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Posts Tagged ‘naturaleza’

“A zequieta”: Archivo personal


Las útimas borrajas, lechugas y verduras tardanas de la temporada, a la derecha. En el centro, henchidos calabacines y níveas cebollas babosas. Detrás, hacia la izquierda, creciendo todavía, patatas, judías, tomates, pimientos, berenjenas, melones, sandías…

Asoman, al fondo, las primeras matas del tradicional plantío de albahaca junto a dos zonas rectangulares y despejadas que pronto acogerán la siguiente tanda de moradores vegetales. Y rodeándolo todo, en jugoso cercado, dos cerezos, tres manzanos, dos albergeros, una higuera y dos olivos más que centenarios recién trasplantados.

Acarician el Sol, el agua y las manos entusiastas la tierra bendecida con la vida.


A medio kilómetro de la pendiente del basón y con la primera sección paralela al azud del río, discurre la acequia de Fontolla  familiarmente llamada A zequieta—  que, “de toda la vida”, en palabras de la gente mayor, ha regado los huertos de la zona baja del Barrio. El primitivo canal de riego aparece ya con ese nombre, a zequieta Fontolla, en la documentación que, sobre una disputa por lindes allá por el siglo XVIII, se conserva en el Ayuntamiento. Modernizada y ensanchada la estructura, A zequieta mantiene la mayor parte de su antiguo curso y sus brazales, con todas las boqueras  salvo las dos que sirven de aliviadero  controladas por un ordenador  que también regula el aforo hídrico para mantener la cota-caudal requerida en cada tramo—  instalado en la denominada Caseta del Agua y alimentado por energía fotovoltaica.

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“Aquam”: Archivo personal


Del castillo de Marcuello sólo resta, ruinoso, el lienzo norte de su donjón, precariamente erguido en el elevado espolón que domina una fantástica panorámica que disfrutan los señoriales buitres leonados y los incansables aviones roqueros, bajo cuyas alas extendidas discurre  festoneado de mallos, fils[*], carrascas, bojedales, erizones—  el Gállego, el río que nos lleva.

Y en ese castillo, con su impresionante torre medieval de cuatro pisos y once metros, hoy fenecida, moró y gobernó doña Berta, reina de Aragón y Pamplona al matrimoniar con Pedro I y, una vez viuda, soberana del Reino de los Mallos merced a la generosidad de su cuñado y sucesor de Pedro, Alfonso I el Batallador.

Habíanse casado Berta y Pedro en la recién consagrada catedral de Huesca —antigua mezquita de la musulmana Wasqa— el 16 de agosto de 1097. Como dote para su esposa, el rey Pedro le había concedido los lugares de Agüero, Murillo, Riglos, Marcuello, Ayerbe  todos junto al río Gállego, Sangarrén y Callén  a orillas del Flumen—   y la almunia de Berbegal. En 1105, a la muerte de su marido, con quien no tuvo hijos, y con el Batallador en el trono aragonés, instalose la reina viuda en las posesiones cedidas, deviniendo estas en Reino de los Mallos, en homenaje a las extraordinarias formaciones geológicas verticales que se levantan, espléndidas y retadoras, sobre el río Gállego. Y en ese reino (de los Mallos) dentro de otro reino (Aragón) vivió doña Berta hasta 1111, fecha que unas fuentes señalan como la de su muerte mientras otras creen que regresó a su país, Italia, o que se difuminó discretamente en la Corte aragonesa. En cualquier caso, ni crónicas ni leyendas volvieron a referirse a ella ni al singular reino que las gentes de la Galliguera rescataron de la historia con el río como imponente vertebrador del pasado y el presente.


Y aquí estamos, río. Como siempre. Desbrozando tus orillas; clamando contra la desidia de quienes te envenenaron con lindano; asegurando la longevidad de tus senderos; protegiendo tu hábitat; alzando el pendón de tu dignidad, que es la nuestra; mirándote y amándote y defendiéndote y defendiéndonos de quienes desde hace treinta y dos años pretenden estrellar en el hormigón de su salvajismo tu bravura y nuestro presente.

Ríos vivos. Pueblos vivos.



ACTUALIZACIÓN

El día 7 de julio de 2017, la Sección Primera de la Sala de lo Contencioso de la Audiencia Nacional —presidida por el magistrado Eduardo Menéndez Rexach— estimó dos recursos presentados por los Ayuntamientos y las asociaciones en contra del pantano de Biscarrués, anulando el proyecto al considerar que el Ministerio de Medio Ambiente español incumplía, como habían denunciado las personas afectadas, los requisitos exigidos por el Tribunal de Justicia de la Unión Europea.


