los 3 años! Hoy se ha bautizado una calle con su nombre […] De aquella foto a esta placa, el viaje de la historia ha sido largo, difícil, a menudo trágico. Un camino lleno de baches que hoy se convierte en esperanza […].- Tony Bauer, hijo de Poulouche.


Samudaripen y/o Porrajmos son dos términos que se aplican al referirse al genocidio perpetrado contra los gitanos.

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"The Book": Eva Gyorffy

“The Book”: Eva Gyorffy


Cuando, en 1987, Bronislawa Wajs exhaló el postrer suspiro, ya llevaba treinta y cuatro años muerta. El Baro Shero (máxima autoridad entre los gitanos polacos) que en 1953 la había declarado marihmé (=impura, en rromanés) y, como consecuencia, indigna de formar parte de la comunidad romaní, dictó concienzudamente su sentencia. Bronislawa, llamada Papusza (=Muñeca, en rromanés), se recluyó en sí misma entre el desdén y la indiferencia de las gentes de su etnia y vivió y murió sola y olvidada.

Bronislawa Wajs nació en Polonia, en 1908 o 1910, en una familia de romaníes trashumantes que se ganaban la vida tocando el arpa de pueblo en pueblo. Bronislawa, analfabeta como el resto de los miembros de su familia, empezó a sentir curiosidad por los libros, esas mágicas cajitas de papel pobladas de signos con mensajes extraordinarios, y se afanó por encontrar en cada poblado donde actuaba la familia, alguna persona que le enseñara a leer. A cambio entregaba algún ave robada en el primer corral de fácil acceso.  Alumna disciplinada, pronto fue capaz de desentrañar el estimulante mensaje de las palabras y, no sin esfuerzo, se proveyó de una humilde biblioteca cuyos sencillos y desgastados volúmenes conseguía efectuando idéntico pago al ideado para recibir lecciones.

La afición lectora de la niña no gustó a la familia, que consideraba los libros objetos únicamente provechosos para ser consumidos en las fogatas que se encendían para cocinar el condumio y protegerse del frío que hería la carne de otoño a primavera. Papusza, para evitar que sus libros alimentaran el fuego, los mantenía escondidos bajo los pesados instrumentos musicales, estratagema que le sirvió para salvar la mayoría de sus adquisiciones.

A los quince años, Bronislawa fue obligada a contraer matrimonio con un arpista gitano de mayor edad y, según los cálculos de la familia, en mejor posición económica. Fue entonces cuando empezó a cantar, con el acompañamiento musical de su marido, sencillas baladas que ella misma creaba y en las que describía la vida errabunda de los gitanos, sus esperanzas e ilusiones. Eran los comienzos de quien muchos años más tarde, y ya desaparecida, sería considerada una de las mejores poetisas en lengua romaní.

La II Guerra Mundial y la persecución que sufrieron los gitanos  -un centenar de familiares de Bronislawa y su marido fueron exterminados-, obligó a Papusza y a los suyos a refugiarse en los bosques, donde compartieron escondite con fugitivos judíos, para quienes también compuso sentidas canciones. Terminada la contienda, el poeta Jerzy Ficowski, que había escuchado cantar a Papusza, se interesó por sus letras y las transcribió del romaní al polaco, publicándose en una revista de gran tirada.

Bronislawa Wajs adquirió cierto reconocimiento, pero seguían siendo malos tiempos para los gitanos polacos. Las autoridades socialistas establecieron un programa de asentamiento obligatorio para los gitanos supervivientes de la guerra y el amigo gadyé (=no gitano, en rromanés) de Papusza, Jerzy Ficowski, autonombrado experto en cuestiones gitanas, utilizó los poemas de Bronislawa, sin el consentimiento de ésta, como propaganda gubernamental para convencer a la comunidad gitana del paraíso que les esperaba en las zonas que se les habían asignado como residencia forzosa. La respuesta de los gitanos no se hizo esperar. Bronislawa Wajs, Papusza, fue acusada por los suyos de traicionar la vida y costumbres de los gitanos polacos  y de colaborar con el gobierno para arrinconarlos. Sometida a juicio tribal, de nada le sirvió intentar paralizar la publicación de un libro de poemas; tampoco, romper cerca de trescientas composiciones que guardaba en su casa. Bronislawa Wajs, Papusza, fue excluida ad aeternum de quienes hasta ese momento habían constituido su pueblo.

Ocho meses en un sanatorio psiquiátrico precederían a los treinta y cuatro años de soledad y abandono. Murió el 8 de febrero de 1987.


En los años posteriores a su muerte, la figura y la poesía de Bronislawa Wajs fueron reivindicadas por las nuevas generaciones gitanas. La casa de Papusza, en la ciudad de Gorzow Wielkopolski, donde vivió, está señalada con una placa conmemorativa y una estatua de la poetisa se colocó en el año 2008 en el parque de la localidad.

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