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Posts Tagged ‘Sierra de Guara’

“Distensión”: Gorka Zarranz Fanlo


Relajábase la yeguada de [Casa] Foncillas, indiferente a la voz de Melissa Etheridge que parecía llenar el despejado vallecillo circunvalado por arbustos y coníferas. Sólo Caminera, siempre familiar, se acercaba de vez en cuando al grupo humano  semiacostados sus miembros junto a una discreta agrupación de bojes—  para cabecear suavemente a la veterinaria.

Cuando Suzi Quatro tomó el relevo canoro de Etheridge, apareció Gorka, resoplando, con la recia mochila de los almuerzos reparadores. Distribuyó ordenadamente los bocadillos de pan de sésamo colmados de ternasco, lombarda y salsa de yogur y depositó en el centro las gisbergas negras[*], todavía bien frías, que todos se llevaron a los labios con fervorosa ansia.

 

…Y trotó la mañana del viernes, con el sol a cuestas, hacia la tarde.


[*] La Gisberga es una cerveza artesanal elaborada en la comarca oscense del Bajo Cinca. Su nombre es un homenaje a Ermesinda, née Gisberga, primera reina de Aragón por su matrimonio con Ramiro I y madre de Sancho Ramírez, rey de Aragón y Pamplona.

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“Bañista en el basón”: Archivo personal


A la izquierda del camino los almendros ornan de falsa primavera el paisaje recorrido por la primera luminosidad diurna, extendiendo sus róseas y blancas flores hasta la faldilla del roquedal. Al otro lado de la imponente empalizada pétrea, un solitario pato se desliza, indolente, por el agua quieta del basón[1], esbozando lenes surcos que se desdibujan aun antes de que la mirada del paseante prenda en ellos.

Un círculo de piedras bien dispuestas, a modo de brocal, por humanas manos, señala el lugar donde antaño se erguía el imponente y último tejo, cruelmente cercenado para lustrar los techos de la pretenciosa casa conocida como la Perragorda.

El paseante, sentado en la orilla, con los pies desnudos hollando el arcilloso lecho donde se asienta el agua, contempla, con los ojos entrecerrados por el baño de luz, al ánade real, ahora inmóvil en el centro de la balsa. Sobre la hierba, que todavía retiene la humedad de la noche, reposan Milagritos Rueda, Froilán Carvajal, míster Witt y los insurrectos del cantón de Cartagena[2].

Ramón J. Sender ha vuelto, una vez más, a su rememorada Sierra de Guara.

Vuelan, remontando el roquedal, un trío de falzetas[3].


[1] En aragonés, balsa, charca.
[2] Personajes de la novela de Sender “Míster Witt en el cantón.
[3] En aragonés, vencejos.

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“Entre pastos”: Gorka Zarranz Fanlo

 

Pasado el roquedo, en la casi intransitable cabañera[*] en desuso, todavía resisten, en imposible equilibrio, las piedras que conformaron la base del chozo, ruinosa estructura que, tiempo atrás, ofrecía, diseminadas en las proximidades, una atrayente y variada colección de piedras de rayo que diversas tandas de excursionistas recogieron con afán hasta dejar el terreno calizo libre de tan sobrevalorados vestigios.

Dos kilómetros al este del chozo aún se aprecia, bajo los pies, el firme compacto de la vía pecuaria que continúa y asciende, en cómoda pendiente de gramilla, hasta el primer bancal del monte, donde un hilillo constante de agua del manantial que nace en la cima alimenta el tosco abrevadero.

Y en los pastos del bancal, reinando, la vacada.


[*] En Arag., cañada.