[*] Se conoce como Os fils (las hojas) a unas formaciones rocosas cuya erosión, por capas, produce el efecto visual de láminas de hojaldre.

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“Impulso”: Archivo personal


Entre retamas amarillas, escobones y codesos, hollan los pies las agrestes rampas volcánicas donde se aglomeran, ante la mirada embelesada, basaltos, fonolitas, ignimbritas, relucientes bajo los rayos solares que las horas fortalecen sobre la piel expuesta de los excursionistas, aligerados de vestimenta, con la voluntad prensada entre los músculos mientras se acercan al primer roque[*], lo admiran, lo calibran y tantean su base las manos, familiarizándose con las rugosidades que parecen palpitar bajo los dedos que se aferran e impulsan brazos y piernas venciendo la gravedad.

Horas después, cuando el avión se desliza por la pista, sigue presente la pulsión en las sienes y cada geoforma de la caldera de Tejeda cincelada ad æternum en la memoria.


[*] En Canarias, monolito natural, a modo de resto erosivo aislado, que destaca sobre una cumbre.

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“Distensión”: Gorka Zarranz Fanlo


Relajábase la yeguada de [Casa] Foncillas, indiferente a la voz de Melissa Etheridge que parecía llenar el despejado vallecillo circunvalado por arbustos y coníferas. Sólo Caminera, siempre familiar, se acercaba de vez en cuando al grupo humano  semiacostados sus miembros junto a una discreta agrupación de bojes—  para cabecear suavemente a la veterinaria.

Cuando Suzi Quatro tomó el relevo canoro de Etheridge, apareció Gorka, resoplando, con la recia mochila de los almuerzos reparadores. Distribuyó ordenadamente los bocadillos de pan de sésamo colmados de ternasco, lombarda y salsa de yogur y depositó en el centro las gisbergas negras[*], todavía bien frías, que todos se llevaron a los labios con fervorosa ansia.

 

…Y trotó la mañana del viernes, con el sol a cuestas, hacia la tarde.


[*] La Gisberga es una cerveza artesanal elaborada en la comarca oscense del Bajo Cinca. Su nombre es un homenaje a Ermesinda, née Gisberga, primera reina de Aragón por su matrimonio con Ramiro I y madre de Sancho Ramírez, rey de Aragón y Pamplona.

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“Bañista en el basón”: Archivo personal


A la izquierda del camino los almendros ornan de falsa primavera el paisaje recorrido por la primera luminosidad diurna, extendiendo sus róseas y blancas flores hasta la faldilla del roquedal. Al otro lado de la imponente empalizada pétrea, un solitario pato se desliza, indolente, por el agua quieta del basón[1], esbozando lenes surcos que se desdibujan aun antes de que la mirada del paseante prenda en ellos.

Un círculo de piedras bien dispuestas, a modo de brocal, por humanas manos, señala el lugar donde antaño se erguía el imponente y último tejo, cruelmente cercenado para lustrar los techos de la pretenciosa casa conocida como la Perragorda.

El paseante, sentado en la orilla, con los pies desnudos hollando el arcilloso lecho donde se asienta el agua, contempla, con los ojos entrecerrados por el baño de luz, al ánade real, ahora inmóvil en el centro de la balsa. Sobre la hierba, que todavía retiene la humedad de la noche, reposan Milagritos Rueda, Froilán Carvajal, míster Witt y los insurrectos del cantón de Cartagena[2].

Ramón J. Sender ha vuelto, una vez más, a su rememorada Sierra de Guara.

Vuelan, remontando el roquedal, un trío de falzetas[3].


[1] En aragonés, balsa, charca.
[2] Personajes de la novela de Sender “Míster Witt en el cantón.
[3] En aragonés, vencejos.

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“Robellones”: Archivo personal


Apenas el alba desveló los familiares recovecos del paisaje, se pusieron en marcha las muchachas. “Ya podemos darnos prisa, porque a media mañana la niebla rozará el suelo”, apremió Iliane.