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“Infancias”: Archivo personal


Mengua la poza cada estío. O así les parece a quienes, criaturas de antaño, contemplan a la chiquillería de ahora regocijarse con entusiasmo similar al de entonces. Y repiten, sin cavilar siquiera, idénticas admoniciones a las recibidas por ellos mismos veinte o treinta años atrás. “Baja de ahí”. “No te tires de cabeza”. “Otra aguadilla más y te llevo a casa”. “Suelta esa piedra”. “Que te he dicho que bajes”. “No vayas descalzo por el pedregal”. Y observan la poza  descomunal, en aquella niñez que aún tientan en un cubículo ingenuo del cerebro, la calibran, la delimitan y la reconstruyen en sus recuerdos. ¿No quedaba más abajo la pedriza? ¿No está más redondeado el atajadizo de arenisca? ¿No se erguía la viejísima y enorme carrrasca a escasas cuatro zancadas del vaivén del agua? Y cabecean. Y sonríen. Y se sumergen en las todavía claras y siempre frías aguas hasta rozar con los pies desnudos la cuarteada laja mágica del fondo, portalón a un mundo fantástico cuya cerradura todavía no han logrado encontrar.

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“Río Guatizalema”: Archivo personal


Siete kilómetros abajo, por sendas imposibles donde se entrecruzan rocas de arenisca, huertos, acequias colmadas y barzales, el Guatizalema; aguas calladas que avanzan lentamente acompañando los pies desnudos reafirmados entre guijarros que, apenas a diez pasos, se agitan y se hunden engullidos por la poza.

Wādī Salama[1], llamóse el río cuando formaba parte de la kora[2] de Wasqa, en la al-Tagr al-Aqsa[3] de Al-Ándalus del Norte; Matapanizos, le decían, furiosos, los agricultores ribereños de La Hoya cuando el estiaje disminuía tanto el humilde caudal que asfixiábanse, deshidratados, los sedientos campos y huertos de sus orillas.

Baja el Guatizalema, tranquilo y sin pretensiones, desde la Sierra Gabardiella, combinando ora escarchadas ora erizones, embarrancándose, embalsándose y abriéndose, con sus aguas casi siempre mansas deslizándose hasta el tumultuoso Alcanadre, que lo acoge para recorrer juntos el tramo que desagua en el Cinca y, después, en el Ebro.

Queda lejos muy, muy lejos el mar.


[1] Literalmente, “Río de los Salama”, en referencia al linaje Banu Salama, gobernadores de Wasqa (Huesca).
[2] División territorial de Al-Ándalus.
[3] Literalmente “Marca o frontera extrema”, que era el nombre que recibían las divisiones administrativas y militares de Al-Ándalus del Norte.

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“Caminera”: Gorka Zarranz Fanlo


Recién descendido del land rover inicia Juaquín de [Casa] Foncillas el primer silbido largo; antes de que el tercero se una a los sonidos habituales del monte, se agrupa la yeguada, se organiza y, con Sevil, la yegua Hispano-bretona, puesta en cabeza, avanza la manada, en sorprendente hilera, dejando atrás el vallecillo que protege el cabezo y ascendiendo, sin prisas, por la ladera que lleva al irregular camino de tierra donde la veterinaria que se ocupa de la salud de los gatos del Barrio maniobra el vehículo hasta encararlo en dirección contraria a la de ida.

Alcanzan los animales el vehículo y, sin apenas deshacer la formación, continúan avanzando. Juaquín y la veterinaria palmean las grupas a modo de saludo mientras la pequeña, de la mano de Étienne, contempla, fascinada, la lenta marcha de los equinos de monte. “¡Caminera! ¡Caminera!”, grita la niña mientras pugna por desasirse de la mano que la contiene. Caminera, la yegua Burguete, roza, cariñosa, el brazo de la veterinaria que, disimuladamente, le pone en la boca dos trozos de pan. “¡Caminera! ¡Caminera! ¡Yo quiero ir montada en Caminera!”. “Ahora no, pequeñota. Cuando bajemos las yeguas al camping daremos una vuelta con Caminera, ¿vale?

Marcha Juaquín a pie, junto a los animales; le siguen en el land rover la veterinaria, Étienne y la pequeña. Van despacio, con el primer Sol matutino acomodando sus rayos.
A pocos metros, delante del vehículo, remolonea Caminera que, aun sin perder el paso de sus compañeras, se detiene de tanto en tanto y vuelve la cabeza como para cerciorarse de que el vehículo y sus ocupantes siguen ahí.


Esta potrilla no es para el mundo”, se lamentaba el abuelo [de Casa] Foncillas cuando, apenas una hora después de su nacimiento, se descubrió que la recién nacida estaba afectada de ictericia hemolítica. ”La sacaremos adelante”, le animaba, con convicción, la veterinaria pese a no tener mucha experiencia en el tratamiento de enfermedades caballares. “Vamos a criar la mejor caminera de la yeguada”. La alimentaron a biberón, con calostro de otras yeguas, leche de cabra y dosis suficientes de plasma por vía intravenosa. Dos meses después su peso y su alzada eran similares a los de otros potros que habían nacido sanos.
Y la llamaron Caminera. De eso hace ya cuatro años.

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“Cae la noche”: Archivo personal

 

Desde Gramapán aun con el inmisericorde cierzo arañando la silueta humana que pugna por mantenerse erguida, entre tembladeras y riesgo de descalabrarse rota el universo conocido alrededor de los sueños, cárcavas por donde reptan, traviesas, las ideas y se detiene, entre éxtasis voluntarios, el tiempo.

Vuelve la consciencia al cuerpo, frágil carcasa que el viento belígero embiste y zarandea mientras los pies impulsan pedaladas por la pendiente abrupta y se tinta el cielo de gris antes de arribar a la última curva donde se agrupan los escambrones.

Doce kilómetros más. Sólo doce kilómetros.

Detrás quedan los viñedos y la vieja pardina de Odina donde recreara Sender, reo del exilio, sus apócrifos sueños sin retorno.

Cinco kilómetros.

Anochece en la Sierra Niña[*] senderiana. Álzanse, protectoras, las primeras edificaciones; saludan los árboles del puente la familiar figura que, imparable, los bordea y rebasa.

 

«(…) yo sé muy bien que todo lo que puede imaginar nuestra fantasía o nuestra razón está en la realidad, porque sólo puede alcanzar nuestra capacidad de ensoñación aquellas cosas que están en el campo del cual hemos venido y dentro del cual nos movemos y del cual somos subsidiarios.»Ramón J. Sender, MONTE ODINA (1980).


[*] Nombre con el que se refiere Ramón J. Sender a la Sierra de Guara.

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“La Observadora”: Archivo personal


…y allá arriba se reunían las brujas”, señala Marís cuando el grupo se acerca al bosquecillo de carrascas que indica el comienzo de la pista que serpentea hacia la cima del Tozal de Asba. “¿Vamos a subir andando?”, pregunta Jenabou, sudorosa ya por los cinco kilómetros recorridos a pie desde donde quedó aparcado el monovolumen.

Al final del repecho, con los bojes casi tintados de verde y los arbustos espinosos a la espalda, muestra la cima el tesoro de sus vistas, con las crestas de los montes empinadas hacia el cielo blanquecino ligeramente coloreado por la luz solar; a los pies, las masas arbóreas vestidas de entretiempo y, más allá, los agrestes recovecos con sus grabados de icnitas que guardan treinta millones de años de memoria fosilizada.

En ese mismo tozal, tuteladas por la noche, pactaron con el Ejército de las Tinieblas, dicen, Dominica la Coja, Martina Dueso, Treseta de Cosme y otras mujeres que, en muchos casos, pagaron con la denuncia, la tortura, el encierro y hasta la hoguera o la horca la osadía de sentirse singulares depositarias de la ciencia de la Sierra de Guara, confinadas, bajo tormento, a sus escobas voladoras y a los irreales encuentros lascivos con demonios priápicos para exclusivo goce auditivo de inquisidores ignorantes y rijosos.