Cruzaron por la estrecha y húmeda repisa del paramento del azud y bajaron por el aliviadero de la otra orilla para continuar por la pedriza hasta el casetón de herramientas de la hidroeléctrica, a dos kilómetros y medio del Barrio; treparon por el sendero arcilloso hasta alcanzar el camino de hojarasca que bordea las espectaculares paredes rocosas que encajonan el barranco y salvaron, ya con leve agitación respiratoria, el pronunciado y resbaladizo desnivel que remonta hasta la compacta masa arbórea del Pinar de la Fontaneta, a unos cuatro kilómetros empinados desde el azud. [La denominación fontaneta —fuente pequeña— se debe a un manantial, ahora seco, que, en tiempos, se consideraba de aguas milagreras; decíase que una mujer estéril que humedeciera sus partes pudendas con agua de la fontaneta convertíase en fecunda por mor de las extraordinarias propiedades del líquido elemento.]


Cuando la niebla, con tintes azulados, descolgóse hasta lamer las abrigadas pantorrillas de las muchachas, ya alcanzaban ellas el Barrio; cansadas pero felices, con la cesta bien surtida de robellones.

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“Sindo”: Archivo personal


Al atardecer, cuando los farolillos solares de los maceteros del jardín devuelven discretamente la claridad absorbida, abandona Sindo, el zapo[1], el fortín de la leñera. Se desplaza con falsa indolencia, con pasos cortos; de vez en cuando se detiene y gorgotea balanceando sus flancos, con los ojuelos anaranjados convertidos en dos líneas oblicuas y la boca ligeramente abierta. Luego, salta con estrafalaria torpeza hacia los rododendros donde el fluir acuoso de la manguera atrae a las babosas que se apelotonan, ajenas a su depredador, en la superficial capa de limo.

Apostado —estático y silencioso— en la encina tricentenaria de la parcela vecina, observa Nicolás, el búho. Llega, como cada noche, al territorio de caza que comparte con Sindo, desde la falsa[2] de Casa Berches, donde lleva viviendo más de un cuarto de siglo.


Cuando retorna Sindo a la leñera, henchido y satisfecho, aún se adivina la silueta de Nicolás oteando la noche  y a sus incautos pequeños transeúntes insomnes—  desde la encina.


[1] En aragonés, sapo.
[2] Id, buhardilla.

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“Mirador de Zamariain”: Archivo personal


Quieta la muchacha, erguida en la roca suspendida sobre el mar de robles que ondulaba levemente la brisa montuosa, dejóle la lluvia breve una partitura de húmedos arrullos que sólo las hamadríades pudieron advertir.

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“Entre pastos”: Gorka Zarranz Fanlo

 

Pasado el roquedo, en la casi intransitable cabañera[*] en desuso, todavía resisten, en imposible equilibrio, las piedras que conformaron la base del chozo, ruinosa estructura que, tiempo atrás, ofrecía, diseminadas en las proximidades, una atrayente y variada colección de piedras de rayo que diversas tandas de excursionistas recogieron con afán hasta dejar el terreno calizo libre de tan sobrevalorados vestigios.

Dos kilómetros al este del chozo aún se aprecia, bajo los pies, el firme compacto de la vía pecuaria que continúa y asciende, en cómoda pendiente de gramilla, hasta el primer bancal del monte, donde un hilillo constante de agua del manantial que nace en la cima alimenta el tosco abrevadero.

Y en los pastos del bancal, reinando, la vacada.


[*] En Arag., cañada.

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“Infancias”: Archivo personal


Mengua la poza cada estío. O así les parece a quienes, criaturas de antaño, contemplan a la chiquillería de ahora regocijarse con entusiasmo similar al de entonces. Y repiten, sin cavilar siquiera, idénticas admoniciones a las recibidas por ellos mismos veinte o treinta años atrás. “Baja de ahí”. “No te tires de cabeza”. “Otra aguadilla más y te llevo a casa”. “Suelta esa piedra”. “Que te he dicho que bajes”. “No vayas descalzo por el pedregal”. Y observan la poza  descomunal, en aquella niñez que aún tientan en un cubículo ingenuo del cerebro, la calibran, la delimitan y la reconstruyen en sus recuerdos. ¿No quedaba más abajo la pedriza? ¿No está más redondeado el atajadizo de arenisca? ¿No se erguía la viejísima y enorme carrrasca a escasas cuatro zancadas del vaivén del agua? Y cabecean. Y sonríen. Y se sumergen en las todavía claras y siempre frías aguas hasta rozar con los pies desnudos la cuarteada laja mágica del fondo, portalón a un mundo fantástico cuya cerradura todavía no han logrado encontrar.

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