¿Cuántos kilómetros hemos caminado…? Me duele todo”, protesta Jenabou cuando, ya en el vehículo, dejan atrás Adahuesca.

Después de detenerse en la panadería de Abiego para comprar dobladillos de chocolate y tortas de cazuela, enfilan por la ruta de Peraltilla, a pocos metros de donde se levantan los veinte monolitos de granito rosado creados en 1995 por Ulrich Rückriem como símbolo de fusión del Arte con la Naturaleza.

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“Traveller Migrations”: Alfonso


Mientras el cierzo hostigaba al automóvil entre bamboleantes movimientos, se acercaron ellas, en vuelo bajo, al castillo de Montearagón. Venían del sur; quizás, de las inmediaciones del embalse de Valdabra. Tal vez llegasen al centenar, en formación desigual y griterío sostenido. Bajas. Muy bajas; tanto, que casi se advertía el desacompasado palpitar de sus pechos grisáceos lacerados por las embestidas del cierzo que, embravecido y despiadado, desplegaba su invisible furia desde los nubarrones inflamados de agua a las ancianas y sufridas carrascas que montan guardia permanente en la cuneta.

Todavía no habían sobrevolado las aves de cabecera la torre albarrana de la fortificación, cuando se produjeron, entre caóticos batires de alas, las primeras deserciones en el cada vez más precario orden de la miríada. Los grúidos que conformaban la rezaga viraron bruscamente hacia el este, trazaron un perfecto semicírculo y recularon al sur; el resto de las grullas se dispersó en vuelo errático, ora al oeste ora al este, hasta que, cuando las volátiles iniciadoras de la desbandada ya se perdían a lo lejos de regreso al humedal, el grupo rezagado se recompuso y siguió la misma ruta de sus compañeras.




…daba mandobles el cierzo a la mañana.

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“Nevada”: Archivo personal


…el hombre, grande y viejo, se acerca, despacio, hasta las dos Tejedoras[*] que cubren el turno de biblioteca a primera hora de la tarde del domingo. “Me voy a llevar éste”, dice mostrando un ejemplar de Siempre quedará París, de Ramón Acín Fanlo. “Le gustará, tío Inazio. Además, usted conoció a uno de los  protagonistas… Villacampa, el maqui”. “Sí, sí. Villacampa… A ver si la vista me deja llegar hasta el final…” “No se preocupe, tío Inazio. Si se cansa avísenos y mandaremos a alguien para que se lo lea”.

Desde el pretil sobre el río, en la placeta de la Abadía, se divisa, a través de los delicados visillos de copos, la suave pendiente que desciende entre la pardina Gabarre, donde el esconjuradero, y el prado de La Palanga, improvisada pista de esquí de inviernos infantiles. En esa ladera, el tío Inazio, el ogro bueno, enseñó a esquiar a dos generaciones de chiquillos que, desprovistos de bastones y siempre vigilados por el voluntarioso monitor, recorrían la larga pendiente con las tablas en cuña, en controlada frenada que solía acabar sin contratiempos en el vasto terreno de pastos cubierto de nieve.

Al final de La Palanga, delimitando el terreno que separa un término municipal del otro, se halla el bosquecillo comunal donde se esparcieron las cenizas del señor Anselmo, enlace y ojos de los guerrilleros de la partida de Joaquín Arasanz Raso, Villacampa, que anduvo escondido con sus compañeros maquis por la Sierra de Guara hasta ser apresado por la Guardia Civil en Huerta de Vero, el 23 de enero de 1947, tras una batida de la que Villacampa fue el único guerrillero superviviente. Joaquín Arasanz, a quien le fue conmutada la pena de muerte, jamás delató a ninguna de las personas que prestaron asistencia a su grupo de combatientes. Ya en democracia, fue concejal por el Partido Comunista en el Ayuntamiento de Barbastro. Murió en 1995.


[*] Nombre que reciben, en el Barrio, las componentes de la Asociación de Mujeres.

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